lunes, 5 de enero de 2026

De como las ideas equivocadas tienen consecuencias desagradables, por Saúl Godoy Gómez



Las ideas motorizan las acciones, creemos que nuestra realidad es de una determinada manera y sobre ella actuamos; si estas ideas eran las equivocadas, lo más probable es que cometamos errores, y dependiendo de la gravedad de esos errores, tendremos que afrontar sus consecuencias. No hay otra manera de construir eso que llaman “experiencia”.

Hay una buena parte de los venezolanos que piensan que pueden andar por la vida creyendo y haciendo lo que les dé la gana sin pensar en las consecuencias, a eso se le llama “irresponsabilidad”, ser irresponsable es propio de personas inconscientes, de poco o ningún desarrollo mental y social, es común en los locos o en los delincuentes.

Una persona socializada, educada y con un mínimo de sentido común, se da cuenta de las circunstancias de la vida que le ha tocado vivir, y esas circunstancias varían. Dependiendo de su origen y disposición, circunstancias completamente aleatorias, una persona puede nacer en la opulencia o en la más descarnada miseria, con muchas o ninguna oportunidad de perseverar, puede trabajar y desarrollarse para convertirse en alguien valioso y que sea relativamente feliz. Puede tener una vida plena y satisfactoria.

La vida es una tómbola, como decía la canción aquella, una rifa donde naces con un número que puede ser un premio o un castigo (en el peor de los casos), aunque siempre tendrás la oportunidad por medio del trabajo y la voluntad, de cambiar tu destino y llegar a ser una persona de bien. Las sociedades evolucionadas y organizadas hacen lo posible por disminuir esas diferencias entre las personas, por medio de la educación, los servicios de salud, alimentación y otros, pero queda claro que no pueden eliminarlas, eso es imposible y es parte de esas ideas utópicas que tantos problemas nos han traído en la política.

Los venezolanos hemos sido nutridos por casi un siglo por las ideas socialistas que pregonan una igualdad y una justicia social que pertenecen a esas ideas utópicas, ésas que, junto a las ideas religiosas de un mundo mejor después de esta vida, nos han hecho mucho daño, ya que nos hacen incapaces de apreciar la riqueza y potencialidades que abundan en nuestro entorno y realidad, nos han dado un marco de referencia falso y que nos incapacita para apreciar la fuerza del trabajo y las buenas ideas, pues despreciando la única vida real que tenemos nos distrae con otra inexistente y ficticia.

Pero las buenas y las malas ideas dependen fundamentalmente del lenguaje, y el socialismo (y la religión) están llenos de palabras, usos y giros que, poco a poco, van construyendo lo que los estudiosos han llamado un marco mental (mindset, en inglés) desde el cual las personas interpretan el mundo que perciben; por ese marco mental pasan, son rechazadas o aceptadas las ideas que justifican esa visión de la realidad, por eso las revoluciones socialistas crean sus propios lenguajes, algunos llegando al minimalismo como en el caso del lenguaje “tarzaneado” que utiliza el hoy, reo de la justicia Maduro, en su impresentable canción de “Yes peace, no war”.

La política venezolana se traduce en una espesa jungla de expresiones idiomáticas, que devienen de memes y consignas políticas para reducir la realidad a términos muy pobres y acríticos que comprimen drásticamente las posibilidades de la acción humana; eso se suma a la entelequia del estado paternalista y proveedor de bienes y servicios, con lo que la condición humana se ve simplificada a sólo clientelismo político o, en su defecto, a seres comuneros, cuya identidad depende del grupo, olvidando que lo más preciado del ser humano es justamente su individualidad, su capacidad de trabajo, creación y originalidad.

Esas erradas metáforas, que suenan tan bonito pero están equivocadas, pueden afectar aún a personas inteligentes y de gran cultura; eso le sucedió al Secretario de Estado Robert S. McNamara al inicio de la guerra de Vietnam, con la teoría de la caída de las fichas de dominó para explicar lo que podría suceder si se perdía el control del sur de Vietnam, con lo que perdieron el control de la situación y se involucraron en una guerra que no se podía ganar.

A raíz de la idea expresada por el presidente Donald Trump, de que su país tendría que tutelar por un tiempo la administración del estado venezolano para evitar que de nuevo nos equivoquemos y caigamos en manos de oportunistas y vendedores de elíxires de culebras, he leído con preocupación que, para lograrlo, tendríamos que sentarnos a negociar y trabajar con los líderes que quedan del chavismo, ya que ellos son los que tienen las armas y los que podrían provocar o apagar el incendio del país.

La metáfora escogida por el autor de un artículo que está circulando es, que quienes manejan la violencia son hoy los dueños del tablero político, que hay que irlos sustituyendo por personas civilizadas y socializadas para que, eventualmente, podamos alcanzar un estadio legal y de representatividad; bajo esta argumentación, se pretende relegar a María Corina Machado bajo la idea, igual que la expresada por el presidente Trump, de que la premio Nobel de la Paz no tiene las condiciones para manejarse con los militares y con los colectivos violentos del régimen chavista, que no es respetada por los uniformados. Por supuesto, piensa que los militares se reducen a los que están medrando del tesoro público y son convenientes partidarios del régimen, no a los institucionales, que saben que su deber es proteger el gobierno democrático y constitucional electo por el pueblo, que también los hay.

