Como muchos otros
problemas existenciales del venezolano, el tema agrícola es uno de los que
tiene sus raíces en la ideología, muy específicamente ese pantanoso y
nauseabundo mundo del comunismo socialista; no hay manera de que podamos
objetivar un marco conceptual para la actividad agrícola en el país sin que
salgan a flote las excrecencias de una arcaica clase campesina, que debió haber
desparecido luego de la revoluciones populares de principios del siglo XIX en
Hispanoamérica, son los últimos estertores de una forma de vida primitiva y
siempre en carestía, donde se refugiaban la ignorancia, el hambre y la
violencia que eran la materia prima de los levantamientos armados contra la
oligarquía criolla.
Mientras que en Europa
los planificadores y sociólogos están tratando de concretar el significado de
lo rural frente a lo agrario, en Venezuela insistimos en vestir lo agrario con
ropajes revolucionarios, que se distinguen principalmente por despreciar la
noción de propiedad privada y destacar las bondades de la propiedad colectiva,
experimentos sociales que han provocado un enorme retraso en la economía
alimentaria y que han estimulado hambrunas y dependencia de las que ha sido
difícil salir.
El investigador español
Xilberto Llano, en sus reflexiones sobre el conocimiento en el ámbito rural en
el viejo continente, nos explica:
“Ciertamente sería
erróneo, en nuestro contexto europeo, identificar rural con agrario y las
dificultades y los problemas de los agricultores, los campesinos o los
pescadores con los de las zonas rurales. Aunque se localicen en él, el concepto
de espacio rural de los países desarrollados no se puede definir en función del
predominio de las actividades agrarias. Éstas y las forestales fueron hasta los
años setenta las funciones indiscutibles de las zonas rurales, pero, aunque
todavía hoy en día ocupan amplios espacios, su aportación actual al producto
interior bruto y al empleo de los países desarrollado es muy pequeña… En
consecuencia, será la combinación de una serie de variables simples, tales como
la baja densidad de población, un porcentaje significativo de la población
activa ocupada en el sector primario, la relación entre usos de suelos de tipo
agrario y los calificados como de tipo urbano, junto con la simplicidad y la
dispersión del hábitat frente a la fuerte aglomeración, la cantidad de relativa
de residencias secundarias y el nivel de rentas de las familias, la que ofrezca
una justificación teórica de lo que es rural.”
Y es que el ámbito
urbano y el rural se repelen por cuestiones primordialmente funcionales, de
ocupación de los espacios, en una ciudad es muy difícil que se haga agricultura,
igual que en los campos cultivables es una contradicción se utilicen para
fundar estructuras de vivienda y otros usos de índole metropolitano, en calles
llenas de edificios y oficinas no se pueden sembrar cereales ni atender
animales para el consumo humano, aunque igual los pobladores de ambos mundos
deben alimentarse, y el alimento proviene necesariamente de la agricultura.
La agricultura
intensiva y extensiva, que está asociada a la agroindustria, tiene otro
tratamiento, o debería tenerlo para aplicar el análisis económico que
necesariamente define a la actividad; para los burócratas y administradores del
estado moderno, la agricultura a gran escala tiene que ser necesariamente
competitiva con los costos de los mercados internacionales, se necesita de amplios
espacios destinados únicamente para la siembra o el pastoreo de ganado, son
obligatorias la mecanización y la automatización de ciertos procesos, el
consumo intensivo de energía, el uso de enormes volúmenes de agroquímicos, de
semillas de alto rendimiento, de todo un arsenal de plaguicidas y suplementos,
agua en grandes cantidades, para poder rendir con los productos finales, muchos
de ellos con precios imposibles de igualar en las bolsas y mercados mundiales debido
a los subsidios que reciben algunas de estas empresas de sus gobiernos, y cuyo fin es copar esos
espacios para crear dependencia alimentaria, ese es el negocio.
Pero la agricultura, a
gran o a pequeña escala, tiene sus costes otros que dinero, no es una actividad
neutra desde el punto de vista ambiental, mucho menos como la pintaron los
escritores costumbristas de otras épocas, como la manera “natural” de vida; la
vida en el campo, cantada por trovadores y poetas, todo tipo de agricultura,
tiene su carga o huella ambiental que, de no ser atendida, puede provocar
situaciones en extremo peligrosas para el equilibrio ambiental de las regiones,
cosa que los gobiernos venezolanos tienden a ignorar o a tratar como meras
incidencias del negocio.
Todo trabajo agrícola,
aún el más cuidadoso, extrae de su entorno natural energía y recursos que jamás
serán repuestos del todo; aun teniendo en cuenta esas deudas, la tierra y el
entorno se empobrecen, aunque no lo aparenten, hay regiones en nuestro planeta
que han resistido la explotación agrícola por siglos y todavía resisten,
cuencas hidrográficas, planicies fértiles, montañas y valles de una generosidad
y abundancia que asombran, pero aún estas áreas privilegiadas sufren el
agotamiento de sus suelos, por ello sus moradores y manejadores las dejan descansar,
permitiendo los procesos naturales de renovación y recomposición de los suelos
procedan a su tiempo, suplementando con abonos los elementos y nutrientes que se
necesitan para la próxima cosecha.
