sábado, 6 de junio de 2026

Política y Religión, por Saúl Godoy Gómez


Si en una escala del 1 al 10 medimos la influencia de la religión en la política, siendo el 10 el islamismo iraní con su gobierno de Ayatolas y su brazo armado la Guardia Revolucionaria, y el 1 un gobierno lo más alejado de la religión posible como podrían ser los sistemas políticos escandinavos, el de Suecia, por ejemplo, Venezuela estaría ubicada en el número 8 de la escala, y detrás de él, muy de cerca, en el número 7, los Estados Unidos.

Esta comparación, totalmente aleatoria y muy personal, no quiere decir que la política y la religión no se influencien en cualquiera de los extremos de esta hipotética escala, de hecho, la opinión mayoritaria de los estudiosos de la filosofía política en el mundo, parecieran coincidir en que política y religión sostienen una única matriz generativa, y que la historia lo que hace es confirmar una y otra vez lo cercano que se encuentran estas escalas de valores.

Y digo valores porque ambas, religión y política, tienen como objeto de su acción el mundo moral de los hombres, solo hay que introducirse en los discursos de filósofos tan distinguidos en la materia como serían Locke, Kant, Hegel y Marx para entender que el fin de toda política es darle sentido a la idea del Estado, como culminación del proceso de socialización del ser humano, una idea que tiene su arraigo en la inmensa variedad de pueblos elegidos por Dios (o dioses) para gobernar el mundo. En este sentido debemos destacar la enorme influencia de los escritos de Jorge Guillermo Federico Hegel, quien logró un monumental estudio sobre la idea del estado, y que lo ubica entre los logros más importantes de humanidad.

Esa diferencia ente lo sagrado y lo profano no se distinguía en las sociedades primitivas, en la Mesopotamia antigua, en el Egipto de los faraones, aún en el Imperio Romano, era difícil distinguir a un mandatario de un alto sacerdote, las ceremonias públicas estaban llenas de elementos para el culto como insignias, cantos, procesiones y sacrificios, y sus oficiantes inspiraban respeto y autoridad. Este papel estelar de la iglesia como estado lo tuvo durante el papado al final del Sacro Imperio Romano, el hombre del báculo y la mitra dirigiendo ejércitos.

Detrás de estos intentos por obtener la supremacía en un mundo, que cada vez se nos hace más pequeño para tantos y diversos intereses, se esconde (aunque en el caso del islam, es más abierto y militante) la intención de que prevalezca la verdadera y única fe que dará entrada a un paraíso en la Tierra, y esta promesa salvífica es la misma, o muy parecida a todas las promesas electorales o de imposición de regímenes políticos, los vendedores de utopías y un mundo mejor aparecieron desde el momento en que el hombre decidió vivir en comunidad.

Pero no solo es la intención, también recurren a los símbolos, a los discursos, a los actos y las formas, la misma autoridad política, el culto al poder, tiene su génesis en las religiones primitivas en actos tan salvajes y de una entrega tan radical, como la del mismo Abraham levantando su cuchillo para degollar a su propio hijo en sacrificio a su Dios. Hay historiadores especializados en el siglo XX, uno de los más sangrientos y destructivos, que no encuentran otra explicación sobre la inmolación de tantos millones de seres humanos, bajo el mando de unos hombres que prometían inmortalidad, salvación y honor frente a los campos de batalla.

Lo estamos viendo en las pantallas de nuestros celulares a cada momento, como máquinas de destrucción masiva, controladas por la Inteligencia artificial, siembran el caos y la muerte en segundos sobre extensos territorios, explosiones cada vez más grande y mortíferas se levantan contra el cielo indicando que la ira del supremo no tiene contemplaciones con los rebeldes y los impíos, ninguna guerra puede explicarse sin ese contenido transcendental y religioso, el patriotismo tiene elementos que comparten la más fanáticas de las ordenes monásticas.

El estado se ha convertido en una entidad intolerable e iracunda, exige sumisión y execra la herejía, sus sacerdotes oficiantes invocan lealtad, entrega, fe absoluta en sus designios, que cada quien ocupe su puesto en la construcción de un mundo mejor, en las sociedades industrializadas la exigencia del trabajo productivo es una necesidad, crear riqueza e innovación, acumular riqueza para poder pagar los enormes gastos de un complejo industrial militar que los protegerá de los pueblos bárbaros, que por oleadas llegan a sus puertas, reclamando asilo y refugio.

Pueblos bárbaros como el venezolano, donde la religión es un sincretismo de creencias que van desde la católica, apostólica y romana, pasando por las distintas doctrinas de la Reforma, el marxismo convertido en la fe del proletariado, aunado a todo un sinfín de creencias africanas, caribeñas e indígenas que nos vienen de antiguos tiempos y que siguen vivas en las logias militares, en los pueblos más recónditos o en los populosos barrios de Caracas.

