lunes, 27 de julio de 2026

El imperativo moral, por Saúl Godoy Gómez

 

“El auge y la caída no son un juicio moral externo impuesto sobre una cultura, son la consecuencia mecánica de si esa cultura sigue creyendo que vale la pena defenderse, Una civilización puede sobrevivir a la pobreza, a la guerra, incluso a le derrota. Lo que no sobrevive es dejar de creer que merece existir.” --Camile Plagia.

La delicada situación política en Venezuela refleja de manera muy clara las contradicciones que pueden surgir entre lo que se hace bien y lo que se hace mal, entre lo que se dice del mundo y lo que realmente es; Venezuela se ha convertido en una vitrina de opuestos, y se exhibe sin pudor lo más violento, cruel e injusto, al lado de los valores humanos más deseados y necesarios para una convivencia pacífica, productiva y universal, esto, a pesar de que son los valores de occidente, de las culturas eurocentristas y norteamericanas las que marcan los límites de esta experiencia, ya que han sido los marcos dominantes en nuestro devenir en la llamada “modernidad”.

 Venezuela se estaba desarrollando gracias a su economía petrolera y venía viviendo para finales del siglo XX una decadencia de su élite política democrática, que había escogido la ruta socialista, en la que el ciudadano importaba cada vez menos en las decisiones gubernamentales, sus derechos eran conculcados por un enorme aparato del estado que actuaba en su nombre y supuestamente para su beneficio, pero que en realidad sólo lo disfrutaban unas organizaciones políticas, partidos y grupos de interés (empresarios, ONG´s, iglesias, etc…); éstos, en medio de una creciente corrupción y desinterés por los derechos individuales, se embarcaron en un proyecto populista que permitió que unos supuestos revolucionarios bolivarianos tuvieran la oportunidad de hacerse con el poder.

Pero los supuestos revolucionarios, afiliados a los grupos extremistas de la izquierda radical, en vez de atajar y controlar el inmenso tamaño que había adquirido el estado, alimentaron al Behemoth, ese mítico monstruo del viejo testamento que retó el poder de Dios, un estado comunal que hundía sus raíces en el control biopolítico de la población, jugando con sus necesidades más básicas: la vivienda, los servicios públicos, su salud, su hambre y su seguridad.

Durante 26 largos años, la mayoría de los venezolanos fue víctima de unos auténticos esclavistas, que utilizaron el poder del estado, en el más descarnado estilo fascista, para explotar a su propia gente, en aras de una estructura de poder supra nacional, que quería competir en condiciones de igualdad contra el imperio norteamericano, exponiendo a los venezolanos no sólo a los peligros de una retaliación militar, sino a las peores carestías materiales y espirituales, dejándolos indefensos frente a organizaciones terroristas y narcotraficantes internacionales, ganando elecciones trampeadas a favor de la izquierda internacional, incitando el odio y la guerra contra los intereses occidentales.

Para lograr sus fines, el chavismo estableció un programa de reformas que estaban dirigidas a destruir todo lo que sostenía el anterior régimen, especialmente lo relacionado con los valores, la identidad y el sentimiento de nacionalidad del venezolano, para ello se valió de una confusa idea del globalismo marcado por una idea multipolar, el control del mundo había que repartirlo entre varios actores.

Y eso casi lo logran, entre otras cosas porque Washington cayó en manos del partido demócrata, que estaba afiliado a la izquierda, un cambio de dirección que les era atractivo para sus intereses políticos. Los países europeos estaban en pleno tránsito hacia una Unión Europea y distraídos con la pugna entre tendencias de la izquierda que querían hacerse con el poder, de modo que lo que sucedía en Venezuela era apenas un incidente exótico de pugnas tercermundistas; las consecuencias de lo que estaba pasando en Venezuela las sentirían más adelante, cuando tuvieron que contener y deshacer la maraña de intromisiones en sus economías y política.

A lo interno,  la educación en Venezuela sufrió un retroceso significativo, bajando brutalmente la calidad de la misma, condenando a los educadores a la mendicidad y utilizando las instituciones educativas como instrumentos para la conveniente promoción de sus ideas ; la propaganda y el lavado de cerebros, a través de los medios de comunicación masiva y las organizaciones afiliadas al partido de gobierno revolucionario, sustituyeron en buena medida la educación formal, y dejaron en manos de artistas e “influencers” en las redes sociales la formación moral de la población, una moral que se decía revolucionaria, con tintes patrioteros, una instrucción sin pensamiento crítico, sin debate de ideas, donde la ideología partidista dictaba el deber ser de la inmensa mayoría.

Durante 26 años, Venezuela fue despojada de los imperativos morales y se dio rienda suelta a los instintos más básicos; si querías sobrevivir, tenías que hacer lo que te decía el líder y tu comportamiento era vigilado por los jefes de calle, por las comunas de tu barrio, por los alcaldes y gobernadores, se montó una impresionante estructura de vigilancia y control, estilo cubano, donde a los que no entraban por la norma perdían los “beneficios sociales”, porque ya los derechos se habían convertido en beneficios, y los más ariscos eran encerrados en cárceles inhumanas para ser torturados y los llamaban presos políticos.

Pero, para asombro de los comunistas, una buena parte de los venezolanos resistió, muchos se inmolaron en las calles protestando y enfrentando a las fuerzas de seguridad del régimen; otros, desde sus casas y lugares de trabajo, aguantaron la tormenta en silencio, educando a sus hijos en aquellos principios morales que reconocían como correctos, dando ejemplo de persistencia y solvencia moral, como pequeñas islas de excelencia, sobrevivieron en un mar de trampas y corrupción, preservando la verdadera naturaleza del venezolano.

