jueves, 21 de mayo de 2026

Ser o no ser, esa es la pregunta…, por Saúl Godoy Gómez


Y si fuera verdad que todas las cosas finalmente se hacen una, como observa Norman MacLean, esa lucha por la independencia, por una identidad propia, resultaría un esfuerzo vano, querer ser independiente y autónomo sería una quimera, y todo pareciera indicar que el llamado a la unidad hemisférica, conformar una sola América, ya no se trata de una ilusión, un sueño que persiguió gente tan diversa como Simón Bolívar, James Monroe, Fidel Castro, Walt Wittman y muchos otros.

Los nacionalismos impusieron un elemento retardante en ese movimiento unitario, hegemónico, no sólo hacía falta un factor de fuerza suficientemente poderoso y resuelto, sino también un sistema de dominio que no fuera solo militar, económico, político y, quizás lo más importante, cultural; tuvo la globalización que desarrollarse como sistema de intercambios y de contactos para que las naciones del orbe empezaran poco a poco a unificar sus pretensiones y sentido.

Los latinoamericanos fuimos de los pueblos más dados a jugar con el hueso del nacionalismo, nuestro juguete favorito al momento de construir una identidad, sin importarnos quién lo diseñó y cómo surgieron esos patrones de comportamiento y doctrina que tienen en el sentimiento nacional el componente emocional que más nos complace y llena, y a pesar del intenso tráfico de personas y bienes por nuestras porosas fronteras, estábamos cambiando sin darnos cuenta.

De acuerdo a la tesis de la historiadora Susan Mary Grant , en su interesante trabajo Historia de los Estados Unidos de América, los norteamericanos lograron construir una sociedad suficientemente plural, diversa y multicultural muy difícil de definir en términos de grupos étnicos, o religiosos, o lingüísticos, entre otras cosas porque los contiene casi a todos; es una sociedad de vocación universal y ésa es la razón, explica la doctora Grant, del porqué su influencia, su estilo de vida y su importancia como referencia social, que marca de manera determinante a las otras sociedades del orbe, de manera que todo el mundo pretende ser o tener algo de norteamericano.

En cualquier lugar del planeta, incluso en los más recónditos espacios, la influencia norteamericana se encuentra presente en diversas formas: la moda, la comida, la música, la política… al punto que es difícil separar lo que pertenece al resto del mundo; pero eso tiene un costo, a los mismos norteamericanos se les hace muy difícil definirse, aun cuando la raza blanca pretenda tener el control, ser norteamericano termina significando ser negro, hispano, asiático, caucásico, aborigen americano… y con todos estos grupos humanos ha tenido esa extraña relación de amor y odio, los combate, los acoge en su seno, los educa, bien que mal han aprendido a convivir, se defiende, innova, crece, prospera y conquista con ellos.

Alexis de Toqueville (1805-1859), un intelectual francés que viajó y estudió a Estados Unidos para descubrir las raíces de su democracia, retrata la sociedad norteamericana a cuerpo completo en un párrafo:

Pintar (...) una sociedad formada por todas las naciones de la tierra (...) en una palabra, una sociedad sin raíces, sin memoria, sin prejuicios, sin hábitos, sin ideas comunes, sin carácter nacional: (...) ¿Qué es lo que liga a esos distintos elementos? ¿Qué es lo que hace de ellos un pueblo? El interés: he ahí el secreto. L 'intérét individual que asoma a cada instante. Intérét que, además, se muestra abiertamente y se define a sí mismo como una teoría social… En cuanto a la inestabilidad del carácter, germina en mil lugares. Un norteamericano emprende, deja y vuelve a diez ocupaciones en su vida; está constantemente cambiando de domicilio y formando continuamente nuevas empresas. Menos que a cualquier otro hombre del mundo le asusta arriesgar una fortuna adquirida, porque sabe con cuánta facilidad puede ganar otra… Además, el cambio le parece el estado natural del hombre: y. ¿cómo podría no ser así? Todo cuanto le rodea está en constante movimiento: leyes, opiniones, funcionarios públicos, fortunas, la tierra misma cambia aquí de aspecto de un día para otro. En medio de ese movimiento universal que le rodea, el norteamericano no podría estarse quieto”

Pero no todo es felicidad en el Imperio, de acuerdo al análisis que hace el analista político Robert D. Kaplan, en su libro Tierra Baldía, la sociedad norteamericana está más dividida que nunca en su historia, no sólo hay una guerra a cuchillo entre Demócratas y Republicanos por hacerse con el poder e imponer sus agendas políticas, sino que hay graves confrontaciones entre minorías que ahora incluyen diferencias entre géneros, entre la sociedad civil y sus instituciones, como lo demuestran las protestas en contra de la brutalidad policial y los abusos de cuerpos de seguridad como ICE, hay problemas graves de consumo de drogas ilícitas y un desesperanzador repunte de tiroteos en escuelas, para mencionar los más notorios.

