miércoles, 13 de mayo de 2015

Pablo de Tarso, fundador del Cristianismo



El título puede leerse como una provocación al dogma cristiano; pero a medida que avanzan las investigaciones sobre la historia de la Iglesia, ese dogma, como muchos otros anteriormente, va a tener que variar, ajustando la incómoda verdad a los preceptos de una Iglesia, que ha sufrido capitis diminutio debido a la lenta adecuación que los cambios le imponen, lo que se traduce en una importante pérdida de seguidores.
Si no hubiera sido por el papel que jugó Pablo de Tarso hace más de 2000 años atrás, a espaldas de los protoapóstoles de Jerusalén, es muy probable que la Iglesia cristiana no fuera sino una secta más en el mundo del judaísmo; pero no sólo eso, fue gracias a los aportes teológicos de Pablo que la iglesia cristiana se convirtió en una religión salvífica, dándole a la muerte de Cristo en la cruz el significado de redención que hoy tiene. Además, este hombre fue el verdadero motor de la gesta misionaria que fundó diversas comunidades cristianas entre los gentiles, desligándola en ritos y exigencias del judaísmo tradicional, convirtiéndola en una nueva religión universal.
Pablo fue un verdadero innovador, el organizador corporativo de la Iglesia tal como hoy la conocemos, y afortunadamente para la Iglesia, este hombre era un excelente vendedor, un emprendedor brillante, que reunía en su persona tres condiciones importantes para el proyecto cristiano, era judío, era griego (nacido en la cultura helénica) y era ciudadano romano… y quizás, lo mejor de todo, no conoció a Jesús ni perteneció a su entorno íntimo, como sí sucedió con los otros 12 apóstoles; esta condición le permitió una libertad de pensamiento y sentimientos que lo deslastró de compromisos personales.
Luego del episodio iluminador a las puertas de Damasco, donde se le aparece Jesús después de su muerte y le ordena catequizar en el mundo, Saúl, era su nombre judío, que por mucho tiempo había convivido con la facción farisea del judaísmo, la más conservadora y fundamentalista (entre sus actividades estaba la de perseguir a los cristianos, que eran vistos como judíos renegados y una mala influencia para el pueblo escogido por Dios), quedó prendado de ese sentimiento de misión de hacer del cristianismo, no sólo una forma de vida, sino una esperanza en tiempos de decadencia y cambios violentos.
Si le hacemos caso a ese convenientemente sesgado libro del comunista Carlos H. Jorge, Siete Cristos, “Pablo era un hombre más bien feo, calvo, de nariz ganchuda y piernas arqueadas, corto de vista y con un defecto en el habla. Poseía, sin embargo, un alma ardiente, al mismo tiempo que un sentido práctico muy despierto y una energía indomable para hacer aceptar su misión y sus ideas…Pablo puso su máxima energía en hacerse reconocer ante sus seguidores como Apóstol, un título que confería la máxima autoridad y poder a quien lo llevara, ya que significaba ser representante de Jesús de Nazaret. Resulta obvio que Pablo mentía, ya que nunca conoció a Jesús ni, mucho menos, fue discípulo o Apóstol suyo. Sin embargo, él poseía la convicción- que en la jerga psiquiátrica actual podría denominarse como trastorno delírate paranoide de tipo grandioso- de ser un intérprete de la voluntad de Dios y de Cristo”.
Durante esos primeros tres años de trabajo duro y viajes por la península arábiga, arriesgando su vida para predicar la nueva religión, pensando y elaborando un esquema de ideas, que tomó prestadas del bagaje clásico griego y de las religiones orientales, logró ensamblar un cuerpo dogmático de gran complejidad y belleza, lo integró al conocimiento que tenía sobre la vida y prédica de Jesús y convirtió su muerte, su sacrificio, en el gesto de amor por el hombre más grande realizado hasta el momento.
Todo esto lo hizo solo, a espaldas del núcleo de los apóstoles que vivían en Jerusalén (los jeresolimitanos); no solamente predicó, sino que escribió e intentó organizar las primeras comunidades cristianas gentiles, aunque sin mucho éxito; eso sí, aprendió muchísimo de sus errores, puso a prueba sus argumentos, constató las necesidades de la gente, midió la oposición de otros cultos y de las administraciones romanas, sirias y cilicias, que veían con malos ojos a los predicadores.
Fue entonces cuando decidió acercarse a Jerusalén para hablar con Cefas (Pedro), pero sólo con él; luego conocería a Santiago, el hermano de Jesús. No se quiso involucrar en discusiones ni acusaciones, su fama le precedía y la comunidad cristiana primitiva de Jerusalén, que era manejada con mano de hierro por los apóstoles, no admitía discrepancias ni versiones sobre la palabra y el ejemplo del Jesús, a quien conocieron y con quien tanto compartieron.