No puedo estar de acuerdo con la apreciación del autor del artículo al que me he referido. El chavismo ha quedado en evidencia como un grupo sumamente primitivo de individuos, violento sí, pero una minoría ya sin ningún arraigo real sobre la voluntad popular mayoritaria, las armas no solucionan los difíciles problemas del país, con incendios y tropelías violentas, anteponiendo intereses personales y actos de corrupción lo que provocaría sería la perdida acelerada de credibilidad, reduciría nuestra estatura moral para ser tomados en serio por la comunidad de naciones, ante las que quedamos como incapaces de volver a la racionalidad, de la cual queremos volver a ser parte.

Los que se dicen “militares venezolanos” no pueden ni garantizar la soberanía de nuestros mares, ni del espacio aéreo, ni siquiera pudieron defender adecuadamente a quien fungía como su comandante en jefe. El Alto Mando militar es incapaz de reconocer que no tiene control de las instalaciones petroleras ni la integridad del territorio, entonces, ¿A quien pretenden engañar? Si fueran personas responsables renunciarían a sus cargos y pedirían disculpas al país, pero el espectáculo debe continuar.

Estoy seguro de que María Corina tiene la gente apropiada, y nombraría a personas con capacidad de manejar los restos podridos del chavismo, que los pongan en su lugar y los convenzan de que es mejor entrar en razón que sentarlos en el seno del poder político para que remienden los graves problemas que han creado. El argumento es absurdo, acomodaticio y absolutamente entreguista de los éxitos que María Corina Machado a construido a riesgo de su vida y con su gran inteligencia. La gran mayoría de los venezolanos libres y demócratas estamos listos para acompañar a nuestra líder en la reconstrucción del país, cada uno en su área de acción.

De nuevo veo en este caso mucha comodidad para aprovecharse del trabajo duramente realizado por otro y esa famosa tendencia a normalizar situaciones de crisis con sus mismos provocadores, a enterrar la cabeza en el suelo para no ver los problemas, a no tomar responsabilidades y, lo peor, entregar el poder a quienes lo perdieron por ineptos, es absurdo, algo muy propio del pensamiento socialista y de la retórica eclesiástica... poner la otra mejilla.

Esta posición implica un desconocimiento del sacrificio y el sufrimiento que el pueblo de Venezuela ha tenido que poner para llegar hasta este momento, en nuestro presente, si bien es cierto que los norteamericanos fueron obligados a intervenir y recomponer el orden perdido, porque fueron los chavistas quienes, apoderándose de nuestros recursos y anulando nuestras instituciones, atacaron a Estados Unidos con sus negocios de narcotráfico, filtrando fondos mal habidos en el sistema bancario, con sus componendas con terroristas, con su intento por desestabilizar el orden continental.

El solo proponer que el chavismo se integre a coadministrar el estado con nuestros políticos, para que no incendien el país, por lo menos hasta retomar el control de nuestras instituciones, me parece un error garrafal y que podríamos pagar muy caro; la propuesta de abrirle la puerta, de nuevo, a quienes instigaron el delito y la muerte, no sólo contra nosotros, los venezolanos, sino contra el mundo civilizado, contra occidente, no tiene sentido.

Si la idea es utilizar nuestros militares, hay que decir que éstos fracasaron rotundamente en defender nuestro país ante el asedio de fuerzas extranjeras; demostraron que no estaban preparados, que no les interesaba el oficio de las armas sino para hostigar y someter a nuestro pueblo a los designios de otros gobiernos extranjeros, esas personas que vestían esos uniformes y ostentaban esos grados de oficiales, renunciaron a su deber y dieron una manifestación pública, con consecuencias históricas, de que nunca estuvieron a la altura ni fueron herederos de las glorias bolivarianas, ¿Porque entonces darles una nueva oportunidad? La realidad pide a gritos una recomposición de nuestro componente armado, una tarea en que el presidente Trump puede ayudar, y mucho.

También, a pesar de la retórica de anti colonialismo que están esgrimiendo convenientemente los chavistas y sus partidarios, con la ayuda de Estados Unidos, podríamos en muy poco tiempo volver a contar con el músculo industrial y petrolero que pueda satisfacer las necesidades energéticas del mundo libre. Venezuela se podría convertir en un nuevo polo de desarrollo e inversión capaz de resolver ingentes problemas de la América del Sur y convertirnos de nuevo en el socio confiable del país norteamericano.

En momentos de tal indefensión, con el aparato productivo destruido, sin instituciones confiables, con mucho que reparar en nuestro mindset, el apoyo estadounidense se presenta como muy conveniente. Y los venezolanos de bien merecemos volver a ser ese país de primer mundo que fuimos en al pasado, no deberíamos estar perdiendo el tiempo ayudando a reconstituir lo que está podrido y ha demostrado ser cancerígeno y mortal para la inteligencia y las buenas costumbres.

 

 

 

 

  

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