Las ideas motorizan
las acciones, creemos que nuestra realidad es de una determinada manera y sobre
ella actuamos; si estas ideas eran las equivocadas, lo más probable es que
cometamos errores, y dependiendo de la gravedad de esos errores, tendremos que
afrontar sus consecuencias. No hay otra manera de construir eso que llaman “experiencia”.
Hay una buena parte de
los venezolanos que piensan que pueden andar por la vida creyendo y haciendo lo
que les dé la gana sin pensar en las consecuencias, a eso se le llama “irresponsabilidad”,
ser irresponsable es propio de personas inconscientes, de poco o ningún
desarrollo mental y social, es común en los locos o en los delincuentes.
Una persona
socializada, educada y con un mínimo de sentido común, se da cuenta de las
circunstancias de la vida que le ha tocado vivir, y esas circunstancias varían.
Dependiendo de su origen y disposición, circunstancias completamente aleatorias,
una persona puede nacer en la opulencia o en la más descarnada miseria, con
muchas o ninguna oportunidad de perseverar, puede trabajar y desarrollarse para
convertirse en alguien valioso y que sea relativamente feliz. Puede tener una
vida plena y satisfactoria.
La vida es una
tómbola, como decía la canción aquella, una rifa donde naces con un número que
puede ser un premio o un castigo (en el peor de los casos), aunque siempre
tendrás la oportunidad por medio del trabajo y la voluntad, de cambiar tu
destino y llegar a ser una persona de bien. Las sociedades evolucionadas y
organizadas hacen lo posible por disminuir esas diferencias entre las personas,
por medio de la educación, los servicios de salud, alimentación y otros, pero
queda claro que no pueden eliminarlas, eso es imposible y es parte de esas
ideas utópicas que tantos problemas nos han traído en la política.
Los venezolanos hemos
sido nutridos por casi un siglo por las ideas socialistas que pregonan una
igualdad y una justicia social que pertenecen a esas ideas utópicas, ésas que,
junto a las ideas religiosas de un mundo mejor después de esta vida, nos han
hecho mucho daño, ya que nos hacen incapaces de apreciar la riqueza y
potencialidades que abundan en nuestro entorno y realidad, nos han dado un
marco de referencia falso y que nos incapacita para apreciar la fuerza del
trabajo y las buenas ideas, pues despreciando la única vida real que tenemos
nos distrae con otra inexistente y ficticia.
Pero las buenas y las
malas ideas dependen fundamentalmente del lenguaje, y el socialismo (y la
religión) están llenos de palabras, usos y giros que, poco a poco, van
construyendo lo que los estudiosos han llamado un marco mental (mindset,
en inglés) desde el cual las personas interpretan el mundo que perciben; por ese
marco mental pasan, son rechazadas o aceptadas las ideas que justifican esa
visión de la realidad, por eso las revoluciones socialistas crean sus propios
lenguajes, algunos llegando al minimalismo como en el caso del lenguaje
“tarzaneado” que utiliza el hoy, reo de la justicia Maduro, en su impresentable
canción de “Yes peace, no war”.
La política venezolana
se traduce en una espesa jungla de expresiones idiomáticas, que devienen de
memes y consignas políticas para reducir la realidad a términos muy pobres y
acríticos que comprimen drásticamente las posibilidades de la acción humana;
eso se suma a la entelequia del estado paternalista y proveedor de bienes y
servicios, con lo que la condición humana se ve simplificada a sólo
clientelismo político o, en su defecto, a seres comuneros, cuya identidad
depende del grupo, olvidando que lo más preciado del ser humano es justamente
su individualidad, su capacidad de trabajo, creación y originalidad.
Esas erradas
metáforas, que suenan tan bonito pero están equivocadas, pueden afectar aún a
personas inteligentes y de gran cultura; eso le sucedió al Secretario de Estado
Robert S. McNamara al inicio de la guerra de Vietnam, con la teoría de la caída
de las fichas de dominó para explicar lo que podría suceder si se perdía el
control del sur de Vietnam, con lo que perdieron el control de la situación y
se involucraron en una guerra que no se podía ganar.
A raíz de la idea
expresada por el presidente Donald Trump, de que su país tendría que tutelar
por un tiempo la administración del estado venezolano para evitar que de nuevo
nos equivoquemos y caigamos en manos de oportunistas y vendedores de elíxires
de culebras, he leído con preocupación que, para lograrlo, tendríamos que
sentarnos a negociar y trabajar con los líderes que quedan del chavismo, ya que
ellos son los que tienen las armas y los que podrían provocar o apagar el
incendio del país.
La metáfora escogida
por el autor de un artículo que está circulando es, que quienes manejan la
violencia son hoy los dueños del tablero político, que hay que irlos
sustituyendo por personas civilizadas y socializadas para que, eventualmente, podamos
alcanzar un estadio legal y de representatividad; bajo esta argumentación, se pretende
relegar a María Corina Machado bajo la idea, igual que la expresada por el
presidente Trump, de que la premio Nobel de la Paz no tiene las condiciones
para manejarse con los militares y con los colectivos violentos del régimen
chavista, que no es respetada por los uniformados. Por supuesto, piensa que los
militares se reducen a los que están medrando del tesoro público y son
convenientes partidarios del régimen, no a los institucionales, que saben que
su deber es proteger el gobierno democrático y constitucional electo por el
pueblo, que también los hay.
