Los terraplanistas han
recibido un nuevo golpe con el viaje de Artemis II a la Luna, y es poco lo que
se puede salvar de esa estrambótica idea, excepto los mitos y creencias de
otrora civilizaciones y culturas (me gusta mucho la idea de que la tierra plana
estuviera sobre el caparazón de una tortuga y ésta, sobre el lomo de un
elefante), aunque todavía les queda el recurso de volver a gritar “truco” y
acusar a la Nasa de una costosa puesta en escena para engañar al público.
De estas ideas sobre
la naturaleza de nuestra casa, que todavía se sostiene con las uñas para no
caer en el absurdo, es la teoría que dice que el planeta Tierra es hueco, tiene
unas enormes entradas, tanto en el Polo Norte como en el Sur, y en su interior
alberga vida, tiene adentro selvas y animales (algunos prehistóricos), hay ríos
y lagos, incluso, existen grandes ciudades de una antigua civilización que ha
desarrollado una avanzada tecnología, incluyendo platillos voladores.
Esta vieja creencia ha
entrado con honores al exclusivo club de las Teorías Conspirativas ya que,
además de su narrativa de mundos interiores, con su propia atmósfera y clima, con
un sol que nunca se pone y cuyos destellos se escapan en forma de auroras
boreales, nos narra que allí viven unos seres descendientes de los atlantes que,
por mucho tiempo, han evitado que los humanos en la superficie nos destruyamos
con las armas atómicas; pero también se habla de bases militares secretas,
asociadas a estos seres desde los tiempos de Hitler, lugares donde las grandes
potencias tienen refugios listos para sobrevivir a la Tercera Guerra Mundial, y
de donde sale la mayoría de los Ovnis que se han avistado; se trata de una
Teoría Conspirativa porque estas bases militares son secretas y están protegidas
por medidas de seguridad extremas.
Al contrario de la
teoría de la Tierra plana, la Tierra hueca todavía tiene posibilidades de
sobrevivir, ya que es mucho más difícil contradecirla; el hombre no ha llegado
al centro de la Tierra, desconoce la mayor parte del interior del planeta, y es
muy difícil verificar lo que puede o no albergar en su interior. Las imágenes
de satélites que disponemos de los polos son uniformemente aburridas, sin
mayores detalles, un enorme manto blanco que representa los hielos en medio de
un hábitat inhóspito, son lugares donde los instrumentos de localización más
precisos se vuelven locos por las variaciones de los campos magnéticos, son
territorios enormes y deshabitados, ambos polos magnéticos están en constante
movimiento, por lo que hay corregir a menudo las mediciones si se persigue
obtener una buena geolocalización.
Ya desde hace algún
tiempo, figuras científicas como el geólogo Athanasius Kircher y el astrónomo
Edmund Halley habían considerado que la Tierra podría ser hueca y contener una
rica vida en su seno, por lo que no era una idea descabellada.
Sabemos que el planeta
Tierra es en su mayor parte sólido, por las ondas sísmicas que se desatan luego
de explosiones controladas y que registran su recorrido a través de las
diferentes capas, entre ellas el manto, la corteza, hasta llegar al núcleo, que
consta de un anillo líquido con una aleación de níquel y hierro, para luego encontrarnos
con un centro sólido del mismo material. El centro de la Tierra se encuentra
aproximadamente a unos 6.400 kilómetros de la superficie, las cuevas y fosas
más profundas apenas alcanzan aproximadamente unos 20 kilómetros de
profundidad. El hueco más profundo hecho por el hombre, utilizando maquinarias
especiales, apenas alcanza 7.5 millas (12 Km.) se trata del famoso Kola
Superdeep Borehole en Rusia, del cual se dice que “pueden oírse los gritos y
lamentos de las almas en el infierno”.
Hay otras especialidades
científicas que, aplicando sus teorías y fórmulas, aseguran que la fuerza de
gravedad obliga a los objetos sólidos y pesados a concentrar su materia en
formas esféricas, de manera que en el espacio exterior se ven como estrellas y
planetas; un planeta con estructuras en forma de galerías y huecos no podría
mantener el equilibrio hidrostático de su masa y colapsaría. Vulcanólogos y
espeleólogos que estudian las galerías subterráneas que se forman en volcanes y
en las fosas submarinas han determinado que la densidad promedio del planeta es
de 5.515 g/cm3 estimando que, para el núcleo de la Tierra, la densidad sería de
10 a 13 g/cm3.
Pero una cosa es
cierta: nadie ha viajado al centro de la tierra, ningún humano ha bajado más de
20 kilómetros de profundidad, ni en los polos ni en ningún otro punto del
planeta, por lo que descartar sin dudas a quienes creen en la Tierra hueca no
es del todo definitivo.
Lo que sí esgrimen
quienes creen en esta teoría es el inmenso legado mitológico y religioso que precede
a esta visión de la Tierra; desde la más remota antigüedad, se habla de una
tierra hueca donde habitan seres fantásticos, lugares de pesadilla como los
infiernos y purgatorios, morada de muertos y de pueblos que optaron por el
interior del planeta como hogar. En la India, en China, en la antigua Grecia,
en los reinos mayas e incaicos, los Inuit, los Hoppies nos refieren como
algunos de sus antepasados vinieron de las profundidades de la Tierra, en el
interior de algunas montañas remotas hay ciudades sagradas talladas en piedra,
como Agharta o Shambala, hoy perdidas.
