
Si en una escala del 1
al 10 medimos la influencia de la religión en la política, siendo el 10 el
islamismo iraní con su gobierno de Ayatolas y su brazo armado la Guardia
Revolucionaria, y el 1 un gobierno lo más alejado de la religión posible como
podrían ser los sistemas políticos escandinavos, el de Suecia, por ejemplo,
Venezuela estaría ubicada en el número 8 de la escala, y detrás de él, muy de
cerca, en el número 7, los Estados Unidos.
Esta comparación,
totalmente aleatoria y muy personal, no quiere decir que la política y la
religión no se influencien en cualquiera de los extremos de esta hipotética
escala, de hecho, la opinión mayoritaria de los estudiosos de la filosofía
política en el mundo, parecieran coincidir en que política y religión sostienen
una única matriz generativa, y que la historia lo que hace es confirmar una y
otra vez lo cercano que se encuentran estas escalas de valores.
Y digo valores porque
ambas, religión y política, tienen como objeto de su acción el mundo moral de
los hombres, solo hay que introducirse en los discursos de filósofos tan
distinguidos en la materia como serían Locke, Kant, Hegel y Marx para entender
que el fin de toda política es darle sentido a la idea del Estado, como
culminación del proceso de socialización del ser humano, una idea que tiene su
arraigo en la inmensa variedad de pueblos elegidos por Dios (o dioses) para
gobernar el mundo. En este sentido debemos destacar la enorme influencia de los
escritos de Jorge Guillermo Federico Hegel, quien logró un monumental estudio
sobre la idea del estado, y que lo ubica entre los logros más importantes de
humanidad.
Esa diferencia ente lo
sagrado y lo profano no se distinguía en las sociedades primitivas, en la Mesopotamia
antigua, en el Egipto de los faraones, aún en el Imperio Romano, era difícil
distinguir a un mandatario de un alto sacerdote, las ceremonias públicas
estaban llenas de elementos para el culto como insignias, cantos, procesiones y
sacrificios, y sus oficiantes inspiraban respeto y autoridad. Este papel
estelar de la iglesia como estado lo tuvo durante el papado al final del Sacro
Imperio Romano, el hombre del báculo y la mitra dirigiendo ejércitos.
Detrás de estos
intentos por obtener la supremacía en un mundo, que cada vez se nos hace más
pequeño para tantos y diversos intereses, se esconde (aunque en el caso del
islam, es más abierto y militante) la intención de que prevalezca la verdadera
y única fe que dará entrada a un paraíso en la Tierra, y esta promesa salvífica
es la misma, o muy parecida a todas las promesas electorales o de imposición de
regímenes políticos, los vendedores de utopías y un mundo mejor aparecieron
desde el momento en que el hombre decidió vivir en comunidad.
Pero no solo es la
intención, también recurren a los símbolos, a los discursos, a los actos y las
formas, la misma autoridad política, el culto al poder, tiene su génesis en las
religiones primitivas en actos tan salvajes y de una entrega tan radical, como la
del mismo Abraham levantando su cuchillo para degollar a su propio hijo en
sacrificio a su Dios. Hay historiadores especializados en el siglo XX, uno de
los más sangrientos y destructivos, que no encuentran otra explicación sobre la
inmolación de tantos millones de seres humanos, bajo el mando de unos hombres
que prometían inmortalidad, salvación y honor frente a los campos de batalla.
Lo estamos viendo en
las pantallas de nuestros celulares a cada momento, como máquinas de
destrucción masiva, controladas por la Inteligencia artificial, siembran el
caos y la muerte en segundos sobre extensos territorios, explosiones cada vez
más grande y mortíferas se levantan contra el cielo indicando que la ira del
supremo no tiene contemplaciones con los rebeldes y los impíos, ninguna guerra
puede explicarse sin ese contenido transcendental y religioso, el patriotismo
tiene elementos que comparten la más fanáticas de las ordenes monásticas.
El estado se ha
convertido en una entidad intolerable e iracunda, exige sumisión y execra la
herejía, sus sacerdotes oficiantes invocan lealtad, entrega, fe absoluta en sus
designios, que cada quien ocupe su puesto en la construcción de un mundo mejor,
en las sociedades industrializadas la exigencia del trabajo productivo es una necesidad,
crear riqueza e innovación, acumular riqueza para poder pagar los enormes
gastos de un complejo industrial militar que los protegerá de los pueblos
bárbaros, que por oleadas llegan a sus puertas, reclamando asilo y refugio.
Pueblos bárbaros como
el venezolano, donde la religión es un sincretismo de creencias que van desde
la católica, apostólica y romana, pasando por las distintas doctrinas de la
Reforma, el marxismo convertido en la fe del proletariado, aunado a todo un
sinfín de creencias africanas, caribeñas e indígenas que nos vienen de antiguos
tiempos y que siguen vivas en las logias militares, en los pueblos más
recónditos o en los populosos barrios de Caracas.
