Nosotros aprendemos al
cuidar nuestros jardines del asunto más urgente de nuestro tiempo: ¿Cuánto es
suficiente?- Wendell Berry.
A principios de
septiembre me enteré de su fallecimiento; siempre quise conocerlo, de hecho,
mientras viví en Michigan planifiqué en dos ocasiones viajes a su Kentucky
natal para conocerlo y visitarlo, pero las circunstancias me lo impidieron,
pero sí lo leí mucho, sus libros y artículos, escuché y vi sus entrevistas, sus
intervenciones en el Sierra Club, los foros que transmitía la PBS; el hombre
era una lumbrera, un agricultor ilustrado, un sabio conservacionista que no le
comía cuentos a la industria ni al comercio agrícola del cual se convirtió un
acérrimo crítico.
Era un hombre de ideas
socialistas, una figura pública que durante la Guerra de Vietnam se caracterizó
por su activismo pacifista, pero lo mejor de todo fue, que de tanto oficio de
publicar panfletos, manuales, artículos de prensa, poesía, cuentos, novelas, se
convirtió en un gran escritor, una de las mejores plumas de Norteamérica, y
esto lo digo literalmente, jamás utilizó computadoras ni máquinas de escribir,
lo hacía a mano y durante el día, para evitar incidir en el consumo de
electricidad, que en su región era suministrada por plantas generadoras a
carbón.
En cuanto tuvo la
oportunidad, compró una granja de 125 acres cerca del río Ohio y allí empezó a
cultivar maíz y otros granos, aplicando todo el conocimiento aprendido por
generaciones en su familia, pero también observó, consultó, experimentó y
aprendió los principios generales de la agricultura sustentable, aplicando lo
que los bosques a su alrededor le enseñaban, bosques que se habían conservado
sin intervención humana y los comparaba con aquellas montañas que sí habían
sido utilizadas para efecto de la minería del carbón, tan extendida en su
estado natal.
De los principios que
observó y que funcionaban dentro de una agricultura responsable, el primero fue
la necesidad de hacer una agricultura diversa, igual que un bosque se sostiene
y prospera por la gran variedad de especímenes que hacen vida en su seno, la
agricultura necesita de plantas y animales interactuando, en un intercambio de
vida y, sin desperdiciar nada en este intercambio, los monocultivos y los
rebaños de un solo propósito traen consigo una serie de problemas, que terminan
por agotar las posibilidades de prosperidad de la región.
El otro gran principio
por el que abogó en su filosofía sobre la agricultura es obedecer la ley del retorno,
el agricultor está obligado a retornar a la tierra todos los nutrientes que ha
utilizado, debe proteger el suelo de la erosión todo el tiempo, aprovechar la
luz solar al máximo y permitir que animales y plantas se autorregulen, sobre
todo en caso de enfermedades, igual que en los bosques hay perdidas que son
necesarias para encontrar el equilibrio, lo cual evita epidemias, sobre
población de determinadas especies y el uso adecuado del espacio disponible.
La agricultura por la
que aboga Berry no tiene nada que ver con el gran negocio de la agroindustria,
de grandes supermercados, de una compleja red de distribución que trae los
alimentos procesados desde grandes distancias, de una dependencia absoluta a una
red de transporte que necesita del petróleo, la agricultura de las grandes
ciudades debería ser local, orgánica en relación con comunidades de granjas que
aporten de manera diversificada su producción, y es en este punto, en la
comunidad de granjeros, donde Berry nutre sus historias.
Sobre este último punto
es que me quiero referir, Berry le da la importancia al sentir del lugar, tanto
para locales como para visitantes, y que conforma esa vibración y contenido que
todo paraje natural o comunidad rural debe cultivar, preservar y enriquecer.
Ese sentir se refiere al sentir humano, por supuesto, un elemento netamente
cultural que sólo tiene sentido para los que viven o se acerquen al lugar o
hábitat; estamos hablando de una experiencia que va más allá de los elementos
que la componen, el mundo que Berry nos descubre no son partes separadas, no
son solamente personas, parcelas de terrenos y recursos naturales.
Cuando vemos el mundo
de manera tan fragmentada perdemos de vista lo importante en el conjunto, que
son los vínculos que unen las partes, y cuando ignoramos las conexiones de los
componentes al todo no sólo lo hacemos en el mundo físico, también lo hacemos
intelectual y moralmente; cuando le asignamos valores a las partes e ignoramos
las uniones, ponemos en peligro el equilibrio del ecosistema rompiendo no solo
su unidad, sino destruyendo su valor natural y esa acción resiente el sistema y
posiblemente lo quiebre.
Pero este problema lo
enfoca no sólo desde la perspectiva ecologista, Berry lo lleva mucho más allá,
bajo la premisa de que la fragmentación sólo trae injusticias y abusos, cuando
las relaciones entre los elementos se rompen, y sus valores se distorsionan, es
una obligación enmendarlas y restaurarlas, esto a todo nivel, como pudiera ser
entre las relaciones de las comunidades, conectando lo secular y lo sagrado,
tendiendo puentes entre generaciones del pasado con las del presente y con las
del futuro, que serían las bases de la sustentabilidad.