Los gobiernos
chavistas de estos últimos 28 años, terca y mal intencionadamente, han impuesto
la ignorancia y las malas prácticas en nuestros campos; primero, entregando
tierras a personas totalmente incapaces de gestionar sus fundos apropiadamente,
sin criterios científicos ni ecológicos, y hemos visto en la televisión como
hordas de gente empobrecida invaden propiedades, se las entregan (no en
propiedad, sino como algún tipo de posesión colectiva o comunista, con lo que
de entrada limitan sus posibilidades de desarrollo en la actividad), sin apoyo
técnico ni financiero… los abandonan a su suerte, sin supervisión ni rendición
de cuentas, la consecuencia es que malviven en los lotes, en lo que ellos
llaman “una economía de conuco”, o sea, agricultura de subsistencia, al muy
poco tiempo anulan la capacidad productiva de los fundos, y lo que antes había
en cosechas, ganado e instalaciones, construido por el trabajo paciente de sus
antiguos propietarios, se pierde.
De esta, manera hatos
ganaderos ejemplo de excelente gestión, unidades experimentales de genética animal,
de cría y recría, reservas de especies en extinción, semilleros de cereales y gramíneas
de alto rendimiento, los primeros ensayos de piscicultura del país, las más
exitosas cooperativas de producción agrícolas, las más grandes “pacas cafeteras”
que empezaban sus programas de exportación de café tostado y verde, los
productores porcinos y de pollos del país que estaban adquiriendo la última
tecnología disponibles para la cría industrial, y productores tan exóticos como
criadores de toros de lidia, de búfalos de agua y caballos de paso estaban
abriendo mercado en el país, cuando nos cayó la maldición chavista.
Pero no solo se trató
de atacar a los inversionistas privados en el agro, despojándolos de sus
emprendimientos sin ninguna compensación, se repartió entre generales y altos
funcionarios los mejores hatos, para su uso y disfrute personal; además, descuidaron
la infraestructura agrícola que habían heredado de la democracia, la vialidad
agrícola, los sistemas de riego que eran un orgullo de los gobiernos de la
segunda mitad del siglo XX, el sistema eléctrico, toda la gigantesca inversión en
almacenes, silos y los depósitos en frío que disponían para la conservación de
los alimentos… al cabo de muy poco tiempo, las posibilidades de contar con una
seguridad alimentaria en el país se vino al suelo.
En el pasado, el
petróleo no había sido únicamente mal utilizado en sustituir la producción
nacional por una economía de puertos, porque Venezuela logró ser autosuficiente
en maíz, arroz, proteína animal, en no pocos rubros vegetales y empezaba a
producir fertilizantes para la exportación. La nación dio un giro inesperado
hacia la dependencia foránea, un grupo de ladrones y supuestos empresarios de
maletín, se dieron cuenta del enorme negociado de comprar a precios viles en el
extranjero comida descompuesta, y venderla como parte de un programa de
alimentación popular, empezó una fiesta de comisiones, sobreprecios y sobornos
que desangraron los presupuestos de PDVSA.
El sistema agrícola
del país estuvo muy mal diseñado desde sus inicios, los sitios de producción
estaban alejados de los centros industriales de procesamiento y éstos de los
mercados; la dependencia de los combustibles, sobre todo Diesel y gasolina, los
hacía accesorios, tanto para las maquinarias de trabajo en el campo como para
el transporte final de los productos, bajo la asunción de que éramos un país
productor de petróleo y que estos insumos no iban a escasear nunca… estos
planificadores jamás escucharon hablar de los chavistas, los artistas de la
ruina y el latrocinio, no sólo se encareció el combustible sino que desapareció
de las estaciones de servicio por largas temporadas, críticas en tiempo de
cosechas, lo que afectaba aún más el costo y hasta la existencia de los
productos (¿Se acuerdan de las imágenes de los camiones de alimentos, varados y
saqueados en las autopistas del país por una masa de indigentes?)
Pero aparte de los
problemas sociológicos resultantes de ese enorme descalabro agrícola, en el
país no podemos perder de vista la contaminación de nuestras reservas de agua
por el exceso de nitrógeno y fosforo de
fertilizantes en aguas servidas sin tratamiento, razón por la cual se produce
la proliferación de patógenos y algas, nitratos contaminando en silencio
nuestras reservorios lacustres, ríos, costas, el aumento de trazas de
pesticidas en nuestras reservas de agua para el consumo humano, al igual que
todos esos elementos altamente peligrosos, producto de una minería sin control
y en la que se permitió la descarga de elementos peligrosos en los cursos de
agua, del lento pero inexorable empobrecimiento de los suelos por el gasto de
CO2 retenido, por el uso y abuso de antibióticos en animales y cuyas trazas
pasan a los humanos cuando los consumen, de los entierros en secreto de
inmensas cantidades de alimentos descompuestos dentro de las instalaciones
militares para ocultar los ilícitos en el manejo de los alimentos para la
población… fueron tiempos de horror que el chavismo intenta desparecer de
nuestra memoria por medio de leyes contra el odio y del periodismo
supuestamente responsable.
