viernes, 18 de septiembre de 2026

Salvando al Bolívar ciudadano (tercera parte), por Saúl Godoy Gómez

 



Las críticas más acérrimas contra el Libertador Simón Bolívar se concentran en su incompetencia como soldado (a pesar de dar más de cien batallas, 16 de ellas dirigidas personalmente), en su crueldad como guerrero (se le atribuyen masacres como la de la Navidad Negra en Pasto y degollinas y fusilamientos producto de su decreto de Guerra a Muerte), y en su inconstancia como republicano y demócrata (se le señala como proto-emperador de la Gran Colombia); de resto, los ataques se reducen a impresiones muy personalistas sobre su carácter, sus gustos sexuales y, últimamente, en aproximaciones psicoanalíticas sobre su extensa correspondencia; buena parte de estos comentarios no pasan de ser impresiones superficiales y episódicas, que reflejan más el carácter y la intención del crítico, que una lectura objetiva y no prejuiciada sobre el personaje.

Su vida, heroica y trágica lo eleva sobre el común de los mortales, sus carencias de familia desde muy tierna edad, su constante tránsito entre tutores, allegados y albaceas hacen pensar a muchos, sobre las enormes privaciones afectivas que debió sufrir en su etapa de formación, y que afectaron más tarde su proceder ante las innumerables crisis que tuvo que enfrentar, afectaciones estas que, para algunos críticos, trastocaron su juicio y equilibrio mental, al punto de hacerlo una persona inestable.

Las opiniones negativas y ataques arteros contra su persona incluyen al padre del comunismo Karl Marx y después de él, a una serie de panfletistas y críticos que no perdonan algunas de sus acciones notables en la construcción de países luego de declarar su independencia, como sería el caso de Perú y Colombia, donde el antibolivarianismo se ha convertido en deporte nacional, pero es de España que proviene el plomo grueso, por haber traicionado la unidad del reino.

A Bolívar, primero que todo, hay que reconocerlo en el contexto histórico-cultural que le tocó vivir, la España borbónica en plena decadencia, el surgimiento de Napoleón en Francia como movimiento telúrico de las masas populares, el inicio de los movimientos independentistas de América del norte, el final de la hegemonía británica, el despertar de un nuevo hombre en Hispanoamérica, todo esto en plena ilustración y entre los primeros pasos del indetenible movimiento industrial, y Bolívar estuvo y presenció los actos de un mundo en transformación.

Su mente estaba llena de las ideas revolucionarias de Rousseau, Montesquieu, Locke, Smith, su visión del mundo estaba sujeta a las estrictas reglas de las clases sociales, de las tesis racistas que dominaban la cultura europea del momento… y, en la Provincia de Venezuela de su tiempo, fue testigo de la ruda realidad de una tierra salvaje e inhóspita, de la crueldad en el trato humano y las implacables condiciones ambientales de un trópico que no perdonaba debilidades.

Visto desde nuestro siglo, Bolívar luce como un personaje de muchas sombras y luces; su vida fue un hatillo de contradicciones, héroe para muchos, traidor para algunos, las bibliotecas y hemerotecas del mundo están llenas de estudios y opiniones que difieren enormemente entre ellas, hubo personas que simplemente lo odiaban y sólo destacan aquellos acontecimientos que apoyan sus criterios, otros lo idolatran y lo elevan a categoría de un semidios en el olimpo de los héroes universales.

Ser un militar y comandante de ejércitos en el siglo XIX era muy distinto a como son vistos y entendidos los jefes militares de hoy en día, compelidos por una serie de tratados, códigos, leyes, doctrinas, que no existían en su tiempo; el comportamiento de un oficial en el mundo contemporáneo está sujeto precisamente a todo ese cúmulo de experiencias, buenas y malas, de errores y prácticas que han forjado lo que hoy son las fuerzas armadas, donde todavía hoy se cometen crímenes de guerra y abusos de los derechos humanos.

Igual sucede cuando se fija la atención en su condición de político, el mundo y su significado, la realidad geoestratégica; el significado de las instituciones varía drásticamente de siglo en siglo para las distintas culturas, la historia es un recuento de esas enormes diferencias, de modo que nos resulta muy difícil juzgar acontecimientos fuera de nuestro tiempo, y sucede con la historia algo muy parecido a la física cuántica, el sólo observar un hecho ya lo transforma, es inevitable.

El General Páez escribió en su autobiografía lo siguiente: “Los ejércitos de Morillo no podían de ningún modo enfrentarse, en un territorio y un clima como los nuestros, a aquellas montoneras heroicas, a aquellos formidables llaneros que atravesaban a nado ríos caudalosos cuando los europeos había menester puentes. Estos pedían los alimentos a los que estaban habituados y las asistencias todas de los ejércitos regulares, cuando los venezolanos comían carne sin sal, andaban desnudos y se curaban las heridas con cocuiza”.

