Hace ya varios años,
décadas, fui a un circo que visitaba la ciudad de Detroit en Michigan, era un
montaje gigantesco, con varias carpas en las que exhibían distintos
espectáculos, entre ellas recuerdo un enorme cuarto de los espejos donde había
muchos que distorsionaban la imagen reflejada; paseabas entre ellos y tu figura
era deformada de maneras imposibles, gordo, alto, enano, algunas te hacían reír
otras te daban miedo… ante tantos reflejos de tu cuerpo, se te hacía difícil
conservar el sentido de la orientación y llegaba un momento en el recorrido en que
ya no sabías donde estabas, entre esa reflexión de innumerables espejos que te
multiplicaban por delante, por detrás, de lado… la experiencia era desconcertante,
algo muy parecido me sucede ahora al escuchar a un chavista hablar de valores
humanos.
Los he visto sobre una
tarima predicar al público sobre su lealtad al pueblo, sobre cómo les importa
su bienestar y lo mucho que se sacrifican por ellos, al punto que ni duermen
trabajando de sol a sol por darles una mejor vida; al día siguiente de esa
fervorosa declaración de amor incondicional, sale la noticia de sus cuentas secretas
en Andorra, con cientos de millones de euros a su nombre, congelados por las
autoridades y pendientes de investigación por corrupción.
Toneladas de oro
incautadas en bancos suizos, mansiones y apartamentos de lujo, yates, aviones,
aras de cría de caballos pura sangre, viñedos en Italia, monederos millonarios
de bitcoins, tiendas de lujo en Ankara y Dubái, carteras de inversiones en
empresas petroleras en Venezuela, bodegones, posadas de lujo en Parques
Nacionales, minas y concesiones para exportar minerales estratégicos… son
apenas algunos de los botines que se le han conseguido a unos venezolanos que
tienen en su currículum pertenecer al PSUV, o en su defecto, haber sido
funcionarios o amigos del gobierno chavista, algunos huyendo con precio sobre
sus cabezas, otros presos o investigados, pero todos tenían algo en común, eran
unos “limpios” de solemnidad hace, apenas unos años atrás, hasta que un día comulgaron
con el chavismo, cuando aún se tapaban sus partes pudendas con las manos.
Y si en esos listados de
“buscados” hay funcionarios multimillonarios, muchos de ellos narcotraficantes
y lavadores de dineros ilícitos, militares algunos con identidades falsas,
tratando de confundirse con el paisaje en el extranjero, pero imaginen lo que
todavía no se ha descubierto, los miles de negocios que fracasaron por diseño, o
de utilería, sólo para cobrar las comisiones multimillonarias en contratos de
obras que nunca se realizaron, y que aumentaron de manera exorbitante la deuda
externa del país, con toda la intención de arruinar a las generaciones de
venezolanos por venir.
Todavía no ha aparecido
ni la mitad de lo robado durante estos gobiernos socialistas-bolivariano; todo
indica que esos dineros ilícitos son producto de una política de latrocinio al
por mayor, revestida de un discurso moralista y humanista que nada tiene que
ver con la verdadera intención de sus perpetradores.
En algún momento de su
obra inconclusa La Voluntad del Poder, ya Nietzsche advertía sobre los
adoradores del Becerro de Oro, nihilistas confundidos que proclamaban la muerte
de Dios y levantaban otros altares, de la historia, del progreso, de la Patria,
cultores de la muerte, seres errantes e insatisfechos con sus vidas
pavorosamente vacías, y que se ponían frente a las masas para guiarlos a los infiernos.
De modo que nos
encontramos con una primera característica del chavismo, el doble discurso, la
utilización de la mentira para exacerbar las diferencias de clase y una
particular visión de la llamada “justicia social”, donde se le escamotea el
voto a los más humildes, a cambio de un mundo mejor que nunca llega por culpa
de los ricos y del capitalismo salvaje. Ahí hay toda una intención de engaño,
de hacerse pasar por lo que no son, para hacerse acreedores de una recompensa,
que ellos, los revolucionarios socialistas, consideran el pago por sus
“sacrificios” por el país, su derecho.
El segundo rasgo que define
a un chavista es su celo por pertenecer a la manada, se trata de un exclusivo
club de ladrones que se cubren mutuamente sus coartadas, y para quienes la delación
es el pecado capital. Y esto sucede aunque traicionen a sus compañeros para
subir en la escalera del poder, de modo que la hipocresía y las máscaras son
herramientas de uso diario. Y si son voceros del partido, deben rodearse de una
“autoritas” desde la cual exigir sacrificios que ellos mismos nunca
harían, esta postura es sólo para la galería, no dialogan, predican, exigen el
sacrificio de la pobreza sin dar el ejemplo de austeridad y, sobre todo, reclaman,
siempre para otros, nunca para ellos, el fiel cumplimiento de la ley y su
particular interpretación de la Constitución, donde ellos son la representación
del Estado, de la Patria, son los hijos de Bolívar, algo así como el “Le État
se moi” de aquel nunca bien ponderado y decapitado rey francés.
Según el credo
chavista, el PSUV, los rojos rojitos, son los únicos que pueden encarnar lo
verdaderamente venezolano, así no lo sean, porque hay chavistas que no son
venezolanos, y pueden, sin renunciar a su patriotismo, asociarse a todo
movimiento de liberación en el mundo, por muy contradictorio que sea éste a sus
supuestos principios. Esta fragilidad ideológica les permite acomodarse con elementos
fundamentalistas, las condiciones son que siempre sean anti-sionistas, y hasta
el 3 de Enero pasado, predicaban ser furibundos anticapitalistas y anti yankis,
pero la derrota militar y su caída política, los está convirtiendo en los
nuevos mejores amigos de los norteamericanos, todo sin vergüenza alguna.
Uno de los aspectos de
la moral chavista más relevante es que, a pesar de que ser uno de los
movimientos políticos más violentos de Latinoamérica, por su militarismo y
actitud revolucionaria, son propagandistas de la paz y la concordia entre los
hombres, siempre y cuando sean ellos los que gobiernen, porque son intolerantes
con la oposición, y hacen todos los esfuerzos por tener el derecho de vida y
muerte, de hacer con ellos lo que quieran, secuestrarlos, expropiarlos,
arruinarlos, torturarlos, matarlos, quitarles la nacionalidad, incitar al odio,
humillarlos… y robarles las elecciones.
Las relaciones humanas
son vistas por el chavismo como un juego entre opresores y oprimidos, les gusta
decir de que son un movimiento pacífico pero armado, se trata de hombres y
mujeres que usan las instituciones y las leyes como armas para obtener lo que
quieren y hacer su voluntad. En cuanto a las comunicación de la contraparte, no
les gusta la mala prensa, ni las críticas, las amenazas son su manera de
negociar los asuntos nacionales, y en la estrategia de “siempre picar adelante”
son artistas consumados, acaparando a como dé lugar el foco de la atención. Son
los reyes de la autopromoción, si no son los protagonistas, los muchachos de la
película, se incomodan.
Las falsificaciones y
las puestas en escena de su discurso mediático los obligan a vivir en un país
de mentira, negando lo obvio, escondiendo lo malo, desconociendo los problemas
hasta que ya es muy tarde. Eso fue justamente lo que le sucedió a Maduro y al
alto mando militar con sus provocaciones hacia Estados Unidos, aun teniendo esa
poderosa armada frente a las costas de Venezuela no se dieron por aludidos y
continuaron jugando al Superbigote y su combo, bailando en tarimas como
poseídos y movilizando a mil-ancianos sin ningún pudor.
Esa moral de pillos
tiene obligatoriamente su secuela estética, creen que el mundo de lujos y
productos de marca les eleva su estatura como seres civilizados. Pero sucede
todo lo contrario, se aplica aquello de que “aunque la mona se vista de seda,
mona se queda”, son personas sin gustos propios, sin historia, sin cultura, que
piensan que con autos costosos, con relojes joyas, con vestidos de diseñadores
famosos y comiendo langostas todos los días, están al mismo nivel que la elite
globalista. Los chavistas son inmediatamente reconocidos por sus excesos, por
su conducta impropia, por su falta de pudor y sobre todo, por su pésimo mal
gusto, que se hace patente apenas abren la boca.
Durante estos 26 años,
el país ha tenido un muy mal ejemplo en cuanto a liderazgo y un muy lamentable
resultado cultural; hemos retrocedido en la búsqueda de nuestra identidad,
nuestro lenguaje se ha visto empobrecido y nuestra visión del mundo se redujo
de manera peligrosa. Pasamos de ser un ejemplo de democracia para el mundo a
ser indigentes ante la mirada global; el chavismo jamás será la respuesta a los
problemas del país, esa mentalidad de rancho y hambre, de rapiña oportunista, sólo
sirve para dominar, no para crecer y desarrollarnos como personas.
Entramos los
venezolanos en un período de transición, todavía con chavistas operando el
estado; se entiende que esto sirve para que el cambio no sea brusco y lograr la
menor resistencia posible de los grupos violentos asociados al gobierno, pero
el país no puede avanzar con solo chavistas tratando de sobrevivir y sirviendo
de marionetas. Habrá que ir incorporando a la oposición en áreas de “soft
power”, menos apetecidas porque no han tenido una importante cartera en estos
aciagos tiempos, como sería la salud, el ambiente y la educación, áreas consideradas
de bajo poder, muy descuidadas, pero vitales para enrumbar a Venezuela hacia un
nuevo futuro. Las áreas duras como justicia, policiales, militares, lleva más
tiempo ajustarlas; la económica, principalmente la actividad petrolera y la
reconstrucción de la infraestructura, que la manejen agentes designados por el
presidente Trump, entre ellos, el Departamento del Tesoro que administra los
presupuestos.
Estamos presenciando
como los chavistas caen uno por uno en las redes policiales, quien tenga un
expediente con la justicia internacional deberá responder por sus crímenes, y a
los que están escondidos en el país, también les llegará su hora cuando
nuestros tribunales vuelvan al sendero de la equidad y la justicia. Lo que tomó
26 años corromper y destruir no se compone en un día, ni en un año, y aquí no
estoy hablando de infraestructura, que se repara con máquinas, dinero e
ingenio, hablo del alma del venezolano, de sus valores y principios que fueron
pateados y abusados. El camino a recorrer es largo y difícil, pero es un reto
que está a nuestra altura y del que saldremos con bien; lo importante es
aprovechar esta segunda oportunidad, no todo el mundo la tiene.

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