domingo, 28 de junio de 2026

Cuando el universo se mueve, por Saúl Godoy Gómez

 


Spinoza propone a los filósofos un nuevo modelo: el cuerpo. Les propone instituir al cuerpo como modelo: «No sabemos lo que puede el cuerpo...». Esta declaración de ignorancia es una provocación: hablamos de la conciencia y de sus decretos, de la voluntad y de sus efectos, de los mil medios de mover el cuerpo, de dominar el cuerpo y las pasiones, pero no sabemos ni siquiera lo que puede un cuerpo. A falta de saber, gastamos palabras. Como dirá Nietzsche, nos extrañamos ante la conciencia, pero «más bien es el cuerpo lo sorprendente...».

Guilles Deleuze: “Spinoza, filosofía práctica”.

 

Quiero relatarles lo que sentí al momento de los terremotos en Caracas de este pasado 24 de junio, Día de San Juan, antes de que se me olvide o mis recuerdos se vean modificados por mi conciencia que, como sabemos y nos pasa a todos, no juega limpio cuando queremos recordar.

Me encontraba solo en la casa, estaba en mi cuarto, leyendo una novela de crimen escandinava, que está entre las lecturas que me gustan para entretenerme; afuera todavía era de día pero el ocaso se acercaba rápidamente, los perros estaban afuera y no me percaté al momento, pero era la hora en que los pájaros buscan refugio en los árboles, con un gran bullicio de graznidos y trinos, a lo que estoy acostumbrado como rutina diaria de las especies animales que tenemos costumbres diurnas, pero caí en cuenta del silencio que había en mi parcela, para la hora (iban a dar las seis de la tarde) lo acostumbrado es una gran alharaca de plumíferos buscando recogerse para la noche fría… no le di mayor importancia.

Dos segundos antes de los eventos sísmicos dejé de leer, puse el marcador de la página y cerré el libro, me incorporé, no me bajé de la cama, me quedé esperando, pues presentía que algo iba a suceder, había algo en el aire. Soy sensible a los cambios electromagnéticos de la tierra, esto me pasa desde que era niño, sobre todo antes de las tormentas, una habilidad perceptiva que desarrollé a consciencia, y casi de manera científica, durante mis años de estudiante en Michigan, donde  disfrute de las más espectaculares tormentas eléctricas, de los tornados que eran frecuentes en la población de Kalamazoo, ya que la  zona se encuentra en pleno corredor de tornados, justo entre Detroit y Chicago, y de las grandes tormentas de nieve que soplan desde los grandes lagos.

Es una habilidad muy común, mucha gente puede percibir estas variaciones con su cuerpo, y puede ser desarrollada con la práctica; hay personas que lo sienten en viejas heridas o en algún dedo que empieza a cosquillear justo antes de la tormenta (los científicos dicen que tiene que ver con la baja presión barométrica), por ejemplo, podía predecir, segundos antes que cayera un rayo cerca de donde estaba, lo sentía adentro en mis tripas, se me erizaban los pelos, se me secaba la garganta y cuando se marcaba el centellazo, uniendo el cielo con la tierra, me encantaba el olor a ozono que despedía el rayo antes de que sonara con el aquel ominoso latigazo y el trueno profundo que me calaba los huesos. Y como estábamos en pleno invierno y llueve a menudo y muy fuerte sobre los valles del Tuy, lo que esperaba era un buen palo de agua, nunca un terremoto.

La única experiencia que tuve con un terremoto fue el que acaeció en Caracas en 1967. Recuerdo que estaba bañándome y cuando todo empezó a temblar, salí de la ducha desnudo y salí corriendo a la calle todavía enjabonado, donde ya estaba mi familia y los vecinos en pánico, comentando el evento, era un adolescente; recuerdo que alguien me prestó un sobre todo, sentí el asfalto de la calle bien caliente en la planta de mis pies aunque era temprano en la noche.

En aquel momento vivía en Prados del Este, un suburbio de clase media en Caracas. Ahora estaba en el tope de una montaña, justo a la mitad entre Guarenas y Santa Lucía, rodeado de un bosque de grandes árboles, caobas, pinos, nogales, yagrumos, acacias… mi vecino más cercano, y no tengo muchos, estaba a más de trecientos metros; la farmacia, la policía y la panadería más próximas están a 8 km de carreta rural, para todo efecto práctico, me encontraba aislado, viviendo en un área natural protegida.

Aunque cuento con los servicios básicos, agua, luz y señal telefónica y de internet, sufro de recurrentes cortes del fluido eléctrico, con lo que quiero destacar que vivo rodeado de silencio, escucho música si la pongo… aquí solo estoy yo, los animales y el bosque, un verdadero paraíso para un escritor.

Y como les decía, cerré el libro y esperé, sabía que algo iba a pasar, de pronto escuché un ruido, como si el viento estuviera batiendo el follaje de los árboles alrededor de la casa como antes de la lluvia, pero lo que sentí a continuación fue muy extraño, como si una ola suave de energía inundara mi cuarto. Inmediatamente sentí un ruido sordo, que iba creciendo en intensidad y venía del oeste, parecía que un rebaño de vacas corría desbocado hacia la casa, las pezuñas haciendo estremecer el suelo… me puse de pie y al siguiente segundo, cuando quise salir del cuarto no pude, todo empezó a estremecerse y los libros empezaron a caer de la biblioteca al piso, ya en ese punto sabía que estaba en problemas.

La luz empezó a parpadear, escuché a los perros chillar de terror; cuando llegué a la puerta de mi cuarto es ruido ya era ensordecedor, los árboles crujían, el techo empezó a batirse sobre sus amarres, el suelo a mis pies vibraba, como si fuera el cuero de un tambor tensado, lo que me impedía caminar, vi un extraño resplandor en el jardín y, de pronto, quedamos a oscuras. Habían pasado menos de tres segundos y había un monstruo rugiendo en mi parcela.