Pero a pesar de estos inconvenientes, Estado Unidos se mantiene incólume, como un imán, atrayendo lo más granado de la emigración mundial, los emprendedores e inversionistas lo prefieren con mucho a cualquier otro destino para sus capitales y planes, la tecnología es una ola indetenible de innovación y nuevas propuestas, que han llevado su calidad de vida a niveles sin igual; a pesar del costo de la vida, que es alto, las oportunidades y el empleo sobrepasan las expectativas de cualquier otro país, sus universidades siguen siendo de las mejores del mundo, todo esto gracias a que su forma de gobierno se ha mantenido incólume durante más de dos siglos.

El carácter del venezolano es diferente, vive confinado a espacios más restringidos que las enormes distancias que separan pueblos y ciudades en la geografía de Estados Unidos, por lo que lo regional impera en nuestro espíritu debido entre otras cosas a las barreras físicas que se interponen, en forma de montañas, ríos caudalosos y selvas feraces, y con ellas las tradiciones que se han desarrollado en cada lugar, lo colectivo tiene un peso importante y de allí que las familias arraigaran con fuerza en el terruño.

Venezuela no fue una identidad única y armónica, fue primero un conglomerado vatio pinto de tribus indígenas, algunas agresivas y dominantes, otras especializadas en sus hábitats y con poco roces entre ellas, luego fue parte del Imperio Español, posteriormente de la Gran Colombia, nos separamos y tuvimos un tortuoso camino de presidentes, dictadores, juntas de gobierno… el interludio democrático del siglo XX siempre estuvo amenazado y a comienzos del siglo XXI fuimos la gallina de oro del mentado Foro de Sao Paulo, esa especie de federación de gobiernos comunistas, y estábamos manejados por los cubanos, durante todo ese tiempo no pudimos concretar un piso político propio y duradero.

Cuando se descubrieron los yacimientos petroleros, a principios del siglo XX, y debido a las guerras europeas, se incrementó la inmigración de mano de obra calificada y el siglo XX transcurrió en pleno cambio de piel hacia la modernidad; así recibimos una enorme influencia de europeos, de los que una importante parte enraizó; también se suman las empresas norteamericanas, buscando las materias primas para sus industrias, y luego vinieron otras que querían establecer sus bases para el resto de Suramérica y empiezan los venezolanos a viajar al exterior en un número importante, por negocios, estudios, asuntos familiares… las principales ciudades del país sintieron los ímpetus renovadores de los nuevos tiempos pero el llamado del arraigo nacional siempre estaba ahí.

El nacionalismo fue una ideología utilizada por nuestros políticos para erradicar las diferencias regionales y relacionar al andino, al oriental, al llanero, al guayanés, al caraqueño… llamaban “pueblo” a los que votaban por ellos, fue una práctica que se absorbió rápidamente, los elementos de patria, unidad y orgullo por el espíritu independentista ya venían imbricados en nuestro discurso histórico; la democracia que se empezó a desarrollar, aunque incompleta y muy influenciada por el espíritu socialista, no fue estable ni constante.

Para algunos estudiosos, no somos precisamente demócratas convencidos, sino más bien oportunistas que negociamos con nuestro voto prebendas y favores con los gobernantes de turno, débiles en nuestras instituciones cívicas y propensos a seguir lideres autoritarios, que entendemos la política como intercambio de favores; pero el asunto es que, hasta el momento, a pesar de los desvíos y atajos que hemos tomado, y pagado muchas veces con sangre, siempre hemos retornado a la senda democrática.

El país logra, en las últimas décadas del pasado siglo, preparar a una generación de profesionales y técnicos, muchos de los cuales fueron formados en Estados Unidos y Europa, pero con el advenimiento del chavismo y su régimen militarista una gran parte de ellos migraron al extranjero, porque la inseguridad y las condiciones políticas inestables en el país, con sus consecuencias en la economía, los empujaron sin compasión.

Dos décadas de socialismo revolucionario demolieron aquella Venezuela que fue referencia de democracia y sostenibilidad económica; y eso sucedió justo en el peor momento, cuando el mundo cae en cuenta de la importancia de las reservas energéticas del país. De nuevo somos sujetos del interés para las grandes potencias, pero el presidente Trump se adelanta e interviene, descabezando el régimen narcoterrorista y tomando el control del estado; desde esa posición de poder, plantea recuperar el país económica, social y políticamente.

Esta breve síntesis de las diferentes naturalezas entre el pueblo norteamericano y el venezolano, se hace a propósito del comentario reiterado y provocador del presidente Trump, de hacer de Venezuela el estado No. 51 de la Unión, que para algunos no pasa de ser una declaración en tono de broma, una bravata hecha por un mandatario, cuya fórmula de comunicación es lanzar globos de ensayo para tantear el camino, pero para otros es una propuesta seria, parte de un plan ya elaborado y en ejecución, determinado por la necesidad del Imperio en consolidar sus espacios vitales.

Esta propuesta abre muchas interrogantes, algunas de las más relevantes serían ¿Por qué nos hacen este ofrecimiento, y por qué ahora? ¿Nuestra membresía como estado sería con todas las consideraciones de los demás en la Unión? ¿Sería un proceso progresivo o inmediato, y cómo prepararíamos a nuestra población para ese salto constitucional y existencial? Serían nuevas leyes, nuevo idioma, nuevas formas de comportamiento y relaciones… ¿Se decidiría por mayoría simple? ¿Los deberes y obligaciones entrarían en vigor al momento de la anexión o sería paulatinamente?

