martes, 23 de abril de 2019

Reeducando a Juan Bimba




¿No es necesario que el piloto del navío conozca de leyes de navegación? ¿Qué el carpintero sepa tallar la madera, el médico cuidar los cuerpos? ¿Se confiaría el enfermo o el navío a un hombre ignorante, a manos inexpertas? El piloto de la ciudad debe ser “sabio” como el del navío. Pero ¿Cuál es la ciencia que debe poseer un jefe de Estado? Esa ciencia responde el filósofo, es la del bien y la del mal.

Raymond Aaron,  Dimensiones de la Conciencia Histórica (1961)

Para quienes no lo recuerden, Juan Bimba era un personaje creado por los publicistas del partido Acción Democrática (AD) para caracterizar al venezolano típico de la época (un dibujo de un campesino en alpargatas con sombrero de cogollo, muy popular a principio de los sesenta) representaba al hombre del pueblo y fue utilizado en las campañas políticas como el típico adeco.
Ese hombre migrado de una cultura agraria a una urbana, de una clase proletaria que transitaba hacia una clase media, un hombre sencillo que se convertía, gracias a la educación gratuita y de calidad, en uno cultivado, retrataba a un venezolano democrático que sabía elegir a sus líderes dentro del grupo de los socialdemócratas, que le ofrecían los programas y las reformas sociales, que lo llevarían a una mejor vida y a un mejor país.
Aquel Juan Bimba, que estaba siendo educado para un país socialista, terminó en lo que la mayoría de los venezolanos nos hemos convertido, en sobrevivientes, en refugiados que huyen de un país en ruinas, donde ni siquiera se puede contar con luz y agua, mucho menos con comida y medicinas… una nación con un gobierno fallido, que masacra a su propio pueblo y que le entrega la soberanía al extranjero opresor, en nombre de una revolución socialista.
Entre aquel Juan Bimba con futuro y este venezolano, víctima y trofeo de caza de la violencia más descarnada, hay una diferencia notable que, de alguna manera, debe explicarse; algo hicimos mal para que nos cayeran las siete plagas del Antiguo Testamento y estemos depositando nuestra esperanza en un desconocido, cuya única virtud es que no es Nicolás Maduro Moros, el “coco”, el monstruo, nuestra peor pesadilla…
Una de las explicaciones para este revés de fortuna de los venezolanos, los estudiosos de nuestro caso en el futuro se lo atribuirán sin duda, es nuestra educación política, que sin duda ha sido y es un desastre; empecemos porque, cuando hubo algo llamado “formación cívica” en nuestras escuelas, a alguien se le ocurrió que aquélla, que era la única materia del programa curricular relacionada con nuestra vida en sociedad, resultaba innecesaria y aburrida; “dejemos que sea en el seno de la familia donde se le inculquen al párvulo esos valores”- ésa debió ser la excusa para eliminarla, cuando, en la realidad, nadie en la familia podía explicar lo que era ser un buen ciudadano.
Los partidos políticos del momento, casi todos afiliados a algún tipo de socialismo, no querían que la gente se enterara de que tenía derechos individuales y que podía pensar por cuenta propia; mucho menos el gobierno, que necesitaba para su sobrevivencia contar con un pueblo domesticado, pacífico e ignorante.
En Venezuela había que esperar hasta alcanzar la educación superior para conocer sobre política, y eso sucedía sólo en algunas carreras; para tener acceso a la educación cívica, que consiste básicamente en conocer los conceptos de democracia, libertad, participación y todo ese mundo de deberes y derechos, que nos convertía en sujetos activos en el mundo de la política, o sea, en ese entramado de relaciones entre el poder y los ciudadanos, entre las instituciones y las comunidades… toda aquella actividad y conocimiento que significara contar con un ciudadano informado, crítico y participativo estaba vetado, sólo el voto importaba como manifestación política democrática y únicamente para atender a los llamados de las autoridades electorales.
Como ya lo he explicado en varias ocasiones, los partidos políticos socialistas se dieron a la tarea de conculcar nuestros derechos políticos, para conservar para ellos el monopolio sobre las actuaciones políticas; querían hacerse necesarios y lo lograron, de la peor manera posible, haciéndole a la sociedad una lobotomía, nos extrajeron todo el contenido político de nuestras vidas y nos dejaron sólo la posibilidad de elegir por una tarjeta, unos colores, unos eslóganes de campaña, un rostro una vez cada cinco años y que nos olvidáramos de todo lo demás; cualquier iniciática de organización social, como asociaciones de vecinos, juntas de condominio, grupos de opinión, clubes sociales y otros, tenían que pasar por el filtro de los partidos… eran tiempos en que las ONG’s no existían y cualquier forma de grupo de interés, para que pudiera operar debidamente, debía pasar primero por la buena pro del gobierno… todo estaba correctamente “politizado”.
