Se acaban de cumplir los 250 años de la independencia de Estados Unidos, una fecha importante para el pueblo hermano de Norteamérica que lo celebra imbuido no sólo de un mundo totalmente distinto al que tuvieron que forjar los padres fundadores, sino que su nación se ha transformado en todo ese tiempo transcurrido en algo completamente diferente a la visión que inspiró aquel proyecto, que con tanta pasión y razón defendieron las mentes más brillantes de su tiempo, en aquellos calurosos días de julio de 1776 en Filadelfia.
Las discusiones,
foros, conferencias y actos sobre ese importante hecho histórico se han
multiplicado en el mundo académico y político norteamericano, y han servido
entre otras cosas para tratar de encajar aquel episodio con la realidad actual,
porque el contraste entre el presente y el pasado es abismal, no se tenía idea
del salto tecnológico que significaba contar con una IA, armas de precisión
autónomas, programas espaciales, empresas privadas y personas trillonarias
manejando una economía donde el 6% de la población es dueña del 80% del PTB,
una nación en la que el transhumanismo y las combinaciones cyborg son elementos
cotidianos, monedas digitales y dinero plástico mueven las transacciones
cotidianas, contando con un poder militar global y capaz de mantener múltiples
conflictos simultáneos en diferentes partes del mundo.
Nada que ver con
aquella sociedad mayoritariamente rural, mercantilista y fervorosamente
creyente en el espíritu innovador de su gente, mayoritariamente inmigrantes de
la vieja Inglaterra y de muchas partes de Europa, que venían al Nuevo Mundo
buscando libertad y nuevas fronteras lejos de los rígidos cánones de las
monarquías decimonónicas y de las imposiciones de cultos e iglesias.
Figuras como Jefferson, Adams, Franklin,
Hancock, representantes de las 13 colonias (de las 26 que tenían en América), que
asistieron a las deliberaciones y la votación para declararse estados
independientes, estaban sometidos a enormes presiones; una buena parte de las
colonias estaba indecisa sobre el asunto de romper con el gobierno británico,
el Rey George III había ordenado reforzar sus dominios en América, decretando
un embargo económico contra sus súbditos americanos y enviando naves y tropas
para consolidar su presencia y autoridad, sobre todo en Boston y New York.
Ya los
revolucionarios se habían enfrentado en 1775, en los campos de batalla de
Lexington y Concorde, y aquel era el tercer Congreso Continental que realizaban
para discutir los pros y los contras de declararse estados independientes y
constituirse en la Unión Americana; pero los Tories, los partidarios de seguir
bajo los términos de la Corona como súbditos ingleses, eran influyentes, el
Parlamento en Londres era inflexible con el tema de la independencia, quienes
fueran encontrados conspirando serían condenados a la horca.
Pero aún así los independentistas habían
logrado avances importantes, estaban comprando armas y pólvora en las islas
caribeñas para una guerra que creían inevitable, nombraron a George Washington
como cabeza de un nuevo ejército, pero carecían de fuerza naval y los
milicianos no estaban entrenados ni organizados para sostener una defensa creíble;
todas esas debilidades fueron conquistándose a fuerza de argumentos,
negociaciones, panfletos (la publicación masiva del “Common Sense”, una
encendida proclama por la independencia publicada anónimamente… - luego se supo
que su autor fue Thomas Paine - le dio a la gente las razones para enfrentar la
lucha), pero sobre todo, fue el trabajo de hormigas que John Adams y Thomas
Jefferson hicieron con cada representante plenipotenciario de cada colonia,
fundamental para los resultados.
Tuvieron incluso la iniciativa de enviar a
Franklin a Canadá, con la esperanza de convencerlos que se unieran como la catorceava
colonia, pero fue inútil. De todos esos esfuerzos de múltiples aristas, hay
algo que destaca como la base ética-filosófica de ese cúmulo de documentos y
actuaciones, y fue su carácter su carácter humanístico e ilustrado, propio de
la época, muy a tono con la formación clásica de sus protagonistas, en su mayor
parte abogados, comerciantes, granjeros y hacendados, científicos, militares. Los
asuntos controversiales, como el peliagudo tema de la esclavitud y la
conformación de un gobierno federativo, se dejaron para posteriores discusiones,
lo importante en ese momento era alinear a las trece colonias en un solo
objetivo: la declaración de independencia.
El historiador norteamericano David
McCullough, en su obra biográfica sobre John Adams, nos comenta sobre ese tenaz
y brillante hombre de leyes:
“Para Adams la
estructura del gobierno era un tema de interés apasionante que hacía las
preguntas fundamentales sobre la realidad de la naturaleza humana, poder
político y la buena sociedad. Era su preocupación, que por años impulsaron sus
lecturas y el intercambio de ideas con aquellos cuyos juicios respetaba… la
felicidad de la gente era el propósito del gobierno-escribió- …por lo tanto, la
mejor forma de gobierno es la que produce mayor cantidad de felicidad para el
mayor número de personas… la felicidad deriva de la virtud, aquella forma de
gobierno con la virtud como fundamento, promoverá el mayor cúmulo de felicidad
general.”