Hay un grupo de autores y académicos que han estudiado esos vasos comunicantes entre religión y política y lo han mostrado en sus investigaciones como han sido Gustave Le Bon, Vilfredo Pareto. Emilio Gentile, Michael Bur-Leigh, entre otros muchos, que afirman de los estrechos vínculos que todavía coronan las testas de nuestros líderes y del poder que irradian sobre la multitud maravillada, que escucha extasiada sus visiones del futuro sobre ciudades brillantes y eternas sobre la colina, donde conviven sabios y guerreros, oráculos y agricultores.

Según el autor Gregor A. James, en su brillante libro “Totalitarismo y Religión Política, una historia intelectual”, publicado por la Universidad de Stanford en California (2012) el estado debe actuar de determinada manera:

“Para lograr lo que requiere necesita de estrategias de control. Dado lo limitado de los recursos disponibles del gobierno, el control de la población debe ser logrado inculcándole principios de autogobierno. Más que un sistema de supervisión manejado por un personal especializado, armado con tecnología de punta y muy costosa, el control se obtiene por medio del acondicionamiento normativo, ajustando la conducta por medio de instrucciones y ejemplo. La religión en cualquiera de las formas que asuma, efectivamente contribuye a todo el proceso… El marxismo, heredero de del sistema sacralizado de Marx y Engels, muy pronto puso todo un conjunto de fórmulas adecuadas, con icónicos fundadores, textos sagrados, líderes carismáticos, partidos sacerdotales, mitos y liturgias, santos y mártires.”

Aunque dice James que esta aproximación no es exclusiva de la izquierda, también la derecha la utiliza, en algún momento de nuestra historia deberá analizarse el rol que jugaron los grupos religiosos durante el gobierno de Chávez y Maduro, el papel desempeñado por los sacerdotes y altos jerarcas, pastores evangelistas, rabinos y otros representantes de las distintas denominaciones religiosas en apaciguar, activar, neutralizar o proteger sus acólitos e intereses, unos jugaron el juego político convertidos en partidos, otros confundían sus actuaciones como emisarios del régimen, negociando, protegiendo, dotando de reconocimientos, o criticando con sus homilías las actuaciones del gobierno.

Una buena parte de las constituciones en los países occidentales limitan esta injerencia de los grupos religiosos en la política, dan por sentado que se trata de un ejercicio laico, que la política ejercida por grupos religiosos, reportan ventajas y confunden los fueros, creando condiciones para el totalitarismo, ya que las ideologías de las religiones son marcadamente autoritarias y con una clara estructura y orden jerárquico, que impide la crítica y la disidencia.

Me da mucha pena cuando he conocido que el gobierno persigue a los clérigos cuando estos se les oponen, se burla de ellos, les retiran sus favores y los señalan públicamente como provocadores… pero más pena me da verlos ser utilizados como mediadores en situaciones comprometidas, y actuar como unos gamberros, amenazando y haciéndole el mandado a unos narcoterroristas, promoviendo sus personalidades e ideologías en sus sermones, algunos no tienen ni vergüenza de poner instituciones respetables, como universidades y programas sociales, al servicio de la tiranía y sus oprobiosos fines.

Igualmente, la enorme profusión de creencias animistas que fueron integradas por los gobiernos chavistas-maduristas, llegando incluso a manejar recintos históricos, reliquias, textos y figuras de carácter histórico y utilizadas como amuletos, o como ritos para predicar, satanizar o augurar predicciones políticas, dan una idea del grado de manipulación e injerencia de estas prácticas antidemocráticas en el curso de la política venezolana.

A manera de conclusión, podríamos decir que el venezolano medio es sujeto de control religioso en su ejercicio político, su constitución moral e intelectual no cuenta con los recursos necesarios para hacerle frente a estas prácticas desleales  de manipulación desde el gobierno y de las distintas religiones que conviven en el país, cuando la fe se ve inmiscuida en asuntos de gobierno, el resultado no solo es competencia desleal de entes que no son políticos, y cuyos fines son otros que los de poner orden en la ciudad.

El chavismo es un fuerza primitiva de personas muy ignorantes que tienen en la fe una herramienta de trabajo que no funciona en un mundo racional de causa y efecto, la economía no funciona con la esperanza de que Dios proveerá, las elecciones no se ganan rezándole al candidato de su afecto, ni el orden se obtiene con un conjuro y tomas de preparados con partes de animales maceradas en alcohol, el estado no es un dios ajeno a la voluntad de los ciudadanos, y quien así lo crea, lamentablemente no es apto para vivir en democracia.

 

 

 

 

 

  



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