Lo primero que se preguntaba de un club deportivo era si su presidente era adeco o copeyano, si estaba bien o no con el gobierno de turno, lo que se discutía en las reuniones políticas eran asuntos partidistas, de organización o electorales, si acaso chismes y “rumores calientes” de algún político, si tenía barragana, si había robado o estaba saliendo con la hija del ministro… a lo sumo, se criticaban las políticas económicas, los salarios, el costo de la vida… pero asuntos de ideología, de programas de gobierno, de doctrinas sobre los tipos de gobiernos, de cómo defenderse de las acciones del estado, eso estaba reservado a conversaciones de salón, sólo para intelectuales o profesores universitarios.
Juan Bimba estaba tranquilo, otros se ocupaban de administrar los servicios públicos, de la calidad de vida, de la infraestructura, de la deuda externa, del Plan de la Nación, del petróleo… y esos otros eran los partidos políticos; y de ellos, apenas un grupito, los mismos de siempre, un cónclave de poder que tomaba las decisiones importantes a espaldas del país. Eso sucedió por mucho, mucho tiempo, cuando el venezolano era feliz y no lo sabíamos, porque precisamente éramos unos ignorantes.
La única crítica que existía era, precisamente, la de los grupos radicales de izquierda, los que se habían acogido a la pacificación y dejado las ramas para incursionar en la política, partidos como el MAS, el MIR, Bandera Roja, el mismo partido Comunista, y otros, que se convirtieron en la voz disidente de los partidos socialistas democráticos, que habían acaparado el poder.
Pero fue justamente la economía la que nos agrió el juego, cuando la paridad del bolívar con referencia al dólar empezó a fluctuar y la vida se nos fue encareciendo. El Viernes Negro, durante el gobierno de Herrera Campins, fue un momento que nos cambió la fortuna, y ha debido ser un campanazo para los gobiernos, para introducir reformas y controles sobre el gasto público, ajustes de austeridad fiscal, para reducir dispendiosos programas sociales, ponerle un alto al crecimiento del estado benefactor y darle mucho más atención a la inversión productiva… pero nada de eso se hizo.
La poca educación política del venezolano, que consistía en esa participación quinquenal a elecciones presidenciales y, con el tiempo, a unas elecciones municipales, que deberían ser las más importantes, ya que eran las que más nos afectaban directamente, hacía que estas oportunidades pasaran sin pena ni gloria; pero según la conveniente leyenda urbana, nuestro país era una aventajada comunidad política, donde la democracia había germinado de manera portentosa, como ejemplo para otros países.
Influye notablemente un rasgo característico de nuestra cultura, que es el voluntarismo nato, una marca de nacimiento que nos identifica; todo lo podemos, desde nuestra ignorancia, a ninguna actividad le decimos “no puedo” o “no sé”, por ello es común encontrarnos con venezolanos que piensan que pueden hacer cirugía del cerebro sin ser neurólogos, o construir casas y edificios sin ser ingenieros, reparar motores sin ser mecánicos o resolver complejos litigios judiciales sin ser abogados… vivimos bajo la peligrosa ilusión de que todo lo sabemos y podemos, un voluntarismo que trasladamos a terceras personas con las que “conectamos”, entre los que se incluyen los compadres, los amigos cercanos, o esas figuras públicas, que deslumbran con su discurso y presencia, a ellos les atribuimos estas mismas y otras dotes portentosas.
No hay nada más delicado y difícil que ser equilibrado en la política; ya lo expresaba el poeta norteamericano Wordsworth, admirador de los revolucionarios franceses de su época, que en una introducción a su poemario, en 1815, comentaba cómo ser creativo en la política: “[Se debe tener]… la capacidad de observar con exactitud las cosas como son en sí mismas… saber si las cosas descritas están realmente presentes… debe contarse con la reflexión que enseña el valor de las acciones, imágenes, los pensamientos y los sentimientos; y ayuda a la sensibilidad a percibir la relación que tienen entre sí… la imaginación para modificar, crear y asociar… y juicio para decidir cómo y dónde y hasta qué grado deben y pueden ejercerse estas facultades”.
