sábado, 11 de julio de 2026

Nuestra relación con USA, por Saúl Godoy Gómez

 

Se acaban de cumplir los 250 años de la independencia de Estados Unidos, una fecha importante para el pueblo hermano de Norteamérica que lo celebra imbuido no sólo de un mundo totalmente distinto al que tuvieron que forjar los padres fundadores, sino que su nación se ha transformado en todo ese tiempo transcurrido en algo completamente diferente a la visión que inspiró aquel proyecto, que con tanta pasión y razón defendieron las mentes más brillantes de su tiempo, en aquellos calurosos días de julio de 1776 en Filadelfia.

Las discusiones, foros, conferencias y actos sobre ese importante hecho histórico se han multiplicado en el mundo académico y político norteamericano, y han servido entre otras cosas para tratar de encajar aquel episodio con la realidad actual, porque el contraste entre el presente y el pasado es abismal, no se tenía idea del salto tecnológico que significaba contar con una IA, armas de precisión autónomas, programas espaciales, empresas privadas y personas trillonarias manejando una economía donde el 6% de la población es dueña del 80% del PTB, una nación en la que el transhumanismo y las combinaciones cyborg son elementos cotidianos, monedas digitales y dinero plástico mueven las transacciones cotidianas, contando con un poder militar global y capaz de mantener múltiples conflictos simultáneos en diferentes partes del mundo.

Nada que ver con aquella sociedad mayoritariamente rural, mercantilista y fervorosamente creyente en el espíritu innovador de su gente, mayoritariamente inmigrantes de la vieja Inglaterra y de muchas partes de Europa, que venían al Nuevo Mundo buscando libertad y nuevas fronteras lejos de los rígidos cánones de las monarquías decimonónicas y de las imposiciones de cultos e iglesias.

Figuras como Jefferson, Adams, Franklin, Hancock, representantes de las 13 colonias (de las 26 que tenían en América), que asistieron a las deliberaciones y la votación para declararse estados independientes, estaban sometidos a enormes presiones; una buena parte de las colonias estaba indecisa sobre el asunto de romper con el gobierno británico, el Rey George III había ordenado reforzar sus dominios en América, decretando un embargo económico contra sus súbditos americanos y enviando naves y tropas para consolidar su presencia y autoridad, sobre todo en Boston y New York.

Ya  los revolucionarios se habían enfrentado en 1775, en los campos de batalla de Lexington y Concorde, y aquel era el tercer Congreso Continental que realizaban para discutir los pros y los contras de declararse estados independientes y constituirse en la Unión Americana; pero los Tories, los partidarios de seguir bajo los términos de la Corona como súbditos ingleses, eran influyentes, el Parlamento en Londres era inflexible con el tema de la independencia, quienes fueran encontrados conspirando serían condenados a la horca.

Pero aún así los independentistas habían logrado avances importantes, estaban comprando armas y pólvora en las islas caribeñas para una guerra que creían inevitable, nombraron a George Washington como cabeza de un nuevo ejército, pero carecían de fuerza naval y los milicianos no estaban entrenados ni organizados para sostener una defensa creíble; todas esas debilidades fueron conquistándose a fuerza de argumentos, negociaciones, panfletos (la publicación masiva del “Common Sense”, una encendida proclama por la independencia publicada anónimamente… - luego se supo que su autor fue Thomas Paine - le dio a la gente las razones para enfrentar la lucha), pero sobre todo, fue el trabajo de hormigas que John Adams y Thomas Jefferson hicieron con cada representante plenipotenciario de cada colonia, fundamental para los resultados.

Tuvieron incluso la iniciativa de enviar a Franklin a Canadá, con la esperanza de convencerlos que se unieran como la catorceava colonia, pero fue inútil. De todos esos esfuerzos de múltiples aristas, hay algo que destaca como la base ética-filosófica de ese cúmulo de documentos y actuaciones, y fue su carácter su carácter humanístico e ilustrado, propio de la época, muy a tono con la formación clásica de sus protagonistas, en su mayor parte abogados, comerciantes, granjeros y hacendados, científicos, militares. Los asuntos controversiales, como el peliagudo tema de la esclavitud y la conformación de un gobierno federativo, se dejaron para posteriores discusiones, lo importante en ese momento era alinear a las trece colonias en un solo objetivo: la declaración de independencia.

El historiador norteamericano David McCullough, en su obra biográfica sobre John Adams, nos comenta sobre ese tenaz y brillante hombre de leyes:

 

“Para Adams la estructura del gobierno era un tema de interés apasionante que hacía las preguntas fundamentales sobre la realidad de la naturaleza humana, poder político y la buena sociedad. Era su preocupación, que por años impulsaron sus lecturas y el intercambio de ideas con aquellos cuyos juicios respetaba… la felicidad de la gente era el propósito del gobierno-escribió- …por lo tanto, la mejor forma de gobierno es la que produce mayor cantidad de felicidad para el mayor número de personas… la felicidad deriva de la virtud, aquella forma de gobierno con la virtud como fundamento, promoverá el mayor cúmulo de felicidad general.”

 

Leer la Constitución norteamericana es leer una de las más completas cartillas de derechos humanos, de principios éticos y visión moral que se hayan escrito en la historia, modelo para muchas otras constituciones en el mundo, incluyendo la nuestra, sus ciudadanos veneran esas normas y las defienden a capa y espada; el debate generado por el nuevo aniversario de la independencia ha puesto de nuevo el aspecto de valores y principios en un primer plano, debo añadir que, en lo personal, estoy cumpliendo 50 años de graduado en Comunicaciones, Artes y Ciencias de Western Michigan University, y tengo el honor de pertenecer a la clase de 1976, año bicentenario cuando, igual que hoy, la historia de aquel episodio fundacional fue también celebrado, revisado y estudiado.

Y hablando de revisiones históricas sobre aquellos acontecimientos, me encontré con un artículo del investigador J.C.D. Clark, publicado el 29 de abril de este año 2026, y cuyo título es “Las consecuencias inesperadas de la Revolución Americana”; visto el hecho desde el punto de vista europeo más que de la mitología americana, el profesor Clark hace varias aseveraciones que me parecieron interesantes, entre las más resaltantes está el importante rol que jugaron las tropas y las fuerzas navales francesas para derrotar el disciplinado ejército de Cornwallis, sin desmeritar el esfuerzo y sacrificio de las milicias locales, pero fueron los franceses quienes lograron arrebatarle el poder naval a los ingleses.

De hecho, nos informa el profesor Clark que Francia sufriría un descalabro financiero grave luego de estos enfrentamientos, Luis XVI tendría que declarar la emergencia económica y Europa entera se vió arrastrada a una espiral de devaluaciones, inflación y desabastecimiento de los que nunca se recuperó para desembocar en la Gran Guerra en 1914; una hipótesis de largo alcance, pero no solo eso, aquellas tropas, de regreso a su país ya estaban impregnadas por el espíritu revolucionario americano y fueron los promotores, según Clark, de la revolución francesa de 1789, una idea nada descabellada.

 

Varios de los padres fundadores americanos eran esclavistas, incluyendo a Thomas Jefferson, quienes pospusieron la discusión del tema en un ambiente donde los abolicionistas ganaban terreno, y donde los mismos ingleses, en sendas sentencias, habían puesto en aprietos a los grandes terratenientes del sur al declarar, de manera expresa, que el Parlamento no reconocía el estatus de esclavo en sus dominios. Las colonias americanas necesitaban con urgencia expandirse y conquistar los territorios hacia el oeste, cosa que los ingleses les tenían prohibido, entre otras razones, porque ya había precedentes que pronosticaban que la ocupación sería total, con el exterminio y el desplazamiento de las poblaciones nativas americanas.

Para el profesor Clark, en subsecuentes Congresos Continentales, las 13 colonias, que ya venían trabajando de manera conjunta y colaborando entre ellas, decidieron establecerse como un gobierno federal, donde la oficina ejecutiva del presidente tendría poderes especiales para poder manejar las crisis que ya se preveían, poderes estos que finalmente se parecían más y más a una dictadura electoral, cada cierto tiempo los ciudadanos elegirían a una persona que tendría más poder que todos los reyes y emperadores juntos.

Cuando el presidente Trump llegó al poder, ya el chavismo se había convertido en un problema de seguridad para los Estados Unidos; empeñados en la retórica revolucionaria bolivariana seguían ladrando y enseñando los dientes al enemigo equivocado y, de un solo manotazo, el hombre más poderoso del mundo, encadenó y encerró en prisión al narcoterrorista colombiano Nicolas Maduro… y, en un giro inesperado, el presidente Trump decidió estabilizar y recuperar a Venezuela con la plana mayor del chavismo, una caterva de ladrones y malvivientes, algunos con recompensas millonarias sobre sus cabezas.

Por medio de la fuerza y su sola presencia, Trump trocó al chavismo desde ser su más procaz enemigo a su mandadero y lame botas, a los fines de explotar nuestras reservas energéticas - las más grandes del mundo, incansablemente presumidas por Chávez ante la comunidad internacional – y, en medio de uno de los vacíos institucionales y legales más notorios de la historia reciente, Venezuela fue ocupada y reservada para un futuro que, aunque incierto, y luego de un devastador terremoto, mantiene a los venezolanos aferrados a la esperanza de salir de la desgracia de un socialismo caníbal. ¡Qué cosas, dentro de las cartas sobre la mesa está la de convertirnos en el estado 51 de la Unión Americana!

 

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