Hace unos diez años
atrás, yo estaba convencido de que la globalización era el camino correcto que
la historia le deparaba a la humanidad, aquella idea kantiana de la “paz perpetua”,
donde los estados superaban el aislamiento producido por el nacionalismo y las
ideas de soberanía, para desarrollar y adherirse a ese derecho cosmopolita o
derecho internacional, y poder interactuar en el mundo con otras naciones, con
reglas claras y en condiciones de igualdad jurídica.
Convertida la
globalización en el ánimo fundamental de la conducta de las naciones, no sólo
para establecer intercambios comerciales, también para regular el movimiento de
personas entre las fronteras, para la atención de crisis sanitarias y hasta para
hacer del derecho de guerra algo más civilizado; la idea de lograr la paz
perpetua, ese logro elusivo que Kant entreveía en una posible sociología de las
naciones, con reglas claras, instancias especializadas para la resolución de
conflictos, elementos culturales comunes, era, a mi entender, el camino
necesario para el futuro de la humanidad.
Aquellas fueron las
bases sobre las que se fundaron los primeros intentos de un gobierno mundial,
primero con la Liga de las Naciones (1919-1946) y luego con las Naciones unidas
(1945 hasta nuestros días), y con ellas todo ese cúmulo de asociaciones de
estados regionales, de foros, de mercados comunes, que se fundaron para regular
aspectos económicos, el desplazamiento
de personas y bienes, los intercambios culturales; eran marcos de principios y
jurídicos que brindaban seguridad, coherencia y desarrollo a esas comunidades
para el progreso humano.
Lo que Kant no
escribió, o por lo menos no lo hizo notar, es que estos esfuerzos estarían
signados por los mismos problemas, o quizás peores, que aquejaban a los estados
nacionales al momento de constituirse o durante su derrotero por la historia:
las ideologías en conflicto, los sistemas productivos en competencia, los
intereses en juego, el apetito por territorios y recursos escasos, las
migraciones, el crimen y la corrupción, las diferencias religiosas y de raza, que
fueron los resultados de las cruzadas, las guerras coloniales, las conquistas… la
lista parecería interminable. Establecer una comunidad global de manera
pacífica y armoniosa es una tarea harto compleja y que requiere un mayor
trabajo y constancia.
Y en tal tarea nos
encontramos en pleno siglo XXI, tratando de darle un orden y estabilidad a un
mundo que se debate entre abrumadoras diferencias. Kant había trabajado con
denuedo en proporcionar bases éticas y noseológicas para entender nuestro
entorno y conducir nuestro comportamiento, le habían tocado tiempos
convulsionados, según el profesor Teodoro Isarría, en su libro, De Cusano a
Kant (1967):
En su larga
vida [Emanuel Kant] había conocido la guerra de los Siete Años (1756-1763), que
convirtió a Prusia en una gran potencia; la guerra de independencia de los
Estados Unidos (1776); la Revolución Francesa (1789-1795); el ascenso de
Napoleón hasta el Imperio (1804), señales todas de aparatosos cambios en el
escenario del mundo.
Guardando las
distancias y el tiempo, épocas no muy diferentes a lo que ocurre en nuestra
actualidad, una plétora de organismos y clubes para la gobernanza internacional,
algunas de largo aliento, otras efímeras, todas exhibiendo en sus cartas
fundamentales los mejores propósitos a pesar de los conflictos y tortuosas
desviaciones.
La ONU tuvo un papel crucial
en varios conflictos mundiales, se estrenó con la Guerra de Corea, tuvo grandes
éxitos en su defensa de los derechos humanos y en la creación de fuerzas de la
paz, tuvo un papel importante en la preservación y la defensa ambiental, en la
mitigación del hambre y la defensa de la herencia cultural de los pueblos, tuvo
entre sus directores a personas de una gran solvencia moral y que marcaron su
gran prestigio, distinguidos diplomáticos como Dag Hammarskjöld, o el birmano U Thant,
o el político austríaco Kurt Waldheim, marcaron la época de oro de la ONU.
Lo que poca veces se
menciona son las distintas ideologías y visiones del mundo que están involucradas,
que muchas veces van de contrabando conjuntamente con las ansias de poder y
dominio de algunos líderes o grupos de poder, como por ejemplo el comunismo, que
exitosamente ha infiltrado cada uno de estos organismos internacionales, bien
sean regionales, internacionales o mundiales, con el fin de lograr el control
del orbe.
Y esto ha sido una
labor que nació con los fundadores del pensamiento de la izquierda, desde Lenin,
quien creía firmemente en la internacionalización del movimiento obrero, la
primera organización política internacional, pasando por H.G. Wells en los
inicios de la Liga de las Naciones, cuando acuñó la frase “el Nuevo Orden
Mundial” y que se constituyó como meta de revolucionarios y dictadores
marxistas.