Hay un grupo de
autores y académicos que han estudiado esos vasos comunicantes entre religión y
política y lo han mostrado en sus investigaciones como han sido Gustave Le Bon,
Vilfredo Pareto. Emilio Gentile, Michael Bur-Leigh, entre otros muchos, que
afirman de los estrechos vínculos que todavía coronan las testas de nuestros
líderes y del poder que irradian sobre la multitud maravillada, que escucha
extasiada sus visiones del futuro sobre ciudades brillantes y eternas sobre la
colina, donde conviven sabios y guerreros, oráculos y agricultores.
Según el autor Gregor
A. James, en su brillante libro “Totalitarismo y Religión Política, una
historia intelectual”, publicado por la Universidad de Stanford en California
(2012) el estado debe actuar de determinada manera:
“Para lograr
lo que requiere necesita de estrategias de control. Dado lo limitado de los
recursos disponibles del gobierno, el control de la población debe ser logrado
inculcándole principios de autogobierno. Más que un sistema de supervisión
manejado por un personal especializado, armado con tecnología de punta y muy
costosa, el control se obtiene por medio del acondicionamiento normativo,
ajustando la conducta por medio de instrucciones y ejemplo. La religión en
cualquiera de las formas que asuma, efectivamente contribuye a todo el proceso…
El marxismo, heredero de del sistema sacralizado de Marx y Engels, muy pronto
puso todo un conjunto de fórmulas adecuadas, con icónicos fundadores, textos
sagrados, líderes carismáticos, partidos sacerdotales, mitos y liturgias,
santos y mártires.”
Aunque dice James que esta aproximación no es exclusiva de la izquierda,
también la derecha la utiliza, en algún momento de nuestra historia deberá
analizarse el rol que jugaron los grupos religiosos durante el gobierno de
Chávez y Maduro, el papel desempeñado por los sacerdotes y altos jerarcas, pastores
evangelistas, rabinos y otros representantes de las distintas denominaciones
religiosas en apaciguar, activar, neutralizar o proteger sus acólitos e
intereses, unos jugaron el juego político convertidos en partidos, otros
confundían sus actuaciones como emisarios del régimen, negociando, protegiendo,
dotando de reconocimientos, o criticando con sus homilías las actuaciones del
gobierno.
Una buena parte de las constituciones en los países occidentales limitan
esta injerencia de los grupos religiosos en la política, dan por sentado que se
trata de un ejercicio laico, que la política ejercida por grupos religiosos,
reportan ventajas y confunden los fueros, creando condiciones para el
totalitarismo, ya que las ideologías de las religiones son marcadamente
autoritarias y con una clara estructura y orden jerárquico, que impide la
crítica y la disidencia.
Me da mucha pena cuando he conocido que el gobierno persigue a los
clérigos cuando estos se les oponen, se burla de ellos, les retiran sus favores
y los señalan públicamente como provocadores… pero más pena me da verlos ser
utilizados como mediadores en situaciones comprometidas, y actuar como unos
gamberros, amenazando y haciéndole el mandado a unos narcoterroristas, promoviendo
sus personalidades e ideologías en sus sermones, algunos no tienen ni vergüenza
de poner instituciones respetables, como universidades y programas sociales, al
servicio de la tiranía y sus oprobiosos fines.
Igualmente, la enorme profusión de creencias animistas que fueron
integradas por los gobiernos chavistas-maduristas, llegando incluso a manejar
recintos históricos, reliquias, textos y figuras de carácter histórico y
utilizadas como amuletos, o como ritos para predicar, satanizar o augurar
predicciones políticas, dan una idea del grado de manipulación e injerencia de
estas prácticas antidemocráticas en el curso de la política venezolana.
A manera de conclusión, podríamos decir que el venezolano medio es
sujeto de control religioso en su ejercicio político, su constitución moral e intelectual
no cuenta con los recursos necesarios para hacerle frente a estas prácticas
desleales de manipulación desde el
gobierno y de las distintas religiones que conviven en el país, cuando la fe se
ve inmiscuida en asuntos de gobierno, el resultado no solo es competencia
desleal de entes que no son políticos, y cuyos fines son otros que los de poner
orden en la ciudad.
El chavismo es un fuerza primitiva de personas muy ignorantes que tienen
en la fe una herramienta de trabajo que no funciona en un mundo racional de
causa y efecto, la economía no funciona con la esperanza de que Dios proveerá,
las elecciones no se ganan rezándole al candidato de su afecto, ni el orden se
obtiene con un conjuro y tomas de preparados con partes de animales maceradas
en alcohol, el estado no es un dios ajeno a la voluntad de los ciudadanos, y
quien así lo crea, lamentablemente no es apto para vivir en democracia.


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