Spinoza propone a los filósofos un nuevo modelo: el cuerpo.
Les propone instituir al cuerpo como modelo: «No sabemos lo que puede el
cuerpo...». Esta declaración de ignorancia es una provocación: hablamos de la
conciencia y de sus decretos, de la voluntad y de sus efectos, de los mil
medios de mover el cuerpo, de dominar el cuerpo y las pasiones, pero no sabemos
ni siquiera lo que puede un cuerpo. A falta de saber, gastamos palabras. Como
dirá Nietzsche, nos extrañamos ante la conciencia, pero «más bien es el cuerpo
lo sorprendente...».
Guilles Deleuze: “Spinoza, filosofía práctica”.
Quiero relatarles lo que sentí al momento de los terremotos
en Caracas de este pasado 24 de junio, Día de San Juan, antes de que se me
olvide o mis recuerdos se vean modificados por mi conciencia que, como sabemos y
nos pasa a todos, no juega limpio cuando queremos recordar.
Me encontraba solo en la casa, estaba en mi cuarto, leyendo
una novela de crimen escandinava, que está entre las lecturas que me gustan
para entretenerme; afuera todavía era de día pero el ocaso se acercaba
rápidamente, los perros estaban afuera y no me percaté al momento, pero era la
hora en que los pájaros buscan refugio en los árboles, con un gran bullicio de
graznidos y trinos, a lo que estoy acostumbrado como rutina diaria de las
especies animales que tenemos costumbres diurnas, pero caí en cuenta del
silencio que había en mi parcela, para la hora (iban a dar las seis de la
tarde) lo acostumbrado es una gran alharaca de plumíferos buscando recogerse para
la noche fría… no le di mayor importancia.
Dos segundos antes de los eventos sísmicos dejé de leer,
puse el marcador de la página y cerré el libro, me incorporé, no me bajé de la
cama, me quedé esperando, pues presentía que algo iba a suceder, había algo en
el aire. Soy sensible a los cambios electromagnéticos de la tierra, esto me
pasa desde que era niño, sobre todo antes de las tormentas, una habilidad
perceptiva que desarrollé a consciencia, y casi de manera científica, durante
mis años de estudiante en Michigan, donde
disfrute de las más espectaculares tormentas eléctricas, de los tornados
que eran frecuentes en la población de Kalamazoo, ya que la zona se encuentra en pleno corredor de
tornados, justo entre Detroit y Chicago, y de las grandes tormentas de nieve
que soplan desde los grandes lagos.
Es una habilidad muy común, mucha gente puede percibir estas
variaciones con su cuerpo, y puede ser desarrollada con la práctica; hay
personas que lo sienten en viejas heridas o en algún dedo que empieza a cosquillear
justo antes de la tormenta (los científicos dicen que tiene que ver con la baja
presión barométrica), por ejemplo, podía predecir, segundos antes que cayera un
rayo cerca de donde estaba, lo sentía adentro en mis tripas, se me erizaban los
pelos, se me secaba la garganta y cuando se marcaba el centellazo, uniendo el
cielo con la tierra, me encantaba el olor a ozono que despedía el rayo antes de
que sonara con el aquel ominoso latigazo y el trueno profundo que me calaba los
huesos. Y como estábamos en pleno invierno y llueve a menudo y muy fuerte sobre
los valles del Tuy, lo que esperaba era un buen palo de agua, nunca un
terremoto.
La única experiencia que tuve con un terremoto fue el que
acaeció en Caracas en 1967. Recuerdo que estaba bañándome y cuando todo empezó
a temblar, salí de la ducha desnudo y salí corriendo a la calle todavía
enjabonado, donde ya estaba mi familia y los vecinos en pánico, comentando el
evento, era un adolescente; recuerdo que alguien me prestó un sobre todo, sentí
el asfalto de la calle bien caliente en la planta de mis pies aunque era
temprano en la noche.
En aquel momento vivía en Prados del Este, un suburbio de
clase media en Caracas. Ahora estaba en el tope de una montaña, justo a la
mitad entre Guarenas y Santa Lucía, rodeado de un bosque de grandes árboles,
caobas, pinos, nogales, yagrumos, acacias… mi vecino más cercano, y no tengo
muchos, estaba a más de trecientos metros; la farmacia, la policía y la
panadería más próximas están a 8 km de carreta rural, para todo efecto
práctico, me encontraba aislado, viviendo en un área natural protegida.
Aunque cuento con los servicios básicos, agua, luz y señal
telefónica y de internet, sufro de recurrentes cortes del fluido eléctrico, con
lo que quiero destacar que vivo rodeado de silencio, escucho música si la pongo…
aquí solo estoy yo, los animales y el bosque, un verdadero paraíso para un
escritor.
Y como les decía, cerré el libro y esperé, sabía que algo
iba a pasar, de pronto escuché un ruido, como si el viento estuviera batiendo
el follaje de los árboles alrededor de la casa como antes de la lluvia, pero lo
que sentí a continuación fue muy extraño, como si una ola suave de energía
inundara mi cuarto. Inmediatamente sentí un ruido sordo, que iba creciendo en
intensidad y venía del oeste, parecía que un rebaño de vacas corría desbocado hacia
la casa, las pezuñas haciendo estremecer el suelo… me puse de pie y al
siguiente segundo, cuando quise salir del cuarto no pude, todo empezó a
estremecerse y los libros empezaron a caer de la biblioteca al piso, ya en ese
punto sabía que estaba en problemas.
La luz empezó a parpadear, escuché a los perros chillar de
terror; cuando llegué a la puerta de mi cuarto es ruido ya era ensordecedor,
los árboles crujían, el techo empezó a batirse sobre sus amarres, el suelo a
mis pies vibraba, como si fuera el cuero de un tambor tensado, lo que me
impedía caminar, vi un extraño resplandor en el jardín y, de pronto, quedamos a
oscuras. Habían pasado menos de tres segundos y había un monstruo rugiendo en
mi parcela.
Sentí como si enormes ondas levantaban el suelo y mi casa,
en ese momento perdí noción de mi yo, ya no tenía personalidad ni identidad
alguna, ni conciencia de lo que estaba bien o mal, era puro nervios, huesos y
músculos, era carne viva y aterrorizada, lo único que quería era sobrevivir al
caos que me envolvía. En mi último momento de lucidez, sólo pensé que aquello
era lo que se debía sentir en el punto cero de una explosión nuclear; Saúl
Godoy fue obliterado, sólo quedaba su cuerpo, tratando de sobrevivir en aquel
mar de energía telúrica desatada, en
medio de un espantoso estruendo. Todo se sacudía, el desorden del mundo estaba
a punto de romper la vida en pedacitos y me puse a gritar como un poseído, se
sentía como si me estuviera desintegrando a nivel molecular.
Fue largo, me pareció que estaba atrapado en la cercanía de
un hueco negro, en una singularidad tan fuerte que me estaba vaporizando, era
terror puro, allí no había recuerdos, ni arrepentimientos, ni siquiera dolor…
era mi cuerpo tratando de salvarse, luchando por no morir, pude salir del
cuarto entre muebles que se rodaban y cosas que caían de las repisas, me era
difícil conservar el equilibrio. Recuerdo que grité desesperado como si
haciéndolo pudiera parar el pandemónium pero ni siquiera me escuchaba en medio
del fragor, era como si el bosque a mi alrededor lo estuvieran arrancando de
raíz, el suelo lo sentía que se hinchaba para acto seguido hundirse, sentí que
las paredes de la casa me caían encima.