Fue un distinguido
académico, profesor de las universidades de Stanford, la New York University y
la Universidad de Kentucky. Jeff Fearnside, un coterráneo de Berry, reseñó de
él lo siguiente:
Nacido en 1934
en el Condado de Henry, Kentucky publicó su primer libro, la novela Nathan
Coulter, en 1960… de los honores a su obra otorgados por la Academia de Artes y
letras se encuentran además los recibidos por la Guggenheim Memorial
Foundation, la Rockefeller Foundation. El poeta Wallace Stegner dijo una vez,
“Es muy difícil decir que Berry era mejor poeta, que ensayista o novelista, se
distingue en las tres, y en un nivel alto”. Algunas de sus más populares
títulos son “Un Lugar en la tierra”, que el New York Times calificó como “una
obra maestra”; Selección de poemas 1957-1982, “Otra vuelta de la tuerca” y “La
América inestable: Cultura y agricultura”. El Kentucky rural que describe en su
obra de ficción ha sido comparada con la del Condado de Yoknapatawpha de
William Faulkner, igual que Faulkner, Berry tiene un oído para el lenguaje
local y para el sentir del lugar.
Las tesis de Berry son
importantes para entender el terrible problema ambiental que sufre gran parte
del mundo, y por supuesto, Venezuela; y es que desde que el chavismo tomó el
poder en nuestro país, su primera y única tarea ha consistido en negociar y
hacer dinero con nuestro medio ambiente, la ensalada mental que tienen en la
cabeza sobre la agricultura comunal (gallineros verticales, huertos urbanos,
rebaños caprinos y ovinos en áreas protegidas, economía de conucos, etc…),
llena de ideas procedentes del ecologismo socialista, combinada con un
agrarismo donde la propiedad deja de ser privada para convertirse en comunal, prácticas
protegidas por la ley y con prioridad, aún por encima de la conservación de
nuestras áreas naturales, desembocan en un populismo que han arruinado regiones
completas.
Las crisis ambientales,
según Wendell Berry, no pueden ser resueltas por grandes soluciones generadas
por unos pocos, a quienes investimos de poder y le damos carta blanca para que
actúen en nuestro nombre; de manera que cuando permitimos que un superministro
del despacho del escosocialismo, o un gobernador, o un alcalde, o en su defecto
por todos aquellos mal llamados “protectores de los estados”, militares ávidos
de riqueza material y de una solución rápida a sus necesidades de dinero, además
de exhibir una total ignorancia de los principios ambientales, manejen a su
criterio nuestros recursos naturales, especialmente extensiones de terrenos con
ubicaciones privilegiadas, en reservas protegidas, lugares como Canaima, Los
Roques, Morrocoy… en lugares donde es necesario preservar y estudiar, pero que
en vez de cuidar como se lo exigen las leyes ambientales, expropian estos
espacios para construir posadas turísticas, clubes privados, desarrollos de
condominios de lujo, espacios para deportes extremos, que sólo van a mal
utilizar unos pocos privilegiados que pueden pagarlos, entonces no sólo estamos
frente a una verdadera crisis ambiental, sino también ante la desidia y la
irresponsabilidad de la comunidad, de las familias que allí viven.
Cuando vemos que unos
grupos de interés, llámenlo empresas, colectivos, grupos guerrilleros, pranes,
se hacen con el dominio de una región para explotarla, bien sea en minería
ilegal, turismo de aventura, ganadería extensiva, monocultivos intensivos,
urbanismos de lujo o, simplemente, se apropian de lugares protegidos por las
leyes ambientales para hacer bodas, fiestas “raves”, competencias de deportes
extremos, todo esto, permisado y protegido por los órganos de un estado
cómplice y corrupto, estamos no en presencia de una crisis ambiental, sino de
la vagabundería colectiva más grande y destructiva que existe. Esto es el
reflejo de los habitantes de un país, de unas comunidades que se hicieron los cómplices
pasivos de crímenes contra la vida y el ambiente, de familias enteras que
renunciaron a su derecho de vivir en un ambiente sano y digno.
Quiero terminar este
pequeño “In memorian” de Wandell Berry con el final de su artículo publicado en
la revista Trabajador Católico de Houston, julio-agosto 2002 donde nos dice:
La "crisis
ambiental," de hecho, sólo puede solucionarse si la gente individualmente
y en sus comunidades, recuperan la responsabilidad que dieron sin pensar a sus
representantes. Si la gente empieza a esforzarse para recuperar su poder, una
porción significativa de su responsabilidad económica, entonces su primer
descubrimiento inevitable es que la "crisis ambiental" no es tal
cosa, no es una crisis de nuestro medio ambiente o de nuestro entorno; es una
crisis de nuestras vidas como individuos, como miembros de una familia, como
miembros de una comunidad, y como ciudadanos. Tenemos una "crisis
ambiental" porque hemos consentido una economía en la que, por comer, beber,
trabajar, descansar, viajar y distraernos, estamos destruyendo el mundo
natural, dado por Dios.
Berry dedicó su vida a
tratar de despertar y proteger ese legado de una agricultura responsable, de un
conservacionismo inteligente y cónsono con las leyes naturales; durante su vida
tuvo que enfrentar a esos mal llamados “empresarios” y políticos que se
llenaban la boca con discursos conservacionistas, que promulgaban leyes
inservibles de protección ambiental, mientras que por detrás, en la oscuridad
de sus manejos corruptos, permitían que regiones enteras fueran depredadas por
oportunistas y gente sin alma, perdiendo su capacidad de sustentar vida. Valgan
estas líneas en su memoria para rescatar su espíritu y compromiso con el buen
vivir.



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