No puedo estar de
acuerdo con la apreciación del autor del artículo al que me he referido. El
chavismo ha quedado en evidencia como un grupo sumamente primitivo de
individuos, violento sí, pero una minoría ya sin ningún arraigo real sobre la
voluntad popular mayoritaria, las armas no solucionan los difíciles problemas
del país, con incendios y tropelías violentas, anteponiendo intereses
personales y actos de corrupción lo que provocaría sería la perdida acelerada
de credibilidad, reduciría nuestra estatura moral para ser tomados en serio por
la comunidad de naciones, ante las que quedamos como incapaces de volver a la
racionalidad, de la cual queremos volver a ser parte.
Los que se dicen “militares
venezolanos” no pueden ni garantizar la soberanía de nuestros mares, ni del
espacio aéreo, ni siquiera pudieron defender adecuadamente a quien fungía como
su comandante en jefe. El Alto Mando militar es incapaz de reconocer que no
tiene control de las instalaciones petroleras ni la integridad del territorio,
entonces, ¿A quien pretenden engañar? Si fueran personas responsables
renunciarían a sus cargos y pedirían disculpas al país, pero el espectáculo
debe continuar.
Estoy seguro de que
María Corina tiene la gente apropiada, y nombraría a personas con capacidad de
manejar los restos podridos del chavismo, que los pongan en su lugar y los
convenzan de que es mejor entrar en razón que sentarlos en el seno del poder
político para que remienden los graves problemas que han creado. El argumento
es absurdo, acomodaticio y absolutamente entreguista de los éxitos que María
Corina Machado a construido a riesgo de su vida y con su gran inteligencia. La
gran mayoría de los venezolanos libres y demócratas estamos listos para
acompañar a nuestra líder en la reconstrucción del país, cada uno en su área de
acción.
De nuevo veo en este
caso mucha comodidad para aprovecharse del trabajo duramente realizado por otro
y esa famosa tendencia a normalizar situaciones de crisis con sus mismos provocadores,
a enterrar la cabeza en el suelo para no ver los problemas, a no tomar
responsabilidades y, lo peor, entregar el poder a quienes lo perdieron por
ineptos, es absurdo, algo muy propio del pensamiento socialista y de la
retórica eclesiástica... poner la otra mejilla.
Esta posición implica
un desconocimiento del sacrificio y el sufrimiento que el pueblo de Venezuela
ha tenido que poner para llegar hasta este momento, en nuestro presente, si
bien es cierto que los norteamericanos fueron obligados a intervenir y
recomponer el orden perdido, porque fueron los chavistas quienes, apoderándose
de nuestros recursos y anulando nuestras instituciones, atacaron a Estados
Unidos con sus negocios de narcotráfico, filtrando fondos mal habidos en el
sistema bancario, con sus componendas con terroristas, con su intento por
desestabilizar el orden continental.
El solo proponer que
el chavismo se integre a coadministrar el estado con nuestros políticos, para
que no incendien el país, por lo menos hasta retomar el control de nuestras instituciones,
me parece un error garrafal y que podríamos pagar muy caro; la propuesta de abrirle
la puerta, de nuevo, a quienes instigaron el delito y la muerte, no sólo contra
nosotros, los venezolanos, sino contra el mundo civilizado, contra occidente,
no tiene sentido.
Si la idea es utilizar
nuestros militares, hay que decir que éstos fracasaron rotundamente en defender
nuestro país ante el asedio de fuerzas extranjeras; demostraron que no estaban
preparados, que no les interesaba el oficio de las armas sino para hostigar y
someter a nuestro pueblo a los designios de otros gobiernos extranjeros, esas
personas que vestían esos uniformes y ostentaban esos grados de oficiales,
renunciaron a su deber y dieron una manifestación pública, con consecuencias
históricas, de que nunca estuvieron a la altura ni fueron herederos de las
glorias bolivarianas, ¿Porque entonces darles una nueva oportunidad? La realidad
pide a gritos una recomposición de nuestro componente armado, una tarea en que
el presidente Trump puede ayudar, y mucho.
También, a pesar de la
retórica de anti colonialismo que están esgrimiendo convenientemente los
chavistas y sus partidarios, con la ayuda de Estados Unidos, podríamos en muy
poco tiempo volver a contar con el músculo industrial y petrolero que pueda
satisfacer las necesidades energéticas del mundo libre. Venezuela se podría
convertir en un nuevo polo de desarrollo e inversión capaz de resolver ingentes
problemas de la América del Sur y convertirnos de nuevo en el socio confiable
del país norteamericano.
En momentos de tal
indefensión, con el aparato productivo destruido, sin instituciones confiables,
con mucho que reparar en nuestro mindset, el apoyo estadounidense se
presenta como muy conveniente. Y los venezolanos de bien merecemos volver a ser
ese país de primer mundo que fuimos en al pasado, no deberíamos estar perdiendo
el tiempo ayudando a reconstituir lo que está podrido y ha demostrado ser
cancerígeno y mortal para la inteligencia y las buenas costumbres.

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