Para los vikingos y
otros pueblos nórdicos existía, muy al norte, un continente de una raza de
humanos blancos, de la sociedad Aria, muy antiguos, que habían desentrañado
muchos de los misterios del universo; era la tierra de Thule, tan mencionada
por el escritor argentino Jorge Luis Borges en su obra.
En la literatura
fantástica el legado es enorme, no tiene comparación con los terraplanistas, la
idea de una tierra hueca fue escenario para grandes utopías, como la que
escribió Guiacomo Casanova en 1788 con el extraño título de Icosameron, donde
una raza de enanos hermafroditas hace de las suyas; Edgar Allans Poe, Julio
Verne, George Sand, Willian Henry Hudson, Edgar Rice Burroughs, H.P. Lovecraft ,
Lobsan Rampa, son algunos de los autores que incursionaron al interior de
nuestro planeta en viajes fantásticos y que hicieron factible la idea de otros
mundos dentro del nuestro.
En 1912 el ocultista
alemán Rudolf von Sebottendorf funda la famosa Sociedad Thule, arma su grupo
como si fuera un cenáculo masónico, pero con la característica principal de un
odio supino por el pueblo semita, adquiere la cruz esvástica como símbolo y al
poco tiempo cuenta con un nutrido grupo de seguidores, entre los que se
encuentran Anton Drexler and Karl Harrer, los fundadores del Partido de
Trabajadores Alemán que pronto cambiaría el nombre por el Partido Nacional
Socialista Alemán.
Tanto Hitler como una
buena parte de su Estado Mayor, aparte de Nazis, eran miembros de la Sociedad
Secreta de Thule, de allí su interés por la conquista de los Polos y sus
expediciones en busca del pueblo Ario original que, de acuerdo a algunos
adeptos, gracias a un intercambio de conocimiento tecnológico con esa raza,
logró avances importantes en cohetería, pudiendo desarrollar el primer avión
caza jet, el primer misil de crucero, el V-1, el primer misil balístico, el
V-2, el avión-cohete Me-163 y, dicen algunos acólitos de la Sociedad Secreta de
Thule, que los primeros platillos voladores, con los que los nazis pudieron
llegar a la Luna y al planeta Marte.
Pero esta historia se
vuelve aún mas truculenta cuando el Almirante norteamericano Richard E. Byrd
realizó varias expediciones en los polos con fines de estudio y para
cartografiar esa parte del planeta. Byrd era un héroe de guerra, uno de los
fundadores de la aviación naval, piloto de pruebas, explorador y gran
estratega, que de 1947 a 1952 realizó no menos de cinco expediciones a ambos
polos, entre ellas la expedición científica-militar más grande de la historia
con la participación de 4.700 efectivos, 13 barcos rompe-hielos y 23 aviones en
uno de los territorios más inhóspitos que existen, la operación fue conocida
como Highjump en la historia militar naval.
Según la información
que resultó de varias investigaciones de expertos en teorías conspirativas,
había un médico nutricionista (promotor de una extraña teoría según la que, sólo
respirando, el hombre podía adquirir los nutrientes necesarios del aire), el
Dr. Raymond Bernard, que publicó un libro en 1964, “La Tierra hueca, el
verdadero origen de los platillos voladores”, donde copió el diario completo
del Almirante Byrd, incluyendo unos pasajes censurados y mantenidos como
secreto militar, donde relata lo que le sucedió durante un vuelo que hizo sobre
el polo norte.
En medio de
circunstancias climáticas adversas, con sus instrumentos de navegación
enloquecidos, sobre las nueve de la mañana, una cadena montañosa apareció de
pronto en medio de la nada, voló sobre el borde y apreció un enorme valle
verde, con aves volando, ríos y bosques, para su sorpresa bajo su ojos
sorprendidos pasó una manada de Mamuts, esos paquidermos prehistóricos
desaparecidos mucho tiempo atrás; observó que la iluminación no provenía del
sol y, cuando descendió hasta los 1.000
pies, la temperatura subió hasta los 74 grados Fahrenheit.
De pronto, se dio
cuenta que el avión volaba por cuenta propia, no obedecía sus comandos y,
aunque sus instrumentos volvieron a funcionar correctamente, no tenía radio; muy
pronto se percató de que a los lados de su avión volaban unas naves muy
modernas que tenían esvásticas nazis pintadas en su exterior; de pronto,
escuchó por el parlante una voz que amablemente le daba la bienvenida y le aseguraba
su seguridad, el motor de su nave se apagó y, escoltado por las naves, aterrizó
en el aeropuerto de una moderna y gran ciudad, donde fue recibido por unas
personas altas y blancas.
Este libro tuvo una
gran popularidad, ya el Almirante Byrd había fallecido, pero se hizo una figura
admirada y la Marina hizo un gran esfuerzo para negar la historia, lo que
incrementó el número de lectores y la fama de las expediciones. El relato impulsó
el renacimiento del culto a la Tierra hueca.
La televisión por
streaming y los netwoks digitales están llenos de series, películas y
documentales que alimentan permanentemente esa leyenda urbana; lo paradójico es
que todavía puede ser rescatada de la ficción, y al contrario de los
terraplanistas, no puede ser negada del todo.