¿De qué hablaron en aquella misteriosa visita que se prolongó por dos semanas? Nadie lo sabe, no quedó registro, ni hubo comentarios. Lo que se especula es que Pablo le presentó a Pedro sus ideas, le hizo un planteamiento de la inteligencia que había recogido en su peregrinaje, le esbozó su plan y le propuso una asociación.
Cefas, sin duda, debió quedar conmocionado ante aquel aventurero que había tomado su religión como propia, la había digerido, metabolizado y devuelto de una manera que ni siquiera había imaginado nunca; las ideas y el plan que escuchaba eran de tal magnitud que, seguro, hubo consultas a mitad de la noche con los otros apóstoles, discusiones acaloradas, posiciones encontradas, enormes interrogantes… el asunto terminó en que Pablo abandonó Jerusalén con un acuerdo, quizás no tan completo como él quería, pero era un inicio: la comunidad de Jerusalén le pidió acciones concretas para ver en el campo cómo se iba a manejar las cosas, y Pablo se dirigió, ni más ni menos, que a Antioquia, la tercera ciudad más grande del Imperio Romano después de Roma y Alejandría, para iniciar su plan. Los apóstoles le encomendaron a un tal Bernabé, hombre de su confianza, como su ayudante en esta aventura.
Su labor evangelizadora tuvo un éxito descomunal; logró en 15 años lo que no había podido la iglesia primitiva de Jerusalén en Antioquía. No contento con esto, fue hasta Chipre, la patria de Bernabé, luego a Grecia e igualmente afianzó la fe cristiana en un importante número de comunidades del Asia menor y Europa, convirtiéndolas en núcleos del cristianismo dentro de la población pagana no judía; logró que se hicieran grandes colectas de dinero que eran enviadas a Jerusalén, contaban los cristianos de Judea con grupos de adeptos que los recibían con alborozo e interés, pero existía una serie de problemas de carácter ritual y doctrinario que casi dieron al traste con ese inmenso proyecto.
Los patriarcas jerosolimitanos conservaban un fuerte apego a la ley judía y sus estrictas costumbres, cuando hacían las comidas comunitarias tenían prohibido sentarse con paganos, debían abstenerse de ingerir carne de cerdo, conservaban el sábado como día sagrado exigían a los gentiles que se practicaran la circuncisión como prueba del pacto con Dios, no aceptaban el uso de la cruz como símbolo del cristianismo, ponían la ley de Abraham por encima de los evangelios y las enseñanzas de Jesús, predicaban el fin de los tiempos y el retorno del mesías… éstas y otras muchas diferencias jugaron un papel importante en que no hubiera coincidencias entre los círculos cristianos helénicos y los judíos.
Pablo estaba en contra de estas diferencias, porque no sólo impedían que la palabra llegara a todos, sino que creaban también graves inconvenientes, como malos entendidos entre los bandos, la aparición de predicadores en diversas partes que se apegaban a la ley mosáica o mal interpretaban las palabras de Jesús, haciendo aparecer al cristianismo como una secta judía, no como una nueva religión. Una ventaja: el número de cristianos convertidos por Pablo superaba con creces a los judíos, y no era fácil rechazarlos.
Al respecto nos ilustra el sabio venezolano Issac. J. Pardo, en su obra Fuegos Bajo el Agua: “La suficiencia de Pablo y su actuación independiente de todo control o sujeción se manifiestan desde el comienzo. ¿No soy yo libre? ¿No soy Apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? Quizás fuera su falta de autenticidad lo primero que se le echó en cara por su impetuosa autonomía, y Pablo no lo toleró. Él sería el último de los Apóstoles, pero había visto a Cristo resucitado (en milagrosa aparición, pero tan cierta para Pablo como la carne que palpó Tomás) por tanto, era igual a los otros, a quienes superaba en su labor… La fe que iluminaba su alma no había sido encendida por enseñanza de hombre sino por Dios mismo… Marchó pues, hacia los infieles sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, ’sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí’. Por mucha caridad cristiana que animase a los directores de la comunidad de Jerusalén, las relaciones con el inesperado y explosivo apóstol no debieron ser fáciles.”
Pablo tuvo enfrentamientos graves con Pedro, que afortunadamente no llegaron al punto de la ruptura; se impuso la conveniencia de la Iglesia, su autoridad, sus jerarquías y, gracias al primer concilio celebrado en esa capital, donde Pablo descolló en asuntos doctrinarios, fue finalmente aceptado como Apóstol y reconocida su autoridad en las comunidades helénicas, su tesis de una iglesia universal fue aceptada y el espinoso asunto de la circuncisión obviado.