Pero en nuestro país la casta política es diferente, al tratarse de espontáneos, de “naturales” de la política, personas que, sin preparación, pero con ese don especial de gente, buenos comunicadores, a los que les gusta la intermediación y la negociación, se anotan en un juego cuyo resultado puede ser catastrófico para mucha gente, cuando se cometen errores… y, con la mejor de las intenciones, se lanzan a solucionar peliagudos problemas de organización social, a fuerza de instinto… y el público venezolano, tan ignorante y apasionado como ellos, aplaude el ánimo y se desentiende del asunto, pues pone su fe ciega en el elegido.
Estos políticos espontáneos han sido la correa de transmisión entre el gobierno y los ciudadanos, entre las instituciones y la comunidad y con sus pésimas actuaciones nos han traído muchos pesares y problemas; pero en Venezuela nada cambia, jamás se admitirá que somos unos ignaros en política. Cuando en el resto del mundo los funcionarios hacen carrera en la administración pública, cuando los candidatos para algún puesto de elección popular se preparan con tesón y exhiben sus credenciales para competir por el cargo, aquí basta estar inscrito en el partido, ser amigo o tener un padrino en la cúpula del poder… también ayuda ser joven, tener una bella familia o decir lo que la gente quiere escuchar, para figurar entre los elegidos, en una de esas loterías que se dan a lo interno de los partidos o de esas listas por las que se vota en tarjetas únicas… y todavía hay gente, queridos lectores, que nos dice que tenemos que conformarnos con lo que tenemos y dar las gracias a que nuestro mundo político está tomado por estas estrellas de los “guisos”.
Decía Toqueville: “Una democracia puede llegar a la verdad sólo como resultado de la experiencia; y muchas naciones pueden perecer mientras están aguardando las consecuencias de sus errores”. Pues, en nuestro caso, la experiencia no nos importa; efectivamente, no aprendemos de nuestros errores, por lo que tenemos todos los números cantados en el cartón, y  ya podemos gritar “¡Bingo!” y desparecer.
Pero no vamos a despedirnos con una nota tan deprimente. Nosotros, los sucesores de Juan Bimba, luego de veinte (20) largos años de sufrir las consecuencias de errores de nuestra condición política, de no haber sabido cómo conducir nuestro destino como nación, ni de proteger nuestros intereses y de haber tenido que tragarnos un totalitarismo militarista, que baila al son cubano, estamos ante una disyuntiva: o seguimos al colaboracionista y socialista de Guaidó, escogido a dedo por algunos magos de nuestros partidos de siempre, o nos metemos en la Asamblea Nacional buscamos a unos hombres y mujeres de principios democráticos y decentes, que los hay, o a una de esas fracciones que han demostrado compromiso con la Venezuela libre.
Una vez identificados, hay que apoyarlos de manera contundente e inequívoca. Lo que quiero decir con esto es que la solución a nuestros problemas no va a venir de las mafias políticas, de estos líderes instantáneos que los veteranos nos presentan como soluciones milagrosas y, como tienen copados los espacios del poder dentro de la AN, como no van a renunciar ni apartarse, para que otros ocupen esas trincheras, tenemos una única manera de romper este monopolio, con nuestra participación directa, negándonos a seguir sus directrices y escogiendo nosotros nuestros líderes, con nombres y apellidos no ellos.
Hasta el momento, ese grupo de parlamentarios que, más o menos, se ha organizado y se ha hecho escuchar, es nuestra única opción hacia una más contundente intervención de nuestros aliados democráticos para salir definitivamente del régimen de Maduro, exigiéndole a la comunidad internacional una posición más firme sobre nuestro problema, que ya se está transformando en una verdadera crisis mundial. Guaidó tuvo su oportunidad y la desperdició en nombre del amiguismo, no pasó de ser una etiqueta, para recordarnos al último de los naturales en nuestra política; no nos merecemos tanta miseria humana. Hagamos algo importante por nosotros, cambiemos el juego perverso que tiene lugar en el seno de la Asamblea Nacional, con un multitudinario apoyo a la fracción o parlamentarios que, de verdad, están comprometidos con Venezuela; lo repito, están allí y lo que necesitan es apoyo.   -   saulgodoy@gmail.com






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