Ser en alguna medida autónomos y libres, dueños de nuestro destino nos da la ilusión de ser cabeza de ratón, en vez de cola de león, segunda opción en la que, para muchos nacionalistas, terminaríamos en los asientos traseros del tren imperial, manejados por las grandes corporaciones norteamericanas. La verdadera interrogante sería, ¿Hemos logrado realmente nuestro sueño? ¿Qué hemos conseguido durante nuestra vida republicana como nación? Llevamos dos siglos de existencia como venezolanos y, en los momentos críticos (reconocimiento como nación independiente, bloqueos navales, despojos coloniales de territorios, invasiones, gobiernos narcoterroristas), la presencia norteamericana ha resultado determinante.

 Ser anexados a un Imperio podría ser algo bueno, si el Imperio está en su mejor momento; pero si está en decadencia, la anexión se torna en algo problemático. En un mundo en conflicto, con recursos limitados y un orden internacional en descomposición, es bueno relacionarse con quienes tienen el poder y deciden; es muy malo si lo que necesitan son soldados y nuestros recursos para la guerra. De las cosas positivas que veo es que solucionaríamos de entrada nuestro problema militar, ya que nuestros soldados estarían en el mejor mundo posible con entrenamiento, equipos y misiones de primer nivel y en actividades de combate reales y no atacando a una población civik desarmada.

Edward Gibbon, un historiador especializado en el Imperio Romano, que publicó en 1776 su obra más famosa Decadencia y caída del Imperio Romano, examina con detalle lo que, en su criterio, fueron las causas del derrumbamiento del poder hegemónico del momento (se presume que siempre, en todo momento de la historia, ha habido un poder que maneja el orden global) y dentro de las causas, que fueron muchas, apunta a que la emigración descontrolada de pueblos barbaros y la introducción del elemento cristiano en la ideología del imperio causaron importantes fracturas políticas, que terminaron por darle fin al imperio.

A partir de entonces, el eje del poder ha cambiado, a veces es unipolar, otras compartido, pero siempre prevalece una fuerza que mantiene al mundo en una ruta. Por estos últimos tiempos, ha sido occidente quien ha fijado la ruta, en un principio fue Europa, luego fue relevada por el Imperio Norteamericano, y así han conducido los destinos de la humanidad.

No me queda ninguna duda de que Estados Unidos, gracias a su tecnología y conocimiento, haya detectado y esté trabajando en difuminar esos vórtices de caos interno que son los precursores del derrumbamiento imperial; también creo que a su imperio le queden varios lustros de poder efectivo en el planeta Tierra, por lo que aquellas personas que consideran beneficioso, en principio, acceder a esta oferta de convertirnos en un estado de la Unión norteamericana, lo hacen porque buscan la seguridad, el orden y la estabilidad que Venezuela no ha podido brindarles, aunque implique renunciar a ciertos ¿privilegios?, como sería esa naturaleza informal de ciertos venezolanos, a los que les gusta la guachafita, el desorden y hacer las cosas como les dé la gana (impulsada por esa vena romántica y sublimada del buen salvaje y el buen revolucionario).

Por otro lado, la experiencia de la diáspora venezolana en el mundo ha demostrado que una buena parte de los millones de venezolanos, que tuvieron que migrar a los confines más apartados del planeta, tienen una extraordinaria adaptabilidad y su contribución general a los pueblos que los han recibido ha resultado positiva, por lo que integrarnos a Estados Unidos no sería un problema.

La historia de Venezuela ha recibido la impronta de su ubicación geográfica y su conformación geológica. El historiador francés Fernand Braudel, en su extraordinario estudio sobre el reinado de Felipe II, publicado en 1949, definió un fenómeno que llamó la “Longue Durée”, en el que observó que hay consecuencias históricas producto de los factores naturales de la ubicación de determinados espacios, que predeterminan su historia un largo plazo; llamaba a estas consecuencias históricas “longitudes de ondas temporales variadas”, y explicó que generan un tiempo que transcurre mucho más lento que el de los sucesos humanos, con efectos determinantes en su historia.

Las riquezas minerales y de otros recursos naturales que contiene el país nos determinan, querámoslo o no; somos hoy centro de atención y motivo de múltiples ofertas, a pesar del calamitoso estado de nuestra casa, porque no hemos tenido gobernantes con visión y prudencia, sobre todo con honestidad y conocimiento, capaces de aprovechar el momento. Pero la oferta de integrarnos a la Unión Norteamericana no es inocente y mal podríamos desestimarla como una “puntada” del señor Trump.

Termino estas ideas con mi impresión personal de que, entre todos los latinoamericanos, los venezolanos somos los que más apreciamos y disfrutamos de la compañía de nuestros vecinos gringos, y creo que es algo mutuo. Si la propuesta es seria, considerarla sería un honor. 



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