Cuando finalmente los temblores cedieron, estaba de rodillas
en el piso frente a la cocina, los frascos, floreros y potes de vidrio seguían
cayendo de la despensa y rompiéndose en el suelo, la nevera se había movido de
su lugar, mi colección de termómetros estaba en el suelo, los libros de cocina
empapelaban el piso, el agua del botellón se derramaba a borbotones, y la
bombona de gas parecía que había querido salir corriendo, se lo impedía la
manguera a la que estaba conectada, gavetas abiertas, ollas, sartenes y platos
rotos componían la escena del crimen.
Fui afortunado, sobreviví sin mayores consecuencias. Cuando
recuperé el resuello y el alma me volvió al cuerpo, entró mi perra Tina
llorando; la cachorra, Brittany, no apareció, se internó en la selva; como ya
era de noche, decidí salir a buscarla con la primera luz del día, estaba
agotado y tenía una enorme jaqueca, afortunadamente tenía las linternas
cargadas, con tan frecuentes apagones estábamos entrenados para tenerlas listas
y a la mano. La negrura de la noche era impresionante, el silencio era total,
lo primero que hice fue darle una vuelta a mi casa para percatarme del daño
sufrido, no lo podía creer, ni una grieta, las paredes completas, todos los
ventanales íntegros, no había frisos desprendidos, el tanque de agua estaba
incólume, los muebles y adornos se habían rodado, pero seguían allí, como
recuerdo del momento estaban los libros que cayeron de las bibliotecas y la
ropa que salió de sus escaparates, y alguna que otra lámpara en el suelo.
Si aquello fue un terremoto debía esperar por alguna
réplica, me dije, mientras me colocaba una lámpara de minero en la cabeza. Lo
primero que hice fue desconectar el gas, detener las fugas de agua y barrer los
vidrios del piso, pero mi mente repetía una y otra vez aquellos momentos
límites que había vivido, si eso había ocurrido en una casa de campo, me
imaginaba con horror lo que habían sentido miles de personas en la ciudad,
atrapadas en sus apartamentos a 30 y 50 metros sobre la tierra… no pude menos
que susurrar una plegaria por sus almas ya que, estaba seguro, Caracas sería un
caos en ese preciso momento.
Quise hacer unas llamadas, pero no había servicio, tampoco
pude conectarme a internet, a mi alrededor solo había oscuridad y un silencio
ominoso, me fui a la terraza con una botella de ron y me tomé dos largos tragos,
y volví a revivir aquellos angustiosos momentos… estaba admirado de como mi
cuerpo, despojado de su espíritu, de su conciencia, sin el Saúl Godoy que
usualmente lo habita, había respondido a una situación de extremo peligro y caí
en cuenta lo maravilloso que es la naturaleza, todos los cuerpos están
perfectamente diseñados para la vida, van a luchar hasta el último momento por
ese aliento final y sólo empiezan a apagarse cuando las circunstancias que nos
rodean no quieren que vivamos, cuando todo, físicamente, atenta en contra de ese
delgado hilo de plata, como diría Lobsang Rampa, que nos une a la existencia, o
en su defecto, cuando el yo, nuestra conciencia, pierde toda la esperanza.
También pensé en el universo donde vivimos, enorme, violento
e inescrutable, dador de vida y muerte, creador y destructor de estrellas y
galaxias, indiferente ante sus creaciones y catastrófico si decide mover una
pequeña canica blanca y azul, situada en la Vía Láctea, cercana al Sol, donde existimos
dentro de nuestros frágiles cuerpos, hechos para la vida, pero condenados a
desparecer en algún momento.
Brittany regresó como a las cuatro de la mañana, en silencio
se montó en la cama, suspiró y se enrolló a mis pies. Tina ya iba por su cuarto sueño. Todo había
pasado. Pero dentro de mí, aislado del mundo como en ese momento me encontraba,
sabía, por las características de aquel evento sísmico, que era apenas el comienzo
de una ordalía para muchos de mis compatriotas en otros lugares del país y por
ellos recé un Padre Nuestro en aquella aterradora oscuridad, yo, que me las doy
de ateo y de libre pensador... el cuerpo es cobarde pensé, y me dormí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario