A la memoria de mi amigo Alfredo Marcano Adrianza, con quien compartí largas conversaciones sobre música durante la interminable ruta del autobús del colegio San Ignacio que nos repartía en nuestras casas en Prados del Este, y posteriormente, cuando me obsequió con sus obras de música ambiental y minimalista y hablábamos sobre comida vegana y sus visitas a Alemania.
Los párrafos
esenciales del Acta del 19 de abril de 1810 señalan claramente el objeto de la
reunión, lo que verdaderamente ocurrió, quienes se reunieron y la decisión
tomada. En la reunión “en esta Sala
Capitular” de los “señores que abajo firmarán y son de los que componen este
Muy Ilustre Ayuntamiento con el motivo de la función Eclesiástica del día de
hoy Jueves Santo…” queda expuesto su objeto, que empieza “… principalmente con
el atender a la salud pública de un Pueblo que se haya en la orfandad, no solo
por el cautiverio del Señor Don Fernando Séptimo, sino también por haberse
disuelto la junta que suplía su ausencia en todo lo tocante a la seguridad y
defensa de sus dominios invadidos por el Emperador de los Franceses, y demás
urgencias de primera necesidad, a consecuencia de la ocupación casi total y los
Reinos y Provincias de España, de donde ha resultado la dispersión de todos o
casi todos los que componían la expresada Junta y, por consiguiente, el cese de
sus funciones”. Se había producido un vacío de Poder y había que llenar ese
vacío (Guillermo Morón, prólogo al libro La Revolución de Caracas de 1810).
Y podríamos decir que
ese fue el principio de la historia de Venezuela como país independiente,
pensemos por un momento en la angustia de no saber con certeza lo que sucedía
en Europa, cuando las noticias tardaban semanas en llegar, incluso meses; de
Trinidad, de las islas francesas y holandesas, de Brasil, algunos funcionarios
y comerciantes recibían periódicos con los hechos en desarrollo, pero siempre
con un retraso importante.
Ya para 1808, delegaciones
de Francia eran recibidas en los principales puertos para establecer los
primeros contactos de los nuevos amos del poder con las provincias
ultramarinas; los ingleses, por su lado, saboteaban esos esfuerzos esparciendo
noticias de una fuerte resistencia de los españoles peninsulares contra la
ocupación napoleónica, pero de lo que no había dudas era que desde hacía
bastante tiempo se notaba el resquebrajamiento del antiguo orden.
Uno de los problemas
más sensibles en la provincia de Venezuela era una ley proteccionista que
imponía la obligatoriedad de realizar todas las actividades comerciales con
España, la compañía Guipuzcoana era la encargada de ejercer ese monopolio,
afectando el intenso intercambio comercial que, por la vía de una eficiente red
de contrabando, ejercían las familias blancas criollas más importantes con los
supuestos enemigos de España esparcidos por las islas del Caribe; entre ellas,
la familia de Bolívar era una de las más activas.
El otro aspecto que
hacía la vida difícil para todos en la colonia era la cantidad de impuestos: el
quinto del rey, el tributo de indios, el almojarifazgo, el de alcabala, el de
avería, el diezmo, la media nata… cualquier excusa era buena para que
funcionarios alcabaleros conminaran al cobro compulsivo de estos tributos; con
la llegada de nuevos oficiales de la real administración desde España, que
ocurría a menudo, se publicaban edictos con las nuevas cargas.
Los estudiosos
españoles que consideraban a Bolívar un español, heredero de uno de los
apellidos más ilustres de la región vasca, enfilan sus críticas tachándolo de
traidor, lo encuentran dándole la espalda a su simiente, un irresponsable que destruyó
uno de los sistemas políticos que, según ellos, era de los más justos, nobles y
equilibrados del orbe; porque para esos hispanistas, el reinado de Carlos III
no tenía parangón en el trato a los súbditos americanos, indios, negros y mestizos
eran tratados con respeto y equidad; los habían evangelizado, educado, les
habían dado una lengua única y una cultura, eran parte de un reino cristiano con
una forma de gobierno tolerante e incluyente… pocos en España entendían la necesidad
de algunos rebeldes en aliarse con sus enemigos ingleses, como Simón Bolívar,
quien, según ellos, fungió como agente de la “Malvada Albión” para romper los
vínculos con la Madre Patria.
Pero la verdad era muy
distinta, hacía ya mucho tiempo que la letra de las leyes y los edictos que
quisieron ser civilizados y darle el carácter de “personas” a los habitantes de
las nuevas tierras, eran letra muerta; en su lugar, la administración de las
colonias se había tornado hostil y peligrosa para sus habitantes, los
utilizaban como fuerza de trabajo y productora de rentas bajo una
administración cada vez más deshumanizada, impusieron un sistema de castas y
estancos sociales estrictos con el solo fin de controlar las poblaciones.
El intelectual
venezolano Don Arturo Uslar Pietri se expresaba de Simón Bolívar en los
siguientes términos:
No era tan sólo
capitán, hombre de guerra, a pesar de sus acciones y hazañas lo parangonan con
los mayores… Era también un fundador, un adelantado, hombre de poner nombres a
las nuevas cosas, de tomar posesión, de hacer la ley y de crear. Era por
añadidura, un pensador. Vio más hondo y más claro que nadie, entre las
convulsiones de los pueblos y los humos del pensamiento europeo, la verdadera
condición de su América y el signo de su fatalidad… Hay quienes han dicho que
se parece mucho a los capitanes de la conquista, y es cierto. Pero no es por
azar de semejanza, sino porque tanto él como los otros eran esencialmente
hispánicos… Era cristiano viejo, criollo viejo, español del Pirineo, venido a
Indias en el siglo XVI en la carne de su abuelo homónimo, con trescientos años
para mezclarse con la tierra, para amarse con ella y recibir la sangre ardiente
y bulliciosa del negro, y la fría y taciturna del indio.
Quizás por ello se producen tan malos entendidos en cuanto a su visión
del mundo; Bolívar estaba creando un nuevo hombre y una nueva sociedad con una
fina arcilla de culturas autóctonas, de razas aborígenes, muchas y distintas,
algunas cruzaron el océano y vinieron de África, otras crecieron trasplantadas
de Europa y todas fueron puestas a prueba en una de las guerras por la
independencia más cruentas de la historia; Venezuela terminó perdiendo tres
cuartas partes de su población en los campos de batalla de la América del Sur.
Tanto fue el furor de aquellos acontecimientos y tal su violencia, que
el historiador y sociólogo venezolano Laureano Vallenilla Lanz se atrevió a
catalogarlo más como una guerra civil, entre otras cosas, porque la presencia
militar española fue mínima en América, debido a que las operaciones europeas
ocupaban el grueso de las fuerzas armadas, y el costo y esfuerzo de enviarlas a
través del océano eran prohibitivos.
Y es en este aspecto, el de las guerras, cuando la destrucción de vidas
a gran escala, no importa la motivación, sea esta libertaria y justa de acuerdo
a los argumentos que la justifiquen, no importa tampoco si las armas son
espadas y lanzas o fusiles y cañones, misiles o drones… el resultado siempre
será una mortandad que escapa a los cálculos de los oficiales que las ordenan y
dirigen, como bien observaba el filósofo de la guerra Günter Anders hay un
margen, que el llamó “de Prometeo”, en la que la mente humana ya no diferencia
una muerte de muchas, y los militares, desde el inicio de la existencia de la
política por medio de las armas, aunque traten de minimizar las bajas para
ambos bandos antes de obtener el triunfo, al final de cuentas les es muy
difícil comprender el daño que causan, entre otras cosas por la segmentación
que produce la cadena de mando sobre el contenido de las acciones,
reduciéndolas a tareas mínimas que evitan comprender el panorama completo de la
acción, la razón se paraliza, no hay relación directa sobre las consecuencias
morales de sus actos al momento de la batalla.
Esto le sucedía a Tucídides, a Alejandro Magno, a Aníbal y a Cesar, a
MacArthur y a Eisenhower, le sucedió a Napoleón y a Bolívar, y tuvieron que
rumiar solos la culpa y la pena si en algún momento caían en cuenta de los
resultados de sus acciones, porque llega un momento en que una muerte o pocas
se convierten en tragedia, pero cuando son muchas se transforman en estadística
(Stalin dixit), pero esa es la naturaleza de la guerra, a fin de cuentas, se
trata de destruir o ser destruido.
No se pretende justificar crímenes o edulcorar la violencia, pero la
guerra es una excepción a la normalidad de la paz y la concordia, es común el
error de esperar de un comandante el
comportamiento de un fraile , de aplicarle al campo de batalla normas éticas
que son imposibles y cuyos resultados tienen otros baremos, son otras las
circunstancia y otros los hombres, además, hay un elemento que hace toda la
diferencia al momento de pensar en las consecuencias de una acción, y es, si te
encuentras en el lado victorioso o perdedor de la contienda, un elemento clave
al momento de escribir la historia.
El estudioso en el
tema americano, el investigador Gabriel Paquette, en su ensayo “Visiones de la
ruptura del Imperio Español”, nos refiere:
A pesar de las
diferencias terminológicas, la mayoría de las explicaciones se han centrado en
cuatro temas que se entrecruzan… El primero se ocupa del papel jugado por la
revisión del gobierno colonial a finales del siglo XVIII, las llamadas reformas
borbónicas, en la corrosión de la legitimidad del gobierno español y la
subsiguiente decisión de los americanos de luchar por la independencia. La
segunda alude al ascenso de una nueva conciencia nacional entre los americanos
que les permitió concebir la ruptura con la madre patria. La tercera
explicación se centra en el papel de la Ilustración en la medida en que ésta
menoscabó las justificaciones para el gobierno monárquico y colonial, hasta
empujar a los americanos a formar repúblicas independientes. La cuarta mantiene
que las elites americanas estaban muy preocupadas porque España, en mitad de la
guerra de independencia contra Napoleón, no podría protegerlas por más tiempo
del espectro ominoso de la revolución social, es decir, de los esclavos africanos,
los libres de color y los indígenas, por lo que decidieron tomar la iniciativa
para no convertirse en víctimas de una revolución desde abajo.
Bolívar, en su juventud, durante el reinado de Carlos III, por más
patiquín, frívolo y rico que fuera, según sus detractores, no podía contarse
como un agente del cambio revolucionario, su preparación y contactos no eran los
de un gran conspirador, su admiración por el poder y el boato de la corte
napoleónica no era suficiente para determinar su gusto por el autoritarismo;
para ese momento, era una ficha más de las circunstancias, un oficial medio al
servicio sí, de verdaderos revolucionarios profesionales, como lo era Francisco
de Miranda… todo esto cambiaría durante el reinado de Fernando VII.
Los críticos españoles apuntan a Bolívar como traidor a la integridad
del Imperio español, sin tomar en cuenta el avanzado estado de decadencia de la
dinastía borbónica y a la debilidad, ya crónica, de las élites económicas y
gobernantes de España, pero también pesaba, y mucho, el diluido y etéreo
concepto de una España unificada; todos aquellos vastos territorios de ultramar
que habían sido descubiertos y muchos con asentamientos, no tenían el carácter
ni la fuerza aglutinadora para considerarse como parte del “Reino de las
Españas”, de hecho, vivían en constante mutación en su carácter administrativo,
surgiendo nuevas capitanías, virreinatos, audiencias y provincias, todo de
acuerdo a las urgencias políticas del momento y lugar.
Pero como lo mencionaba el profesor Paquette, el temor más consistente y
inminente en las provincias de Indias era un estallido social de alguna de las
clases que convivían en estrictos estamentos que hacían imposible su
integración, algunos tan duros e injustos como la esclavitud, la servidumbre,
los territorios tribales, las encomiendas… que interactuaban con libertos, con
los criollos de orilla, con los sacerdotes, funcionarios españoles, nobles y
gran cantidad de tropas que se movían de acuerdo a las necesidades del precario
orden colonial.
Los peninsulares monarquistas, que necesitaban de un chivo expiatorio
para culparlo por el derrumbamiento del orden español, tenían y tienen en la
figura de Simón Bolívar una fuente de inspiración inagotable de injurias y
maldiciones; y es que el hispano-venezolano, además de llenar los requisitos
como el conspirador perfecto, se distinguió durante la guerra de independencia por
su particular crueldad y alevosía contra los nacionales españoles, en especial
por su archi famoso Decreto de Guerra a Muerte en el que nos enfocaremos en un
próximo artículo.
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