lunes, 21 de abril de 2014

Los cambios necesarios



Hay un sector político de nuestra oposición que tiene su mente programada para gobernar desde un hiperestado, tal como los chavistas lo tenían concebido: grande, costoso, ineficiente, planificador, centralista y autoritario.  Esta concepción y estilo de gobierno tiene sus bases en la teoría de Estado marxista, que cree que, sin un aparato burocrático de grandes dimensiones, el estado no sería capaz de imponer sus “soluciones” a los ingentes problemas sociales de una nación.
Esta creencia parte de la tesis del estado necesario, es decir, hay políticos que no conciben el desarrollo de un país sin un gobierno fuerte, que esté por encima de las demás instituciones civiles de la sociedad, tanto en tamaño como en autoridad, para de esta manera desarrollar una serie de programas, misiones o gestiones, que den respuesta, desde el gobierno, a las necesidades sociales de los que ellos consideran “una mayoría” depauperada, que necesita de esa ayuda social, que se costea del presupuesto de la nación y se conoce en el lenguaje de los economistas desarrollistas como “inversión social”.
Como ya pueden adivinar, me estoy refiriendo a una serie de partidos políticos de raíces socialistas, que ven en esa mayoría necesitada a su gran clientela política, una rica veta de votos para perpetuarse en el poder por la vía electoral; esos estatistas-populistas usan los recursos del estado, disfrazados de ayuda social, como mecanismo electorero para promocionar sus nombres, la imagen del partido o de sus candidatos, como los grandes mecenas y hombres necesarios en ese público, al que quieren convertir y asegurarse de que permanezcan fieles como clientes de sus gestiones de gobierno, de esa manera se aseguran esas lealtades en las próximas elecciones, a fuerza de favores con los dineros públicos.
Desde hace unas cuantas décadas, en nuestro país, se le ha permitido a los gobernantes que sus logros y obras sean explotadas como un asunto personal o del partido de gobierno, inauguran un dispensario o una carretera y nunca faltan las pancartas de sus rostros en el lugar; si no, están los adeptos al partido repartiendo volantes, haciendo ver que esa obra no corresponde a una gestión de un gobierno o funcionario público, sino a la de un candidato para las próximas elecciones o a un partido en campaña publicitaria.
Esta práctica ha creado una manera de hacer política bastante irregular y dañina para el país, y para la democracia; se pasean las ambulancias con el rostro del funcionario pintada en la carrocería, se hace adjudicación de viviendas en un escenario que bien parece el de la entrega del premio gordo de una lotería, toda obra de gobierno se transforma en una dádiva del funcionario de turno, en un ejemplo de lo que el partido puede hacer por la comunidad, si vuelven a votar por él.  Esto es clientelismo vulgar, convierten la gestión pública en un bazar de favores políticos y hacen del culto a la personalidad, un ejercicio diario de propaganda y manipulación descarada.
Pero tenemos políticos que abarcan mucho más, son aquellos que quieren ser inmortalizados como el hombre que acabó con la pobreza, que salvó al país de la ignorancia, que pudo curarlo de sus dolencias más recurrentes, y para ello diseñan mega programas de acción social, que requieren ingentes cantidades de dinero, una super burocracia de técnicos, expertos y facilitadores, y una campaña de medios de comunicación que catapulten su nombre como el nuevo mesías y, a su partido, como la nueva iglesia que vino a salvar el mundo ¿Les suena conocido?
Fue así como Hugo Chávez se transformó de simple político comunista, en un santo varón cuyas enseñanzas son ahora obligatorias en las escuelas y su memoria honrada como una divinidad, en una de las peores y mas rastreras muestras del tercermundismo cubano.
Esta manera de hacer política ha traído puras calamidades, una serie de superhombres socialistas que dicen tener la fórmula mágica para resolver todos nuestros problemas y que se montan sobre las necesidades de los más humildes, aupados por quienes creen en la bondad cristiana, y terminamos con tiranos necesitando más poder, con estados gigantescos que ahogan a la sociedad civil, con costos faraónicos, con imposiciones y sacrificios para el resto del cuerpo social, desatendiendo lo importante para atender lo urgente y creando una cultura parasitaria que lesiona el sistema democrático.
Esta forma de hacer política se está derrumbando, el país ya no la aguanta más.
Lo que desde ahora debemos buscar, es el estado mínimo y necesario, que sepa como trasladar todos esos programas desde el estado a la sociedad civil, no de manera centralizada y para crear más burocracia, sino de manera regional o federativa, promoviendo y ayudando a las fórmulas y soluciones que nazcan desde el seno de la sociedad, porque es la sociedad misma la que mejor conoce cómo atender sus problemas, no burócratas de oficina en la capital y menos “expertos” en las sedes de los partidos, midiendo cómo la inversión social reporta mejores dividendos electorales.
De allí que hay que promocionar empresas de servicios, ONG’s, fundaciones, corporaciones, organizaciones locales y regionales que se ocupen de estos programas puntuales, que reciban ese presupuesto para que sea administrado eficientemente, incluso hasta produciendo ganancias, porque en la gestión social hay maneras de ser productivo y sustentable en el tiempo.
Esos partidos nacionales con una casita en cada poblado es ya historia; los partidos políticos deben especializarse, como todas las demás organizaciones sociales.  Gestionar un gobierno local, regional o nacional es asunto serio, que requiere de conocimiento y habilidades, son carreras que se estudian en universidades y administraciones que se ganan a fuerza de la eficiencia y la transparencia en la gestión.
Esa manera de hacer política de “dame tantos billones de bolívares para este programita social” se acabó. El gobierno, como buen administrador de los recursos, debe velar por racionalizar el gasto, buscar a los mejores hombres y mujeres al momento de poner los programas en práctica, canalizar los recursos donde se necesiten y luego gerenciar, arbitrar, controlar, supervisar… pero ya no gastar para favorecer afanes personales y menos, apetitos partidistas de gobiernos populistas, sino para hacer efectiva la gestión social.
Pero hay otro problema subyacente en esta manera de ver la política y es que en un país como Venezuela los sectores más vulnerables, que realmente necesitan los subsidios para poder vivir no son la mayoría, la gran clase de los pobres, o el proletariado o las clases C y E, lo que necesitan son oportunidades, empleo, buena remuneración, buenos servicios, una economía sana y con expectativas que puedan controlar, planificar y trabajar para salir adelante y vivir con buena calidad de vida.
Ese gasto gigantesco en programas sociales para hacer política electoral es un error, esos dineros se distraen en clientelismo político y sobrevivencia de una voraz burocracia, es muy poco lo que efectivamente llega para la solución de los problemas sociales, y es un dinero que se debería invertir en productividad, en inversiones, en equipamiento y obras para el país.
Admito que, tras 14 años de socialismo bolivariano, la sociedad venezolana ha acusado un severo golpe en su capacidad de subsistencia, que la economía se encuentra prostrada y que por los momentos hay muchos pobres que deben ser atendidos con programas de emergencia, sobre todo en el abastecimiento de comida, subsidios en algunos servicios y rubros (transporte, por ejemplo), mientras el nuevo gobierno pone orden en la casa; pero estamos hablando de otra cosa, este es un plan de reconstrucción del país, no de programas permanentes.
Si queremos tener una gran clase media, tenemos que invertir en lograr ese objetivo y no destinar una importante parte de nuestro presupuesto en complacer estructuras políticas desfasadas e ineficientes, con la excusa de atender a una minoría que nunca votaba y que los partidos necesitan en las colas frente a los centros electorales. -  saulgodoy@gmail.com



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