martes, 15 de septiembre de 2026

Salvando al soldado Bolívar (segunda parte), por Saúl Godoy Gómez


 

A la memoria de mi amigo Alfredo Marcano Adrianza, con quien compartí largas conversaciones sobre música durante la interminable ruta del autobús del colegio San Ignacio que nos repartía en nuestras casas en Prados del Este, y posteriormente, cuando me obsequió con sus obras de música ambiental y minimalista y hablábamos sobre comida vegana y sus visitas a Alemania.

Los párrafos esenciales del Acta del 19 de abril de 1810 señalan claramente el objeto de la reunión, lo que verdaderamente ocurrió, quienes se reunieron y la decisión tomada. En  la reunión “en esta Sala Capitular” de los “señores que abajo firmarán y son de los que componen este Muy Ilustre Ayuntamiento con el motivo de la función Eclesiástica del día de hoy Jueves Santo…” queda expuesto su objeto, que empieza “… principalmente con el atender a la salud pública de un Pueblo que se haya en la orfandad, no solo por el cautiverio del Señor Don Fernando Séptimo, sino también por haberse disuelto la junta que suplía su ausencia en todo lo tocante a la seguridad y defensa de sus dominios invadidos por el Emperador de los Franceses, y demás urgencias de primera necesidad, a consecuencia de la ocupación casi total y los Reinos y Provincias de España, de donde ha resultado la dispersión de todos o casi todos los que componían la expresada Junta y, por consiguiente, el cese de sus funciones”. Se había producido un vacío de Poder y había que llenar ese vacío (Guillermo Morón, prólogo al libro La Revolución de Caracas de 1810).

Y podríamos decir que ese fue el principio de la historia de Venezuela como país independiente, pensemos por un momento en la angustia de no saber con certeza lo que sucedía en Europa, cuando las noticias tardaban semanas en llegar, incluso meses; de Trinidad, de las islas francesas y holandesas, de Brasil, algunos funcionarios y comerciantes recibían periódicos con los hechos en desarrollo, pero siempre con un retraso importante.

Ya para 1808, delegaciones de Francia eran recibidas en los principales puertos para establecer los primeros contactos de los nuevos amos del poder con las provincias ultramarinas; los ingleses, por su lado, saboteaban esos esfuerzos esparciendo noticias de una fuerte resistencia de los españoles peninsulares contra la ocupación napoleónica, pero de lo que no había dudas era que desde hacía bastante tiempo se notaba el resquebrajamiento del antiguo orden.

Uno de los problemas más sensibles en la provincia de Venezuela era una ley proteccionista que imponía la obligatoriedad de realizar todas las actividades comerciales con España, la compañía Guipuzcoana era la encargada de ejercer ese monopolio, afectando el intenso intercambio comercial que, por la vía de una eficiente red de contrabando, ejercían las familias blancas criollas más importantes con los supuestos enemigos de España esparcidos por las islas del Caribe; entre ellas, la familia de Bolívar era una de las más activas.

El otro aspecto que hacía la vida difícil para todos en la colonia era la cantidad de impuestos: el quinto del rey, el tributo de indios, el almojarifazgo, el de alcabala, el de avería, el diezmo, la media nata… cualquier excusa era buena para que funcionarios alcabaleros conminaran al cobro compulsivo de estos tributos; con la llegada de nuevos oficiales de la real administración desde España, que ocurría a menudo, se publicaban edictos con las nuevas cargas.

Los estudiosos españoles que consideraban a Bolívar un español, heredero de uno de los apellidos más ilustres de la región vasca, enfilan sus críticas tachándolo de traidor, lo encuentran dándole la espalda a su simiente, un irresponsable que destruyó uno de los sistemas políticos que, según ellos, era de los más justos, nobles y equilibrados del orbe; porque para esos hispanistas, el reinado de Carlos III no tenía parangón en el trato a los súbditos americanos, indios, negros y mestizos eran tratados con respeto y equidad; los habían evangelizado, educado, les habían dado una lengua única y una cultura, eran parte de un reino cristiano con una forma de gobierno tolerante e incluyente… pocos en España entendían la necesidad de algunos rebeldes en aliarse con sus enemigos ingleses, como Simón Bolívar, quien, según ellos, fungió como agente de la “Malvada Albión” para romper los vínculos con la Madre Patria.

Pero la verdad era muy distinta, hacía ya mucho tiempo que la letra de las leyes y los edictos que quisieron ser civilizados y darle el carácter de “personas” a los habitantes de las nuevas tierras, eran letra muerta; en su lugar, la administración de las colonias se había tornado hostil y peligrosa para sus habitantes, los utilizaban como fuerza de trabajo y productora de rentas bajo una administración cada vez más deshumanizada, impusieron un sistema de castas y estancos sociales estrictos con el solo fin de controlar las poblaciones.

El intelectual venezolano Don Arturo Uslar Pietri se expresaba de Simón Bolívar en los siguientes términos:

No era tan sólo capitán, hombre de guerra, a pesar de sus acciones y hazañas lo parangonan con los mayores… Era también un fundador, un adelantado, hombre de poner nombres a las nuevas cosas, de tomar posesión, de hacer la ley y de crear. Era por añadidura, un pensador. Vio más hondo y más claro que nadie, entre las convulsiones de los pueblos y los humos del pensamiento europeo, la verdadera condición de su América y el signo de su fatalidad… Hay quienes han dicho que se parece mucho a los capitanes de la conquista, y es cierto. Pero no es por azar de semejanza, sino porque tanto él como los otros eran esencialmente hispánicos… Era cristiano viejo, criollo viejo, español del Pirineo, venido a Indias en el siglo XVI en la carne de su abuelo homónimo, con trescientos años para mezclarse con la tierra, para amarse con ella y recibir la sangre ardiente y bulliciosa del negro, y la fría y taciturna del indio.

Quizás por ello se producen tan malos entendidos en cuanto a su visión del mundo; Bolívar estaba creando un nuevo hombre y una nueva sociedad con una fina arcilla de culturas autóctonas, de razas aborígenes, muchas y distintas, algunas cruzaron el océano y vinieron de África, otras crecieron trasplantadas de Europa y todas fueron puestas a prueba en una de las guerras por la independencia más cruentas de la historia; Venezuela terminó perdiendo tres cuartas partes de su población en los campos de batalla de la América del Sur.

Tanto fue el furor de aquellos acontecimientos y tal su violencia, que el historiador y sociólogo venezolano Laureano Vallenilla Lanz se atrevió a catalogarlo más como una guerra civil, entre otras cosas, porque la presencia militar española fue mínima en América, debido a que las operaciones europeas ocupaban el grueso de las fuerzas armadas, y el costo y esfuerzo de enviarlas a través del océano eran prohibitivos.

Y es en este aspecto, el de las guerras, cuando la destrucción de vidas a gran escala, no importa la motivación, sea esta libertaria y justa de acuerdo a los argumentos que la justifiquen, no importa tampoco si las armas son espadas y lanzas o fusiles y cañones, misiles o drones… el resultado siempre será una mortandad que escapa a los cálculos de los oficiales que las ordenan y dirigen, como bien observaba el filósofo de la guerra Günter Anders hay un margen, que el llamó “de Prometeo”, en la que la mente humana ya no diferencia una muerte de muchas, y los militares, desde el inicio de la existencia de la política por medio de las armas, aunque traten de minimizar las bajas para ambos bandos antes de obtener el triunfo, al final de cuentas les es muy difícil comprender el daño que causan, entre otras cosas por la segmentación que produce la cadena de mando sobre el contenido de las acciones, reduciéndolas a tareas mínimas que evitan comprender el panorama completo de la acción, la razón se paraliza, no hay relación directa sobre las consecuencias morales de sus actos al momento de la batalla.

Esto le sucedía a Tucídides, a Alejandro Magno, a Aníbal y a Cesar, a MacArthur y a Eisenhower, le sucedió a Napoleón y a Bolívar, y tuvieron que rumiar solos la culpa y la pena si en algún momento caían en cuenta de los resultados de sus acciones, porque llega un momento en que una muerte o pocas se convierten en tragedia, pero cuando son muchas se transforman en estadística (Stalin dixit), pero esa es la naturaleza de la guerra, a fin de cuentas, se trata de destruir o ser destruido.

No se pretende justificar crímenes o edulcorar la violencia, pero la guerra es una excepción a la normalidad de la paz y la concordia, es común el error de  esperar de un comandante el comportamiento de un fraile , de aplicarle al campo de batalla normas éticas que son imposibles y cuyos resultados tienen otros baremos, son otras las circunstancia y otros los hombres, además, hay un elemento que hace toda la diferencia al momento de pensar en las consecuencias de una acción, y es, si te encuentras en el lado victorioso o perdedor de la contienda, un elemento clave al momento de escribir la historia.

El estudioso en el tema americano, el investigador Gabriel Paquette, en su ensayo “Visiones de la ruptura del Imperio Español”, nos refiere:

A pesar de las diferencias terminológicas, la mayoría de las explicaciones se han centrado en cuatro temas que se entrecruzan… El primero se ocupa del papel jugado por la revisión del gobierno colonial a finales del siglo XVIII, las llamadas reformas borbónicas, en la corrosión de la legitimidad del gobierno español y la subsiguiente decisión de los americanos de luchar por la independencia. La segunda alude al ascenso de una nueva conciencia nacional entre los americanos que les permitió concebir la ruptura con la madre patria. La tercera explicación se centra en el papel de la Ilustración en la medida en que ésta menoscabó las justificaciones para el gobierno monárquico y colonial, hasta empujar a los americanos a formar repúblicas independientes. La cuarta mantiene que las elites americanas estaban muy preocupadas porque España, en mitad de la guerra de independencia contra Napoleón, no podría protegerlas por más tiempo del espectro ominoso de la revolución social, es decir, de los esclavos africanos, los libres de color y los indígenas, por lo que decidieron tomar la iniciativa para no convertirse en víctimas de una revolución desde abajo.

Bolívar, en su juventud, durante el reinado de Carlos III, por más patiquín, frívolo y rico que fuera, según sus detractores, no podía contarse como un agente del cambio revolucionario, su preparación y contactos no eran los de un gran conspirador, su admiración por el poder y el boato de la corte napoleónica no era suficiente para determinar su gusto por el autoritarismo; para ese momento, era una ficha más de las circunstancias, un oficial medio al servicio sí, de verdaderos revolucionarios profesionales, como lo era Francisco de Miranda… todo esto cambiaría durante el reinado de Fernando VII.

Los críticos españoles apuntan a Bolívar como traidor a la integridad del Imperio español, sin tomar en cuenta el avanzado estado de decadencia de la dinastía borbónica y a la debilidad, ya crónica, de las élites económicas y gobernantes de España, pero también pesaba, y mucho, el diluido y etéreo concepto de una España unificada; todos aquellos vastos territorios de ultramar que habían sido descubiertos y muchos con asentamientos, no tenían el carácter ni la fuerza aglutinadora para considerarse como parte del “Reino de las Españas”, de hecho, vivían en constante mutación en su carácter administrativo, surgiendo nuevas capitanías, virreinatos, audiencias y provincias, todo de acuerdo a las urgencias políticas del momento y lugar.

Pero como lo mencionaba el profesor Paquette, el temor más consistente y inminente en las provincias de Indias era un estallido social de alguna de las clases que convivían en estrictos estamentos que hacían imposible su integración, algunos tan duros e injustos como la esclavitud, la servidumbre, los territorios tribales, las encomiendas… que interactuaban con libertos, con los criollos de orilla, con los sacerdotes, funcionarios españoles, nobles y gran cantidad de tropas que se movían de acuerdo a las necesidades del precario orden colonial.

Los peninsulares monarquistas, que necesitaban de un chivo expiatorio para culparlo por el derrumbamiento del orden español, tenían y tienen en la figura de Simón Bolívar una fuente de inspiración inagotable de injurias y maldiciones; y es que el hispano-venezolano, además de llenar los requisitos como el conspirador perfecto, se distinguió durante la guerra de independencia por su particular crueldad y alevosía contra los nacionales españoles, en especial por su archi famoso Decreto de Guerra a Muerte en el que nos enfocaremos en un próximo artículo.

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