Mientras que Don Pascual Enrile, enviado a España en 1817 para solicitar de parte del comandante Pablo Morillo más recursos para las tropas de su Majestad en América, escribía: “Varias veces he informado a V.E. de las inclemencias de este clima y de estos llanos para las tropas europeas, cuyo rigor se hace sentir tan duramente en la salud del soldado… Los continuos pasos de ríos y de cañas, atravesando días enteros pantanos y lodazales, con el agua a la cintura, unido al escaso y miserable alimento de soldado en los arenales ardientes del llano, ha ocasionado muchos enfermos de gravedad, y son muchos también los heridos por las “rayas” y mordeduras de pescados llamados “caribes” y “tembladores”, y muchos los devorados por los caimanes. En medio de tantos trabajos y sufrimiento, de la desnudez y miseria de algunos cuerpos y de la pobreza general de todos, puedo asegurar a V.E. que jamás se ha visto un ejército con mayores privaciones, ni con mayor ardor por sostener los sagrados derechos de su amado soberano”.

Hay una verdad insoslayable, España enviaba a Venezuela a sus oficiales más despiadados y feroces, sabían a lo que se enfrentaban y no se inhibían en nombrar frente a sus tropas a verdaderos carniceros; ya hay uno de ellos actuando en el país, aunque no es militar, el asturiano José Tomás Boves era quizás la peor pesadilla de Bolívar, tiene que huir de sus matanzas en una desesperada fuga hacia oriente, pero hay otros nombres, cada uno más temible que el otro, Suazola, Yáñez, Ceballos, Rosete, Cagigal, Morales…

Para entender la situación en la capitanía general de Venezuela debemos revisar la realidad militar, antes de que Bolívar iniciara su marcha libertadora, el territorio se manejaba con 1.500 tropas españolas, el grueso de la fuerza armada lo constituían los naturales de la zona, los mismos venezolanos que, por medio de la recluta, el servicio militar obligatorio y algunos beneficios para los conscriptos, eran suficiente para mantener una presencia disuasiva contra el enemigo.

La iglesia, a través de sus frailes y curas, se encargaba de indoctrinar al pueblo en la obediencia al Rey y las instituciones y preparaba a la gente para cumplir con el llamado a las armas y proteger la integridad de la colonia; uno de los ejemplos más tenaces y efectivos fue el manejo que se hizo en la región de Pastos y Pitia de la Nueva Granada, donde las comunidades indígenas y de esclavos fueron manipuladas para constituir un enclave a favor del monarca español, territorio que luego se convirtió en un verdadero obstáculo, un tapón, que no permitía la movilidad del ejército patriota hacia el sur, para neutralizar al general Pablo Morillo, que estaba concentrando fuerzas en Perú y Ecuador para lanzar un ataque y reconquistar Nueva Granada y Venezuela.

En este sentido, el historiador venezolano Alfonzo Rumazo Gonzáles, en su biografía Simón Bolívar, escribió: “Pablo Morillo es el nombre del general enviado por el Rey para dominar a los patriotas. Morillo que luchó en contra de Napoleón; Morillo que mereció distinciones de guerreros como Wellington; Morillo, indomable y fuerte, experimentadísimo y astuto; Morillo que llega a las tierras americanas con 10.500 soldados aguerridos en 42 barcos… a quien han dado el nombramiento de “capitán general de las provincias de Venezuela y general en jefe del ejército expedicionario”… Conoce la “guerra a muerte”, o sea el peligro de extinción de sus 10.500 hombres, cuyas madres, esposas, hermanas y novias han quedado en la patria lejana ahogadas en dolor y angustia. ¿Cuántos volverán? ¡Muy contados! Son hombres valientes, que sirven a su Monarca con desprendimiento y fidelidad tan ejemplares, fieles y desprendidos son los patriotas. Esta obsesión de la “guerra a muerte” les vuelve agresivos sanguinarios. Aparentemente no estuvieron destinados a Venezuela ni a la Nueva Granada. Se les dijo que iban hacia Rio de la Plata, y se les engañó de este modo precisamente porque en la propia España sabíase que los patriotas de estas regiones tropicales luchaban con ferocidad, sin perdón, en la mayoría de los casos.”

Morillo se creía invencible con sus 10.500 hombres en 1816, pensaba que con ellos retomaría los territorios perdidos en la Hispanoamérica, pero ya para 1819 estaba pidiendo a España un nuevo contingente de 30.000 efectivos con los que ni siquiera podía asegurar el éxito en Venezuela.