Entre las memorias
imborrables que más me impactaron se
encuentra la del productor agrícola y parcelero, el Sr. Franklin Brito, a quien
dejaron morir de hambre en el Hospital Militar, casi que frente a las cámaras,
por el delito de reclamar su derecho a la propiedad vilmente violado por
instituciones y funcionarios que lo habían expropiado; por órdenes de Chávez,
los propietarios privados del campo debían demostrarle al estado una tradición
jurídica sobre sus propiedades que se remontaba a las Guerras Federales,
información que, sabían, muy pocos tenían, dado el estado de los registros y
documentos de la época mal conservados o desaparecidos a conveniencia.
La inversión privada
en el campo se había desplomado, debido a la inseguridad que el estado había
procurado en fomentar al permitir invasiones, tomas, abigeato, secuestros y
pobladas contra los desarrollos levantados con mucho trabajo y amor por la
tierra. Las instituciones financieras fueron retirándose de la actividad y para
el gobierno era parte fundamental de su plan destructivo el demoler la
propiedad privada, para ello puso organismos, como el INTI, las dependencias de
los Ministerios de producción agrícola, de Ambiente, Guardia Nacional y
gobernaciones a trabajar aceleradamente en transferir el mayor cúmulo de
tierras a manos de sus simpatizantes que operaban detrás de la fachada de
Círculos Bolivarianos, Zamoranos, Comunas y Comités de Tierras, pero jamás como
propietarios, los títulos son otorgados en calidad de pisatarios, como
ocupantes sin derechos.
Al despojar al
individuo de su capacidad de ser dueño de la tierra en la que vive, al no poder
disponer de su propiedad para hipotecarla, negociarla, venderla, heredarla,
dividirla… hacer con ella su voluntad dentro de los límites de la ley y la
convivencia, se le están negando derechos fundamentales y principalmente
capacidad de ser autónomo, de esta manera el estado crea nuevos lazos de
dependencia y control sobre el individuo que poco a poco deja de ser una
persona.
La guerrilla
colombiana, en especial las ELN, tuvo un tratamiento especial para hacerlos
dueños de fundos fronterizos para que sirvieran de aliviaderos para sus tropas
de irregulares, para depósitos de armas y campos de entrenamiento; los estados
Táchira, Apure, Zulia se convirtieron en áreas de seguridad de la insurrección
colombiana, con el visto bueno de nuestras fuerzas armadas y el INTI; la intención
era clara, se trataba de demoler la institución de la propiedad privada en el
campo venezolano para poder colectivizar la actividad agrícola y convertirla en
mecanismo de control social.
Pero ha sido la
economía subterránea del narcotráfico la que mayores beneficios a cosechado de
este festín de pordioseros en el que han convertido el agro venezolano, pistas
clandestinas en los grandes hatos para llevarse cargamento de drogas, depósitos
de caletas de dinero ilícito, laboratorios clandestinos, cementerios y lugares
de tortura para rehenes, es el crimen que se beneficia de estas políticas
mientras al venezolano común, el hombre honesto que quiere trabajar la tierra,
lo tienen a salto de mata entre amenazas y procedimientos de dudoso origen.
Todas esas instituciones
que regulan y estatizan la actividad agrícola en el país están operando y
permanecen fieles a su objetivo de dominio comunista, hay gobernaciones y
alcaldías como las de los estados Miranda, Carabobo, Aragua, Falcón, Guárico, Bolívar
y Anzoátegui que están en manos del partido del gobierno socialista
revolucionario, el PSUV, que continúan sin ningún control, ejerciendo esta
labor de desmontaje de la democracia en el campo venezolano, utilizando la
violencia institucional, apoyando a gremios como el de los productores
caprinos, entre otros, para desencadenar una guerra de jurisdicciones y
conflictos agrarios que dinamitan el concepto de la propiedad privada.
No puede haber un
retorno efectivo de la democracia si dejamos que estos agentes del castrocomunismo
dictaminen el proceder en el campo venezolano, que se arroguen insolentes la
primacía de sus actividades por encima del ordenamiento legal vigente, que
desprecien la normativa ambiental, que ignoren los mandatos constitucionales…
hay que poner orden en el agro y pararle el trote a estos funcionarios que
pretenden seguir corrompiendo nuestra actividad agropecuaria y colectivizando
nuestro futuro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario