domingo, 4 de octubre de 2026

Wendell Berry, ambientalista y literato, por Saúl Godoy Gómez

 



Nosotros aprendemos al cuidar nuestros jardines del asunto más urgente de nuestro tiempo: ¿Cuánto es suficiente?- Wendell Berry.

A principios de septiembre me enteré de su fallecimiento; siempre quise conocerlo, de hecho, mientras viví en Michigan planifiqué en dos ocasiones viajes a su Kentucky natal para conocerlo y visitarlo, pero las circunstancias me lo impidieron, pero sí lo leí mucho, sus libros y artículos, escuché y vi sus entrevistas, sus intervenciones en el Sierra Club, los foros que transmitía la PBS; el hombre era una lumbrera, un agricultor ilustrado, un sabio conservacionista que no le comía cuentos a la industria ni al comercio agrícola del cual se convirtió un acérrimo crítico.

Era un hombre de ideas socialistas, una figura pública que durante la Guerra de Vietnam se caracterizó por su activismo pacifista, pero lo mejor de todo fue, que de tanto oficio de publicar panfletos, manuales, artículos de prensa, poesía, cuentos, novelas, se convirtió en un gran escritor, una de las mejores plumas de Norteamérica, y esto lo digo literalmente, jamás utilizó computadoras ni máquinas de escribir, lo hacía a mano y durante el día, para evitar incidir en el consumo de electricidad, que en su región era suministrada por plantas generadoras a carbón.

En cuanto tuvo la oportunidad, compró una granja de 125 acres cerca del río Ohio y allí empezó a cultivar maíz y otros granos, aplicando todo el conocimiento aprendido por generaciones en su familia, pero también observó, consultó, experimentó y aprendió los principios generales de la agricultura sustentable, aplicando lo que los bosques a su alrededor le enseñaban, bosques que se habían conservado sin intervención humana y los comparaba con aquellas montañas que sí habían sido utilizadas para efecto de la minería del carbón, tan extendida en su estado natal.

De los principios que observó y que funcionaban dentro de una agricultura responsable, el primero fue la necesidad de hacer una agricultura diversa, igual que un bosque se sostiene y prospera por la gran variedad de especímenes que hacen vida en su seno, la agricultura necesita de plantas y animales interactuando, en un intercambio de vida y, sin desperdiciar nada en este intercambio, los monocultivos y los rebaños de un solo propósito traen consigo una serie de problemas, que terminan por agotar las posibilidades de prosperidad de la región.

El otro gran principio por el que abogó en su filosofía sobre la agricultura es obedecer la ley del retorno, el agricultor está obligado a retornar a la tierra todos los nutrientes que ha utilizado, debe proteger el suelo de la erosión todo el tiempo, aprovechar la luz solar al máximo y permitir que animales y plantas se autorregulen, sobre todo en caso de enfermedades, igual que en los bosques hay perdidas que son necesarias para encontrar el equilibrio, lo cual evita epidemias, sobre población de determinadas especies y el uso adecuado del espacio disponible.

La agricultura por la que aboga Berry no tiene nada que ver con el gran negocio de la agroindustria, de grandes supermercados, de una compleja red de distribución que trae los alimentos procesados desde grandes distancias, de una dependencia absoluta a una red de transporte que necesita del petróleo, la agricultura de las grandes ciudades debería ser local, orgánica en relación con comunidades de granjas que aporten de manera diversificada su producción, y es en este punto, en la comunidad de granjeros, donde Berry nutre sus historias.

Sobre este último punto es que me quiero referir, Berry le da la importancia al sentir del lugar, tanto para locales como para visitantes, y que conforma esa vibración y contenido que todo paraje natural o comunidad rural debe cultivar, preservar y enriquecer. Ese sentir se refiere al sentir humano, por supuesto, un elemento netamente cultural que sólo tiene sentido para los que viven o se acerquen al lugar o hábitat; estamos hablando de una experiencia que va más allá de los elementos que la componen, el mundo que Berry nos descubre no son partes separadas, no son solamente personas, parcelas de terrenos y recursos naturales.

Cuando vemos el mundo de manera tan fragmentada perdemos de vista lo importante en el conjunto, que son los vínculos que unen las partes, y cuando ignoramos las conexiones de los componentes al todo no sólo lo hacemos en el mundo físico, también lo hacemos intelectual y moralmente; cuando le asignamos valores a las partes e ignoramos las uniones, ponemos en peligro el equilibrio del ecosistema rompiendo no solo su unidad, sino destruyendo su valor natural y esa acción resiente el sistema y posiblemente lo quiebre.

Pero este problema lo enfoca no sólo desde la perspectiva ecologista, Berry lo lleva mucho más allá, bajo la premisa de que la fragmentación sólo trae injusticias y abusos, cuando las relaciones entre los elementos se rompen, y sus valores se distorsionan, es una obligación enmendarlas y restaurarlas, esto a todo nivel, como pudiera ser entre las relaciones de las comunidades, conectando lo secular y lo sagrado, tendiendo puentes entre generaciones del pasado con las del presente y con las del futuro, que serían las bases de la sustentabilidad.

Fue un distinguido académico, profesor de las universidades de Stanford, la New York University y la Universidad de Kentucky. Jeff Fearnside, un coterráneo de Berry, reseñó de él lo siguiente:

Nacido en 1934 en el Condado de Henry, Kentucky publicó su primer libro, la novela Nathan Coulter, en 1960… de los honores a su obra otorgados por la Academia de Artes y letras se encuentran además los recibidos por la Guggenheim Memorial Foundation, la Rockefeller Foundation. El poeta Wallace Stegner dijo una vez, “Es muy difícil decir que Berry era mejor poeta, que ensayista o novelista, se distingue en las tres, y en un nivel alto”. Algunas de sus más populares títulos son “Un Lugar en la tierra”, que el New York Times calificó como “una obra maestra”; Selección de poemas 1957-1982, “Otra vuelta de la tuerca” y “La América inestable: Cultura y agricultura”. El Kentucky rural que describe en su obra de ficción ha sido comparada con la del Condado de Yoknapatawpha de William Faulkner, igual que Faulkner, Berry tiene un oído para el lenguaje local y para el sentir del lugar.

Las tesis de Berry son importantes para entender el terrible problema ambiental que sufre gran parte del mundo, y por supuesto, Venezuela; y es que desde que el chavismo tomó el poder en nuestro país, su primera y única tarea ha consistido en negociar y hacer dinero con nuestro medio ambiente, la ensalada mental que tienen en la cabeza sobre la agricultura comunal (gallineros verticales, huertos urbanos, rebaños caprinos y ovinos en áreas protegidas, economía de conucos, etc…), llena de ideas procedentes del ecologismo socialista, combinada con un agrarismo donde la propiedad deja de ser privada para convertirse en comunal, prácticas protegidas por la ley y con prioridad, aún por encima de la conservación de nuestras áreas naturales, desembocan en un populismo que han arruinado regiones completas.

Las crisis ambientales, según Wendell Berry, no pueden ser resueltas por grandes soluciones generadas por unos pocos, a quienes investimos de poder y le damos carta blanca para que actúen en nuestro nombre; de manera que cuando permitimos que un superministro del despacho del escosocialismo, o un gobernador, o un alcalde, o en su defecto por todos aquellos mal llamados “protectores de los estados”, militares ávidos de riqueza material y de una solución rápida a sus necesidades de dinero, además de exhibir una total ignorancia de los principios ambientales, manejen a su criterio nuestros recursos naturales, especialmente extensiones de terrenos con ubicaciones privilegiadas, en reservas protegidas, lugares como Canaima, Los Roques, Morrocoy… en lugares donde es necesario preservar y estudiar, pero que en vez de cuidar como se lo exigen las leyes ambientales, expropian estos espacios para construir posadas turísticas, clubes privados, desarrollos de condominios de lujo, espacios para deportes extremos, que sólo van a mal utilizar unos pocos privilegiados que pueden pagarlos, entonces no sólo estamos frente a una verdadera crisis ambiental, sino también ante la desidia y la irresponsabilidad de la comunidad, de las familias que allí viven.

Cuando vemos que unos grupos de interés, llámenlo empresas, colectivos, grupos guerrilleros, pranes, se hacen con el dominio de una región para explotarla, bien sea en minería ilegal, turismo de aventura, ganadería extensiva, monocultivos intensivos, urbanismos de lujo o, simplemente, se apropian de lugares protegidos por las leyes ambientales para hacer bodas, fiestas “raves”, competencias de deportes extremos, todo esto, permisado y protegido por los órganos de un estado cómplice y corrupto, estamos no en presencia de una crisis ambiental, sino de la vagabundería colectiva más grande y destructiva que existe. Esto es el reflejo de los habitantes de un país, de unas comunidades que se hicieron los cómplices pasivos de crímenes contra la vida y el ambiente, de familias enteras que renunciaron a su derecho de vivir en un ambiente sano y digno.

Quiero terminar este pequeño “In memorian” de Wandell Berry con el final de su artículo publicado en la revista Trabajador Católico de Houston, julio-agosto 2002 donde nos dice:

La "crisis ambiental," de hecho, sólo puede solucionarse si la gente individualmente y en sus comunidades, recuperan la responsabilidad que dieron sin pensar a sus representantes. Si la gente empieza a esforzarse para recuperar su poder, una porción significativa de su responsabilidad económica, entonces su primer descubrimiento inevitable es que la "crisis ambiental" no es tal cosa, no es una crisis de nuestro medio ambiente o de nuestro entorno; es una crisis de nuestras vidas como individuos, como miembros de una familia, como miembros de una comunidad, y como ciudadanos. Tenemos una "crisis ambiental" porque hemos consentido una economía en la que, por comer, beber, trabajar, descansar, viajar y distraernos, estamos destruyendo el mundo natural, dado por Dios.

Berry dedicó su vida a tratar de despertar y proteger ese legado de una agricultura responsable, de un conservacionismo inteligente y cónsono con las leyes naturales; durante su vida tuvo que enfrentar a esos mal llamados “empresarios” y políticos que se llenaban la boca con discursos conservacionistas, que promulgaban leyes inservibles de protección ambiental, mientras que por detrás, en la oscuridad de sus manejos corruptos, permitían que regiones enteras fueran depredadas por oportunistas y gente sin alma, perdiendo su capacidad de sustentar vida. Valgan estas líneas en su memoria para rescatar su espíritu y compromiso con el buen vivir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario