miércoles, 15 de abril de 2026

La Tierra hueca

 



Los terraplanistas han recibido un nuevo golpe con el viaje de Artemis II a la Luna, y es poco lo que se puede salvar de esa estrambótica idea, excepto los mitos y creencias de otrora civilizaciones y culturas (me gusta mucho la idea de que la tierra plana estuviera sobre el caparazón de una tortuga y ésta, sobre el lomo de un elefante), aunque todavía les queda el recurso de volver a gritar “truco” y acusar a la Nasa de una costosa puesta en escena para engañar al público.

De estas ideas sobre la naturaleza de nuestra casa, que todavía se sostiene con las uñas para no caer en el absurdo, es la teoría que dice que el planeta Tierra es hueco, tiene unas enormes entradas, tanto en el Polo Norte como en el Sur, y en su interior alberga vida, tiene adentro selvas y animales (algunos prehistóricos), hay ríos y lagos, incluso, existen grandes ciudades de una antigua civilización que ha desarrollado una avanzada tecnología, incluyendo platillos voladores.

Esta vieja creencia ha entrado con honores al exclusivo club de las Teorías Conspirativas ya que, además de su narrativa de mundos interiores, con su propia atmósfera y clima, con un sol que nunca se pone y cuyos destellos se escapan en forma de auroras boreales, nos narra que allí viven unos seres descendientes de los atlantes que, por mucho tiempo, han evitado que los humanos en la superficie nos destruyamos con las armas atómicas; pero también se habla de bases militares secretas, asociadas a estos seres desde los tiempos de Hitler, lugares donde las grandes potencias tienen refugios listos para sobrevivir a la Tercera Guerra Mundial, y de donde sale la mayoría de los Ovnis que se han avistado; se trata de una Teoría Conspirativa porque estas bases militares son secretas y están protegidas por medidas de seguridad extremas.

Al contrario de la teoría de la Tierra plana, la Tierra hueca todavía tiene posibilidades de sobrevivir, ya que es mucho más difícil contradecirla; el hombre no ha llegado al centro de la Tierra, desconoce la mayor parte del interior del planeta, y es muy difícil verificar lo que puede o no albergar en su interior. Las imágenes de satélites que disponemos de los polos son uniformemente aburridas, sin mayores detalles, un enorme manto blanco que representa los hielos en medio de un hábitat inhóspito, son lugares donde los instrumentos de localización más precisos se vuelven locos por las variaciones de los campos magnéticos, son territorios enormes y deshabitados, ambos polos magnéticos están en constante movimiento, por lo que hay corregir a menudo las mediciones si se persigue obtener una buena geolocalización.

Ya desde hace algún tiempo, figuras científicas como el geólogo Athanasius Kircher y el astrónomo Edmund Halley habían considerado que la Tierra podría ser hueca y contener una rica vida en su seno, por lo que no era una idea descabellada.

Sabemos que el planeta Tierra es en su mayor parte sólido, por las ondas sísmicas que se desatan luego de explosiones controladas y que registran su recorrido a través de las diferentes capas, entre ellas el manto, la corteza, hasta llegar al núcleo, que consta de un anillo líquido con una aleación de níquel y hierro, para luego encontrarnos con un centro sólido del mismo material. El centro de la Tierra se encuentra aproximadamente a unos 6.400 kilómetros de la superficie, las cuevas y fosas más profundas apenas alcanzan aproximadamente unos 20 kilómetros de profundidad. El hueco más profundo hecho por el hombre, utilizando maquinarias especiales, apenas alcanza 7.5 millas (12 Km.) se trata del famoso Kola Superdeep Borehole en Rusia, del cual se dice que “pueden oírse los gritos y lamentos de las almas en el infierno”.

Hay otras especialidades científicas que, aplicando sus teorías y fórmulas, aseguran que la fuerza de gravedad obliga a los objetos sólidos y pesados a concentrar su materia en formas esféricas, de manera que en el espacio exterior se ven como estrellas y planetas; un planeta con estructuras en forma de galerías y huecos no podría mantener el equilibrio hidrostático de su masa y colapsaría. Vulcanólogos y espeleólogos que estudian las galerías subterráneas que se forman en volcanes y en las fosas submarinas han determinado que la densidad promedio del planeta es de 5.515 g/cm3 estimando que, para el núcleo de la Tierra, la densidad sería de 10 a 13 g/cm3.

Pero una cosa es cierta: nadie ha viajado al centro de la tierra, ningún humano ha bajado más de 20 kilómetros de profundidad, ni en los polos ni en ningún otro punto del planeta, por lo que descartar sin dudas a quienes creen en la Tierra hueca no es del todo definitivo.

Lo que sí esgrimen quienes creen en esta teoría es el inmenso legado mitológico y religioso que precede a esta visión de la Tierra; desde la más remota antigüedad, se habla de una tierra hueca donde habitan seres fantásticos, lugares de pesadilla como los infiernos y purgatorios, morada de muertos y de pueblos que optaron por el interior del planeta como hogar. En la India, en China, en la antigua Grecia, en los reinos mayas e incaicos, los Inuit, los Hoppies nos refieren como algunos de sus antepasados vinieron de las profundidades de la Tierra, en el interior de algunas montañas remotas hay ciudades sagradas talladas en piedra, como Agharta o Shambala, hoy perdidas.

Para los vikingos y otros pueblos nórdicos existía, muy al norte, un continente de una raza de humanos blancos, de la sociedad Aria, muy antiguos, que habían desentrañado muchos de los misterios del universo; era la tierra de Thule, tan mencionada por el escritor argentino Jorge Luis Borges en su obra.

En la literatura fantástica el legado es enorme, no tiene comparación con los terraplanistas, la idea de una tierra hueca fue escenario para grandes utopías, como la que escribió Guiacomo Casanova en 1788 con el extraño título de Icosameron, donde una raza de enanos hermafroditas hace de las suyas; Edgar Allans Poe, Julio Verne, George Sand, Willian Henry Hudson, Edgar Rice Burroughs, H.P. Lovecraft , Lobsan Rampa, son algunos de los autores que incursionaron al interior de nuestro planeta en viajes fantásticos y que hicieron factible la idea de otros mundos dentro del nuestro.

En 1912 el ocultista alemán Rudolf von Sebottendorf funda la famosa Sociedad Thule, arma su grupo como si fuera un cenáculo masónico, pero con la característica principal de un odio supino por el pueblo semita, adquiere la cruz esvástica como símbolo y al poco tiempo cuenta con un nutrido grupo de seguidores, entre los que se encuentran Anton Drexler and Karl Harrer, los fundadores del Partido de Trabajadores Alemán que pronto cambiaría el nombre por el Partido Nacional Socialista Alemán.

Tanto Hitler como una buena parte de su Estado Mayor, aparte de Nazis, eran miembros de la Sociedad Secreta de Thule, de allí su interés por la conquista de los Polos y sus expediciones en busca del pueblo Ario original que, de acuerdo a algunos adeptos, gracias a un intercambio de conocimiento tecnológico con esa raza, logró avances importantes en cohetería, pudiendo desarrollar el primer avión caza jet, el primer misil de crucero, el V-1, el primer misil balístico, el V-2, el avión-cohete Me-163 y, dicen algunos acólitos de la Sociedad Secreta de Thule, que los primeros platillos voladores, con los que los nazis pudieron llegar a la Luna y al planeta Marte.

Pero esta historia se vuelve aún mas truculenta cuando el Almirante norteamericano Richard E. Byrd realizó varias expediciones en los polos con fines de estudio y para cartografiar esa parte del planeta. Byrd era un héroe de guerra, uno de los fundadores de la aviación naval, piloto de pruebas, explorador y gran estratega, que de 1947 a 1952 realizó no menos de cinco expediciones a ambos polos, entre ellas la expedición científica-militar más grande de la historia con la participación de 4.700 efectivos, 13 barcos rompe-hielos y 23 aviones en uno de los territorios más inhóspitos que existen, la operación fue conocida como Highjump en la historia militar naval.

Según la información que resultó de varias investigaciones de expertos en teorías conspirativas, había un médico nutricionista (promotor de una extraña teoría según la que, sólo respirando, el hombre podía adquirir los nutrientes necesarios del aire), el Dr. Raymond Bernard, que publicó un libro en 1964, “La Tierra hueca, el verdadero origen de los platillos voladores”, donde copió el diario completo del Almirante Byrd, incluyendo unos pasajes censurados y mantenidos como secreto militar, donde relata lo que le sucedió durante un vuelo que hizo sobre el polo norte.

En medio de circunstancias climáticas adversas, con sus instrumentos de navegación enloquecidos, sobre las nueve de la mañana, una cadena montañosa apareció de pronto en medio de la nada, voló sobre el borde y apreció un enorme valle verde, con aves volando, ríos y bosques, para su sorpresa bajo su ojos sorprendidos pasó una manada de Mamuts, esos paquidermos prehistóricos desaparecidos mucho tiempo atrás; observó que la iluminación no provenía del sol y, cuando  descendió hasta los 1.000 pies, la temperatura subió hasta los 74 grados Fahrenheit.

De pronto, se dio cuenta que el avión volaba por cuenta propia, no obedecía sus comandos y, aunque sus instrumentos volvieron a funcionar correctamente, no tenía radio; muy pronto se percató de que a los lados de su avión volaban unas naves muy modernas que tenían esvásticas nazis pintadas en su exterior; de pronto, escuchó por el parlante una voz que amablemente le daba la bienvenida y le aseguraba su seguridad, el motor de su nave se apagó y, escoltado por las naves, aterrizó en el aeropuerto de una moderna y gran ciudad, donde fue recibido por unas personas altas y blancas.

Este libro tuvo una gran popularidad, ya el Almirante Byrd había fallecido, pero se hizo una figura admirada y la Marina hizo un gran esfuerzo para negar la historia, lo que incrementó el número de lectores y la fama de las expediciones. El relato impulsó el renacimiento del culto a la Tierra hueca.

La televisión por streaming y los netwoks digitales están llenos de series, películas y documentales que alimentan permanentemente esa leyenda urbana; lo paradójico es que todavía puede ser rescatada de la ficción, y al contrario de los terraplanistas, no puede ser negada del todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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