Los que tuvieron la oportunidad y el valor, se fueron al exterior buscando una vida digna para poder ayudar a los que dejaron atrás. Pero la gran mayoría se quedó, aguantando el derrumbe de un régimen que no tenía futuro, pues eran caníbales que finalmente se comerían entre ellos. Gracias a la intervención de Estados Unidos, con el Sr. Donald Trump en la presidencia, se descabezó al chavismo en una peligrosa y valiente jornada militar, pero persistía el temor de una vuelta al horror, porque la Venezuela chavista ya era parte integral de una red que estaba promoviendo el totalitarismo a nivel mundial; en nuestro territorio convivían distintos grupos narcoterroristas y fundamentalistas islámicos que todavía podían causar problemas.

Limpiar a Venezuela de estas lacras iba a tomar su tiempo y el país estaba destruido; afortunadamente, las riquezas minerales y energéticas se mantenían a buen nivel. Y ocurrió el doble terremoto que puso al desnudo la indefensión que padecíamos y empeoró la situación de crisis humanitaria profunda que sufría el país; afortunadamente, Washington ya tenía el control político y militar de la situación, y el caos generado por la ocurrencia sísmica no derivó en una nueva oportunidad para que la izquierda mundial retomara su control sobre el país.

La fórmula que había escogido inicialmente el Departamento de Estado para preservar el orden y la paz en Venezuela necesitaba mantener a un estamento del chavismo en el poder, controlados, tutelados y vigilados, pero en funciones. Para ese momento, todavía era muy frágil la recomposición de una oposición seria y funcional en el país caribeño; aun contando con figuras tan relevantes como la líder María Corina Machado, era demasiado riesgoso, en medio de tantas calamidades y conflictos internacionales, permitir que Venezuela se volviera a perder para los intereses de occidente.

La situación venezolana no es fácil para nadie; para Estados Unidos es altamente riesgoso que nos convirtamos de nuevo en una amenaza para su seguridad, y menos ahora que jugamos un papel fundamental en el equilibrio energético mundial, no tanto por nuestra actual producción sino por nuestro altísimo potencial, nuestra posición geoestratégica es importante para que Estados Unidos tenga algo de control sobre esta parte del subcontinente americano, recientemente arrebatado por regímenes contrarios a sus intereses.

Nosotros, los venezolanos, a quienes la situación le está exigiendo el mayor de los sacrificios, ya estamos exhaustos de tanta injusticia y crimen, hemos sido castigados por más de dos décadas con el peor de los sistemas políticos, mal gobernados por un cartel de criminales, lleno de ineptos y gente vacía de alma, lo ocurrido con el manejo de la emergencia por el devastador terremoto es solo una muestra de que el chavismo está anulado, quebrado y por lo mismo, convertido en instrumento del caos por los fundamentalismos que buscan la destrucción de los Estados Unidos.

La mayoría de los venezolanos creemos en lo profundo de nuestro ser que podemos enfrentar la adversidad, confiar en nuestra resiliencia y triunfar sobre la maldad, pero estamos en el peor momento, debilitados por desgracias naturales, apaleados por años de represión, sin instituciones, arruinados y debiendo hasta la forma de caminar, pedirnos paciencia es casi un abuso… pero no hay otra, el mundo libre está preocupado por nuestro devenir y nos está ayudando, estamos en medio de un proceso lento y doloroso, no podemos correr sin caernos, debemos confiar y hacer en cuenta de que el chavismo sigue vivo y coleando entre nosotros, que volver a rescatar nuestros principios e imperativos morales tomará su tiempo… lo importante es que estamos vivos y que tenemos una nueva oportunidad.

El presidente Trump y su gobierno han tomado muy en serio el futuro de Venezuela, al punto de que ha preferido verse asociado negativamente a lo que queda de un régimen desalmado y corrupto, que dejarnos solos en medio de nuestras desgracias. Y aunque este chavismo de transición, de Delcy y su combo, no es la mejor muestra de nuestro carácter y solvencia, en su jugada política, Washington apuesta a ese reservorio de moral y perseverancia del pueblo de Venezuela para organizarse y volver a encontrar su camino. Llegar a allí, en medio de nuestras circunstancias tan complicadas, es un viacrucis peligroso, y se sabe, que quienes queman las banderas de Estados Unidos e Israel en las calles de nuestro país, son enemigos irrenunciables de la libertad. En este momento es preferible tenerlos a la vista de todos, que ocultos en las sombras.

Lo que se temía está comenzando, un grupo de agentes provocadores se encuentran activos en las redes sociales mal poniendo los esfuerzos de los Estados Unidos en el país, incitando al pueblo para que proteste y salga a la calle a reclamar justamente lo que ellos, el chavismo o lo que queda de él, ha provocado: la ruina moral y material del país.

Desde Miraflores se lanzan iniciativas para ahondar las contradicciones que han sembrado en casi tres décadas de abuso, en lo militar, en la estructura de gobierno, en las políticas de la emergencia humanitaria, son pequeños movimientos que profundizan el gran malestar social que han sembrado con el fin de culpar a los interventores extranjeros, y al mismo tiempo, haciéndole creer a los venezolanos de la calle, que el país, a pesar de sus condiciones de minusvalía en que se encuentra, puede hacerse cargo de su futuro, para luego poder arrebatarles de nuevo la esperanza.

Ante esta estrategia diabólica y esperada, los servicios de inteligencia de occidente se encuentran a la espera del desarrollo de estos movimientos contrainsurgentes, vigilando y tomando nota, saben que la estructura chavista de poder y de su apoyo internacional no está acabada y que van a intentar algo desesperado, Delcy y su grupo no controlan a esta hidra de varias cabezas, el joropo a penas comienza.

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