Leer la Constitución norteamericana es leer
una de las más completas cartillas de derechos humanos, de principios éticos y
visión moral que se hayan escrito en la historia, modelo para muchas otras
constituciones en el mundo, incluyendo la nuestra, sus ciudadanos veneran esas
normas y las defienden a capa y espada; el debate generado por el nuevo
aniversario de la independencia ha puesto de nuevo el aspecto de valores y
principios en un primer plano, debo añadir que, en lo personal, estoy cumpliendo
50 años de graduado en Comunicaciones, Artes y Ciencias de Western Michigan
University, y tengo el honor de pertenecer a la clase de 1976, año bicentenario
cuando, igual que hoy, la historia de aquel episodio fundacional fue también
celebrado, revisado y estudiado.
Y hablando de revisiones históricas sobre
aquellos acontecimientos, me encontré con un artículo del investigador J.C.D.
Clark, publicado el 29 de abril de este año 2026, y cuyo título es “Las
consecuencias inesperadas de la Revolución Americana”; visto el hecho desde el
punto de vista europeo más que de la mitología americana, el profesor Clark
hace varias aseveraciones que me parecieron interesantes, entre las más
resaltantes está el importante rol que jugaron las tropas y las fuerzas navales
francesas para derrotar el disciplinado ejército de Cornwallis, sin desmeritar
el esfuerzo y sacrificio de las milicias locales, pero fueron los franceses
quienes lograron arrebatarle el poder naval a los ingleses.
De hecho, nos informa el profesor Clark que Francia
sufriría un descalabro financiero grave luego de estos enfrentamientos, Luis
XVI tendría que declarar la emergencia económica y Europa entera se vió
arrastrada a una espiral de devaluaciones, inflación y desabastecimiento de los
que nunca se recuperó para desembocar en la Gran Guerra en 1914; una hipótesis
de largo alcance, pero no solo eso, aquellas tropas, de regreso a su país ya
estaban impregnadas por el espíritu revolucionario americano y fueron los
promotores, según Clark, de la revolución francesa de 1789, una idea nada descabellada.
Varios de los padres fundadores americanos
eran esclavistas, incluyendo a Thomas Jefferson, quienes pospusieron la
discusión del tema en un ambiente donde los abolicionistas ganaban terreno, y donde
los mismos ingleses, en sendas sentencias, habían puesto en aprietos a los
grandes terratenientes del sur al declarar, de manera expresa, que el
Parlamento no reconocía el estatus de esclavo en sus dominios. Las colonias
americanas necesitaban con urgencia expandirse y conquistar los territorios
hacia el oeste, cosa que los ingleses les tenían prohibido, entre otras
razones, porque ya había precedentes que pronosticaban que la ocupación sería
total, con el exterminio y el desplazamiento de las poblaciones nativas
americanas.
Para el profesor Clark, en subsecuentes
Congresos Continentales, las 13 colonias, que ya venían trabajando de manera
conjunta y colaborando entre ellas, decidieron establecerse como un gobierno
federal, donde la oficina ejecutiva del presidente tendría poderes especiales
para poder manejar las crisis que ya se preveían, poderes estos que finalmente
se parecían más y más a una dictadura electoral, cada cierto tiempo los
ciudadanos elegirían a una persona que tendría más poder que todos los reyes y
emperadores juntos.
Cuando el presidente Trump llegó al poder, ya
el chavismo se había convertido en un problema de seguridad para los Estados
Unidos; empeñados en la retórica revolucionaria bolivariana seguían ladrando y
enseñando los dientes al enemigo equivocado y, de un solo manotazo, el hombre
más poderoso del mundo, encadenó y encerró en prisión al narcoterrorista
colombiano Nicolas Maduro… y, en un giro inesperado, el presidente Trump
decidió estabilizar y recuperar a Venezuela con la plana mayor del chavismo,
una caterva de ladrones y malvivientes, algunos con recompensas millonarias
sobre sus cabezas.
Por medio de la fuerza y su sola presencia,
Trump trocó al chavismo desde ser su más procaz enemigo a su mandadero y lame
botas, a los fines de explotar nuestras reservas energéticas - las más grandes
del mundo, incansablemente presumidas por Chávez ante la comunidad
internacional – y, en medio de uno de los vacíos institucionales y legales más
notorios de la historia reciente, Venezuela fue ocupada y reservada para un
futuro que, aunque incierto, y luego de un devastador terremoto, mantiene a los
venezolanos aferrados a la esperanza de salir de la desgracia de un socialismo caníbal.
¡Qué cosas, dentro de las cartas sobre la mesa está la de convertirnos en el
estado 51 de la Unión Americana!