El profesor de historia Antonio Sáez Arance, escribió su interesante libro, Simón Bolívar, el Libertador y su mito ( Alemania, 2011) en el cual nos revela:

“La espiral de violencia y contra violencia degeneró en una verdadera guerra de exterminio, que incluía la ejecución sistemática de los prisioneros, el acoso a la población civil y la destrucción de sus bienes. La cesura definitiva a este respecto sería la declaración oficial de la llamada «Guerra a Muerte», mediante un decreto promulgado por Bolívar en Trujillo, el 15 de junio de 1813… Lo que estaba ocurriendo en Venezuela desde 1810 era una guerra civil en toda regla, en la que los «americanos» luchaban tanto en un bando como en el contrario. Se optaba, consiguientemente, por forzar la construcción discursiva de una alteridad aparentemente imprescindible para la definición de la propia nación. La falta de una línea clara de división identitaria, constatada como déficit por parte del Libertador, había propiciado el fracaso de la Primera República. Se trataba ahora de plantear el conflicto en otros términos: ellos contra nosotros, españoles contra americanos. La dimensión performativa del discurso resultaba obvia. El ejercicio de prácticas extremadamente violentas ayudaba a ratificar en la realidad la existencia de líneas divisorias puramente imaginarias. Se pretendía aterrorizar al enemigo, ahora más «español» que nunca, y motivar a los criollos indecisos a posicionarse con claridad a favor de la causa patriota. A su vez, la «guerra a muerte» facilitaba la eliminación o al menos la canalización institucional de otras formas de violencia social, integradas desde este momento en el marco de un conflicto estrictamente militar con motivaciones y objetivos claramente definidos. Las numerosas deserciones producidas en el ejército realista dieron la razón a Bolívar. Su ataque continuado a lo largo de la ruta de Caracas, sin dar respiro a las tropas de Monteverde, sembró el pánico entre los españoles, que cedieron rápidamente terreno”.

El otro aspecto que pesaba de sobremanera a favor de los españoles era el asunto de las clases sociales, que se habían convertido en una efectiva forma de control poblacional y del cual dependía el poder del rey de España para el manejo de los territorios; Bolívar no pudo escaparse de los estrictos usos de esas estructuras clasistas de las que él era parte, aunque se daba cuenta de varios aspectos notables de su realidad, entre ellas, que la guerra de independencia reposaba mayoritariamente sobre pardos, negros e indios, los blancos eran minoría y si ganaba la guerra, serían todavía menos cuando se retiraran los españoles de los territorios liberados.

Uno de sus grandes temores era una guerra racial, como la que se vio en Haití y Dominicana, donde la tierra fue arrasada y la minoría blanca, los dueños de las haciendas, pasados por cuchillo; quisimos investigar el asunto racial en el torbellino independentista en Venezuela y la red nos ofrece un buen resumen que a continuación ofrecemos:

“En el siglo XVIII en Venezuela, el concepto de raza no existía como una categoría biológica moderna, sino que operaba como un sistema de castas y "calidad" social estructurado por el orden colonial español para garantizar el dominio político y económico. El Sistema de Castas y la "Calidad" Clasificación por origen: La sociedad se dividía jurídicamente según la pigmentación de la piel y la ascendencia (españoles, indios, mestizos, negros, mulatos y zambos). El concepto de «calidad»: Más allá del color estricto, la posición de un individuo dependía de su calidad, un concepto que mezclaba el fenotipo con la reputación, el honor, el origen familiar y el comportamiento social. La «limpieza de sangre»: Era un requisito ideológico heredado de España para demostrar que no se tenía antepasados indígenas, judíos o africanos, lo cual condicionaba el acceso a cargos públicos, educación y matrimonio legítimo… A finales del siglo XVIII, la inmensa mayoría de la población mestiza (la mezcla entre blancos, indígenas y africanos) fue agrupada bajo la denominación genérica de pardos”.

Bolívar entendió, desde muy temprana edad, el gran número de ventajas y privilegios con las que contaba, y en vez de conformarse en multiplicar su ya enorme fortuna y cultivar su prestigio dentro de los cuadros de liderazgo de su clase social, prefirió con mucho la vía revolucionaria y de creación de un nuevo mundo, una elección solo apta para un gran hombre, llena de retos, peligros y traiciones, una tarea de titanes en medio de uno de los ejércitos más peligrosos de su tiempo.

Escribe Laureano Vallenilla Lanz que Bolívar había penetrado tan hondamente en el espíritu de aquellos hombres que desde 1821, previó la imposibilidad de establecer en Venezuela una paz sólida a menos de inspirar terror a los discípulos de Boves y esto mismo es sumamente peligroso. Y cita una carta en la que Bolívar describe a un militar neogranadino lo difícil que era manejar esa realidad humana:  “No pueden Uds. formarse idea exacta del espíritu que anima a nuestros militares. Estos no son los que Uds. conocen por allá (en la Nueva Granada) son lo que Uds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo se creen beneméritos y se consideran humillados y miserables y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza. Son llaneros determinados y que nunca se creen iguales a los otros hombres que saben más o aparecen mejor. Yo mismo que siempre he estado a su cabeza, no se aún de que son capaces. Los trato con una consideración suma y ni aún esta misma consideración es bastante para inspirarles la confianza y la franqueza que debe reinar entre camaradas y conciudadanos… Peruádase U. que estamos sobre un volcán que pronto va hacer explosión. Yo temo más por la paz que la guerra, y con esto doy a U. idea de todo lo que no digo ni puede decirse…”.

Era una empresa difícil en unas circunstancias extraordinarias. Bolívar es el hombre que le tocó hacer país en medio de una tormenta.

 

 

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