Pablo se encontraba en Corinto y estaba planificando su viaje evangelizador a Roma, para luego trasladarse a Iberia, la tierra más alejada del Imperio a donde pretendía conquistarla con la palabra, pero antes debía llegarse a Jerusalén de nuevo, para entregar una sustanciosa colecta que había recogido, de aquí en adelante la historia se hace oscura y terrible.
Cae en una trampa, acusado por facciones judías de ser un hereje que niega la ley de Dios; entonces Santiago y otros padres de la Iglesia le piden que haga un gesto a favor de los fundamentalistas, para que le dejen en paz, pero no lo lincharon porque intervino una guarnición de soldados romanos y Pablo era un ciudadano romano, los jeresolimitanos lo dejan solo, nada se sabe del dinero que traía consigo.
El apóstol ya había pasado por situaciones difíciles. Estuvo varias veces en la cárcel: en Damasco, el Rey Aretas lo mandó a poner preso, pero se le escapó encerrado en un saco y sus amigos lo descolgaron por una ventana de las puertas de la ciudad; en Listra fue perseguido, junto a Bernabé, por una turba enardecida, a él lo atraparon y lo apedrearon, al creerlo muerto, lo dejaron sangrando. En su carta a los Corintios deja escrito: “Les gano en fatigas, les gano en cárceles, en palizas sin comparación y en peligros de muerte con mucho. Los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me apedrearon, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día sin agua. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre paganos, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frio y sin ropa. Y aparte de eso exterior, la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades”.
Pero esta vez su suerte se había agotado.
Se ve involucrado en un complicado proceso donde interviene el Sanedrín que lo acusa de varios cargos; luego pasa a la jurisdicción del gobernador, es trasladado a Cesarea, donde igualmente se defiende, pero pide ser escuchado por el Emperador, que es prerrogativa sólo de los ciudadanos romanos; seguidamente viene el largo viaje a Roma, su barco naufraga, se salva, pero luego lo muerde una serpiente, sobrevive, finalmente llega a Roma y es recibido por las comunidades cristianas, que lo esperan a las puertas de la ciudad.
Estuvo dos años preso, escribiendo, ordenando sus ideas. En el ínterin, llega Pedro para predicar en Roma, con el Emperador Nerón en el poder, que aunque la persecución a los cristianos había terminado, sentía una inmensa desconfianza por ellos, y hace apresar a Pedro, presidiendo el juicio contra los dos apóstoles. Los condena a muerte, Pablo es decapitado, murió el mismo día que Pedro… corría el año 50 de nuestra era.
Pero su historia no termina allí. Durante varios siglos su nombre y obra fueron duramente atacados y casi condenada como fruto de un hereje; estudiosos y príncipes de la Iglesia defendieron su integridad y resaltaron el valor de su trabajo por la iglesia.
Pablo es un heraldo de la modernidad en su tiempo; su visión y trabajo fue hacer brotar la iglesia en todas las tierras, aún esquivando la gran oposición de grupos interesados, con aspiraciones de poder local, que se vieron arrollados por el proyecto de una religión universal y que buscaron la venganza conspirando en su contra.
Hay una interesante novela del periodista mejicano Pedro Ángel Palou, titulada El Impostor (editorial Planeta, 2012) donde el autor asigna a Pablo el papel de espía del Cesar, que se infiltraría en la secta de los cristianos, a quienes se les tenía por peligrosos conspiradores contra la seguridad del Imperio.

Autores tan diversos como Alain Badiou, Enrique Dussel y Thomas Wood Jr. lo valoran como el hombre con la visión ecuménica de la iglesia y el que convirtió la muerte de un renegado en la cruz, en el mensaje y la esperanza de salvación para toda la humanidad.
La historia de Pablo es heroica. Luego de leer los libros de  Günther Bornkamn y Giuseppe Barbaglio , no me queda la menor duda de que fue el verdadero fundador de la iglesia cristiana, y debería ser a Pablo, no a Pedro, a quien le correspondería el honor de ser la piedra sobre la que se construyó esa comunidad cimentada en la fe que tiene ya veintiún siglos de existencia. – saulgodoy@gmail.com

2 comentarios:

  1. Entiendo que no conoces a Carlos H Jorge porque ni es comunista ni es sesgado.
    Buena investigación

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  2. Entiendo que no conoces a Carlos H Jorge porque ni es comunista ni es sesgado.
    Buena investigación

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