Sentí como si enormes ondas levantaban el suelo y mi casa, en ese momento perdí noción de mi yo, ya no tenía personalidad ni identidad alguna, ni conciencia de lo que estaba bien o mal, era puro nervios, huesos y músculos, era carne viva y aterrorizada, lo único que quería era sobrevivir al caos que me envolvía. En mi último momento de lucidez, sólo pensé que aquello era lo que se debía sentir en el punto cero de una explosión nuclear; Saúl Godoy fue obliterado, sólo quedaba su cuerpo, tratando de sobrevivir en aquel mar de energía  telúrica desatada, en medio de un espantoso estruendo. Todo se sacudía, el desorden del mundo estaba a punto de romper la vida en pedacitos y me puse a gritar como un poseído, se sentía como si me estuviera desintegrando a nivel molecular.

Fue largo, me pareció que estaba atrapado en la cercanía de un hueco negro, en una singularidad tan fuerte que me estaba vaporizando, era terror puro, allí no había recuerdos, ni arrepentimientos, ni siquiera dolor… era mi cuerpo tratando de salvarse, luchando por no morir, pude salir del cuarto entre muebles que se rodaban y cosas que caían de las repisas, me era difícil conservar el equilibrio. Recuerdo que grité desesperado como si haciéndolo pudiera parar el pandemónium pero ni siquiera me escuchaba en medio del fragor, era como si el bosque a mi alrededor lo estuvieran arrancando de raíz, el suelo lo sentía que se hinchaba para acto seguido hundirse, sentí que las paredes de la casa me caían encima.

Cuando finalmente los temblores cedieron, estaba de rodillas en el piso frente a la cocina, los frascos, floreros y potes de vidrio seguían cayendo de la despensa y rompiéndose en el suelo, la nevera se había movido de su lugar, mi colección de termómetros estaba en el suelo, los libros de cocina empapelaban el piso, el agua del botellón se derramaba a borbotones, y la bombona de gas parecía que había querido salir corriendo, se lo impedía la manguera a la que estaba conectada, gavetas abiertas, ollas, sartenes y platos rotos componían la escena del crimen.

Fui afortunado, sobreviví sin mayores consecuencias. Cuando recuperé el resuello y el alma me volvió al cuerpo, entró mi perra Tina llorando; la cachorra, Brittany, no apareció, se internó en la selva; como ya era de noche, decidí salir a buscarla con la primera luz del día, estaba agotado y tenía una enorme jaqueca, afortunadamente tenía las linternas cargadas, con tan frecuentes apagones estábamos entrenados para tenerlas listas y a la mano. La negrura de la noche era impresionante, el silencio era total, lo primero que hice fue darle una vuelta a mi casa para percatarme del daño sufrido, no lo podía creer, ni una grieta, las paredes completas, todos los ventanales íntegros, no había frisos desprendidos, el tanque de agua estaba incólume, los muebles y adornos se habían rodado, pero seguían allí, como recuerdo del momento estaban los libros que cayeron de las bibliotecas y la ropa que salió de sus escaparates, y alguna que otra lámpara en el suelo.

Si aquello fue un terremoto debía esperar por alguna réplica, me dije, mientras me colocaba una lámpara de minero en la cabeza. Lo primero que hice fue desconectar el gas, detener las fugas de agua y barrer los vidrios del piso, pero mi mente repetía una y otra vez aquellos momentos límites que había vivido, si eso había ocurrido en una casa de campo, me imaginaba con horror lo que habían sentido miles de personas en la ciudad, atrapadas en sus apartamentos a 30 y 50 metros sobre la tierra… no pude menos que susurrar una plegaria por sus almas ya que, estaba seguro, Caracas sería un caos en ese preciso momento.

Quise hacer unas llamadas, pero no había servicio, tampoco pude conectarme a internet, a mi alrededor solo había oscuridad y un silencio ominoso, me fui a la terraza con una botella de ron y me tomé dos largos tragos, y volví a revivir aquellos angustiosos momentos… estaba admirado de como mi cuerpo, despojado de su espíritu, de su conciencia, sin el Saúl Godoy que usualmente lo habita, había respondido a una situación de extremo peligro y caí en cuenta lo maravilloso que es la naturaleza, todos los cuerpos están perfectamente diseñados para la vida, van a luchar hasta el último momento por ese aliento final y sólo empiezan a apagarse cuando las circunstancias que nos rodean no quieren que vivamos, cuando todo, físicamente, atenta en contra de ese delgado hilo de plata, como diría Lobsang Rampa, que nos une a la existencia, o en su defecto, cuando el yo, nuestra conciencia, pierde toda la esperanza.

También pensé en el universo donde vivimos, enorme, violento e inescrutable, dador de vida y muerte, creador y destructor de estrellas y galaxias, indiferente ante sus creaciones y catastrófico si decide mover una pequeña canica blanca y azul, situada en la Vía Láctea, cercana al Sol, donde existimos dentro de nuestros frágiles cuerpos, hechos para la vida, pero condenados a desparecer en algún momento.

Brittany regresó como a las cuatro de la mañana, en silencio se montó en la cama, suspiró y se enrolló a mis pies.  Tina ya iba por su cuarto sueño. Todo había pasado. Pero dentro de mí, aislado del mundo como en ese momento me encontraba, sabía, por las características de aquel evento sísmico, que era apenas el comienzo de una ordalía para muchos de mis compatriotas en otros lugares del país y por ellos recé un Padre Nuestro en aquella aterradora oscuridad, yo, que me las doy de ateo y de libre pensador... el cuerpo es cobarde pensé, y me dormí.



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