viernes, 2 de enero de 2026

La red mundial de dominio comunista.

 



Hace unos diez años atrás, yo estaba convencido de que la globalización era el camino correcto que la historia le deparaba a la humanidad, aquella idea kantiana de la “paz perpetua”, donde los estados superaban el aislamiento producido por el nacionalismo y las ideas de soberanía, para desarrollar y adherirse a ese derecho cosmopolita o derecho internacional, y poder interactuar en el mundo con otras naciones, con reglas claras y en condiciones de igualdad jurídica.

Convertida la globalización en el ánimo fundamental de la conducta de las naciones, no sólo para establecer intercambios comerciales, también para regular el movimiento de personas entre las fronteras, para la atención de crisis sanitarias y hasta para hacer del derecho de guerra algo más civilizado; la idea de lograr la paz perpetua, ese logro elusivo que Kant entreveía en una posible sociología de las naciones, con reglas claras, instancias  especializadas para la resolución de conflictos, elementos culturales comunes, era, a mi entender, el camino necesario para el futuro de la humanidad.

Aquellas fueron las bases sobre las que se fundaron los primeros intentos de un gobierno mundial, primero con la Liga de las Naciones (1919-1946) y luego con las Naciones unidas (1945 hasta nuestros días), y con ellas todo ese cúmulo de asociaciones de estados regionales, de foros, de mercados comunes, que se fundaron para regular aspectos económicos,  el desplazamiento de personas y bienes, los intercambios culturales; eran marcos de principios y jurídicos que brindaban seguridad, coherencia y desarrollo a esas comunidades para el progreso humano.

Lo que Kant no escribió, o por lo menos no lo hizo notar, es que estos esfuerzos estarían signados por los mismos problemas, o quizás peores, que aquejaban a los estados nacionales al momento de constituirse o durante su derrotero por la historia: las ideologías en conflicto, los sistemas productivos en competencia, los intereses en juego, el apetito por territorios y recursos escasos, las migraciones, el crimen y la corrupción, las diferencias religiosas y de raza, que fueron los resultados de las cruzadas, las guerras coloniales, las conquistas… la lista parecería interminable. Establecer una comunidad global de manera pacífica y armoniosa es una tarea harto compleja y que requiere un mayor trabajo y constancia.

Y en tal tarea nos encontramos en pleno siglo XXI, tratando de darle un orden y estabilidad a un mundo que se debate entre abrumadoras diferencias. Kant había trabajado con denuedo en proporcionar bases éticas y noseológicas para entender nuestro entorno y conducir nuestro comportamiento, le habían tocado tiempos convulsionados, según el profesor Teodoro Isarría, en su libro, De Cusano a Kant (1967):

En su larga vida [Emanuel Kant] había conocido la guerra de los Siete Años (1756-1763), que convirtió a Prusia en una gran potencia; la guerra de independencia de los Estados Unidos (1776); la Revolución Francesa (1789-1795); el ascenso de Napoleón hasta el Imperio (1804), señales todas de aparatosos cambios en el escenario del mundo.

Guardando las distancias y el tiempo, épocas no muy diferentes a lo que ocurre en nuestra actualidad, una plétora de organismos y clubes para la gobernanza internacional, algunas de largo aliento, otras efímeras, todas exhibiendo en sus cartas fundamentales los mejores propósitos a pesar de los conflictos y tortuosas desviaciones.

La ONU tuvo un papel crucial en varios conflictos mundiales, se estrenó con la Guerra de Corea, tuvo grandes éxitos en su defensa de los derechos humanos y en la creación de fuerzas de la paz, tuvo un papel importante en la preservación y la defensa ambiental, en la mitigación del hambre y la defensa de la herencia cultural de los pueblos, tuvo entre sus directores a personas de una gran solvencia moral y que marcaron su gran prestigio, distinguidos diplomáticos como Dag Hammarskjöld, o el birmano U Thant, o el político austríaco Kurt Waldheim, marcaron la época de oro de la ONU.

Lo que poca veces se menciona son las distintas ideologías y visiones del mundo que están involucradas, que muchas veces van de contrabando conjuntamente con las ansias de poder y dominio de algunos líderes o grupos de poder, como por ejemplo el comunismo, que exitosamente ha infiltrado cada uno de estos organismos internacionales, bien sean regionales, internacionales o mundiales, con el fin de lograr el control del orbe.

Y esto ha sido una labor que nació con los fundadores del pensamiento de la izquierda, desde Lenin, quien creía firmemente en la internacionalización del movimiento obrero, la primera organización política internacional, pasando por H.G. Wells en los inicios de la Liga de las Naciones, cuando acuñó la frase “el Nuevo Orden Mundial” y que se constituyó como meta de revolucionarios y dictadores marxistas.

Los grandes bloques económicos-militares del mundo se dieron cita en estos foros para poner a prueba su influencia, discursos y clientes, resultando en una competencia silenciosa y tras bambalinas para captar seguidores, países por lo general pequeños, subdesarrollados, pobres, pero que tenían voto y poder de decisión sobre asuntos de interés mundial, y desde el principio era claro que la corrupción y los favores jugarían un papel estelar.

Recordemos el lamentable caso de John Ashe en 2015, quien fuera Secretario General del organismo y que fue arrestado en New York bajo cargos de corrupción al aceptar sobornos de compañías Chinas, un diplomático de carrera representante de Antigua y Barbuda; o la lamentable actuación de la expresidente de Chile Michelle Bachelet, quien como Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU prefirió ignorar serias denuncias contra el mandatario venezolano Nicolás Maduro por violaciones graves de derechos humanos (desapariciones, torturas, privaciones ilegítima de la libertad, corrupción), su silencio ante la situación venezolana fue abiertamente de complicidad; o el caso de la peruana Nadine Heredia quien, luego de una accidentada pasantía por el poder judicial de su país, fue nombrada funcionaria de la FAO en Ginebra y tuvo que apartarse del cargo por serias acusaciones de corrupción en su contra.

En la última década, Venezuela ha tenido un notorio papel en el seno de la ONU al convertirse en uno de los países miembros con comportamiento más errático y dañino contra la institución, ha dejado de cumplir con sus obligaciones y compromisos institucionales, algunos de los discursos de sus mandatarios y representantes han sido expresamente groseros y abusivos contra otros miembros, han amenazado con retirarse de la institución por tacharla de “inoperativa” para finalmente, al verse aislados y amenazados, han pedido su intervención para salvar al gobierno revolucionario socialista que se encuentra en medio de un conflicto de grandes proporciones.

Pero fueron dos venezolanos quienes dieron al traste con la poca dignidad que quedaba en ese organismo internacional, con la designación de María Gabriela Chávez, hija del dictador, como embajadora alterna de Venezuela ante la ONU, una mujer que ostenta una grosera fortuna de más de 4.000 millones de US$, en cuentas en paraísos fiscales, y que se vio envuelta en una venta de arroz a Argentina con un escandaloso sobreprecio, donde participaban mafiosos, socios de los gobiernos venezolano y argentino.

Pero quizá el caso más escandaloso fue el de designar a Rafael Ramírez, expresidente de PDVSA sobre quien pesan acusaciones de corrupción en la industria petrolera, como representante de Venezuela ante la ONU en 2017, aprovechando su inmunidad diplomática para montar una ingeniería financiera que le permitió manejar enormes volúmenes de dinero de la corrupción por medio de bancos europeos y norteamericanos, operaciones que atrajeron la atención de las autoridades de varios países donde todavía es investigado. Ramírez fue llamado de vuelta a Venezuela, de donde escapó para luego desparecer en la clandestinidad, llevándose la miserable fama de provocar una de las crisis humanitarias más graves en el continente americano, y desde el interior de la ONU.

Estas dos personas fueron designadas a estos importantes cargos no para promover y defender los intereses del país, que ya empezaba a sufrir de una crisis humanitaria de grandes proporciones, sino para defender una supuesta revolución socialista, los intereses privados de sus mandatarios y el botín de un desfalco en contra del patrimonio de la nación.

Los funcionarios de la representación venezolana tienen la prohibición expresa por parte del gobierno norteamericano de incursionar en territorio de la Unión (lo que incluye salir de la sede de la ONU a visitar Manhattan, por ejemplo) pues Venezuela es considerada un país enemigo de USA y presenta una serie de conflictos con otros países de Europa.

Eso quiere decir que mi país, Venezuela, en manos de los chavistas, se ha convertido en una vergüenza internacional, ahora señalado como gobierno narcoterrorista. Pero el haber permitido que Venezuela, como país miembro de la ONU, haya degenerado a niveles tan profundos, sólo indica que la organización es inoperante, tal como lo demuestra que, para el 2026, el representante de Somalia dirigirá el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, demostrando que la corrupción y la influencia del comunismo internacional han tomado definitivamente esa instancia globalizadora. Todo indica que su tiempo útil ha terminado y se necesita que haya nuevas instancias que brinden seguridad, y ejecución de mandatos civilizados.

 

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