Los grandes bloques
económicos-militares del mundo se dieron cita en estos foros para poner a
prueba su influencia, discursos y clientes, resultando en una competencia
silenciosa y tras bambalinas para captar seguidores, países por lo general
pequeños, subdesarrollados, pobres, pero que tenían voto y poder de decisión
sobre asuntos de interés mundial, y desde el principio era claro que la
corrupción y los favores jugarían un papel estelar.
Recordemos el
lamentable caso de John Ashe en 2015, quien fuera Secretario General del
organismo y que fue arrestado en New York bajo cargos de corrupción al aceptar
sobornos de compañías Chinas, un diplomático de carrera representante de
Antigua y Barbuda; o la lamentable actuación de la expresidente de Chile
Michelle Bachelet, quien como Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU
prefirió ignorar serias denuncias contra el mandatario venezolano Nicolás
Maduro por violaciones graves de derechos humanos (desapariciones, torturas,
privaciones ilegítima de la libertad, corrupción), su silencio ante la
situación venezolana fue abiertamente de complicidad; o el caso de la peruana
Nadine Heredia quien, luego de una accidentada pasantía por el poder judicial
de su país, fue nombrada funcionaria de la FAO en Ginebra y tuvo que apartarse
del cargo por serias acusaciones de corrupción en su contra.
En la última década,
Venezuela ha tenido un notorio papel en el seno de la ONU al convertirse en uno
de los países miembros con comportamiento más errático y dañino contra la
institución, ha dejado de cumplir con sus obligaciones y compromisos
institucionales, algunos de los discursos de sus mandatarios y representantes
han sido expresamente groseros y abusivos contra otros miembros, han amenazado
con retirarse de la institución por tacharla de “inoperativa” para finalmente,
al verse aislados y amenazados, han pedido su intervención para salvar al
gobierno revolucionario socialista que se encuentra en medio de un conflicto de
grandes proporciones.
Pero fueron dos
venezolanos quienes dieron al traste con la poca dignidad que quedaba en ese
organismo internacional, con la designación de María Gabriela Chávez, hija del
dictador, como embajadora alterna de Venezuela ante la ONU, una mujer que
ostenta una grosera fortuna de más de 4.000 millones de US$, en cuentas en
paraísos fiscales, y que se vio envuelta en una venta de arroz a Argentina con
un escandaloso sobreprecio, donde participaban mafiosos, socios de los gobiernos
venezolano y argentino.
Pero quizá el caso más
escandaloso fue el de designar a Rafael Ramírez, expresidente de PDVSA sobre
quien pesan acusaciones de corrupción en la industria petrolera, como
representante de Venezuela ante la ONU en 2017, aprovechando su inmunidad
diplomática para montar una ingeniería financiera que le permitió manejar
enormes volúmenes de dinero de la corrupción por medio de bancos europeos y
norteamericanos, operaciones que atrajeron la atención de las autoridades de
varios países donde todavía es investigado. Ramírez fue llamado de vuelta a
Venezuela, de donde escapó para luego desparecer en la clandestinidad,
llevándose la miserable fama de provocar una de las crisis humanitarias más
graves en el continente americano, y desde el interior de la ONU.
Estas dos personas
fueron designadas a estos importantes cargos no para promover y defender los
intereses del país, que ya empezaba a sufrir de una crisis humanitaria de grandes
proporciones, sino para defender una supuesta revolución socialista, los
intereses privados de sus mandatarios y el botín de un desfalco en contra del
patrimonio de la nación.
Los funcionarios de la
representación venezolana tienen la prohibición expresa por parte del gobierno
norteamericano de incursionar en territorio de la Unión (lo que incluye salir
de la sede de la ONU a visitar Manhattan, por ejemplo) pues Venezuela es
considerada un país enemigo de USA y presenta una serie de conflictos con otros
países de Europa.
Eso quiere decir que mi
país, Venezuela, en manos de los chavistas, se ha convertido en una vergüenza
internacional, ahora señalado como gobierno narcoterrorista. Pero el haber
permitido que Venezuela, como país miembro de la ONU, haya degenerado a niveles
tan profundos, sólo indica que la organización es inoperante, tal como lo
demuestra que, para el 2026, el representante de Somalia dirigirá el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, demostrando que la corrupción y la influencia
del comunismo internacional han tomado definitivamente esa instancia
globalizadora. Todo indica que su tiempo útil ha terminado y se necesita que
haya nuevas instancias que brinden seguridad, y ejecución de mandatos
civilizados.

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