miércoles, 15 de julio de 2015

La fábula socialista


Dice la leyenda que el Estado nació en la necesidad que tuvieron los dueños de las tierras de defender sus propiedades y vidas del asalto de sus enemigos, internos y externos.
En esa primera aparición, el Estado prometía sostener la ley y el orden, solventar conflictos, castigar a los criminales y preservar la paz para que sus ciudadanos pudiera trabajar y construir la nación, para lograrlo, los propietarios se reunieron y pusieron de sus propios recursos para mantener un cuerpo de ciudadanos, notables y de proba reputación, que se harían cargo, entre otras cosas, de administrar la justicia y defender a la polis.
De allí nació la razón de ser del Estado, que no era otra que el bien común, el de los propietarios.
Por supuesto, a estas islas de orden en medio de un mundo de desorden y barbarie, se le fueron agregando incontables extranjeros que querían disfrutar de aquellos beneficios, de poder pasar una noche en la seguridad de una “polis” ordenada, donde no serían robados o asesinados, donde pudieran contar con la paz tan necesaria para desarrollar sus ocupaciones y habilidades, el Estado imponía solo una condición, que se respetaran las leyes de la ciudad.
Como podemos imaginar, estas ciudades-estados prosperaron, se hicieron atractivas para mucha gente talentosa, trabajadora y emprendedora, de esta manera el comercio y la cultura se desarrollaron y los ciudadanos de estos Estados empezaron a influenciar el entorno, a introducir la civilización donde no la había, a crear riqueza para otros muchos pueblos que hicieron contacto con ellos y querían imitarlos.
Por supuesto, con estos avances, hubo una parte de la población que quedó rezagada o bien por falta de voluntad o porque les gustaba vivir como parásitos, y también llegaron extranjeros con malas mañas, con ideas diferentes, gente que no le gustaba trabajar, y se ganaban la vida como ladrones y proxenetas.
Pero un día llegaron los socialistas, unos estafadores que querían apropiarse del Estado con la ayuda de ese grupo de gente parásita, que cada día eran más, no porque no hubiere como ganarse la vida dignamente y con trabajo, sino porque era gente que pensaba que tenía el derecho a que el Estado los mantuviera, que les diera para vivir bien, sin ellos contribuir en nada.
Los socialistas pensaron- “Vamos a cambiar el objeto del Estado, vamos hacer que el Estado sea el dueño de todo, de la tierra, de la industria, del comercio, y en vez de servir a los propietarios que sirva a todos en la ciudad-estado, incluso a los parásitos… vamos hacernos con el poder, aprovechando las debilidades de la democracia, bajo el la excusa de un poder popular”- y así lo hicieron.
Salieron a las calles a predicar que los pobres, los que no tenían riqueza, era porque los ricos se la habían quitado, los habían explotado y engañado, ellos eran las víctimas de un sistema injusto. 
La idea fundamental detrás de la propuesta socialista  era la creación de “una nueva ciudad-estado” y de un nuevo ciudadano, una vez que los socialistas llegaran al poder, todo sería de todos, pero era el gobierno el encargado de administrarlo, principalmente en nombre de los pobres.
A los parásitos les gustó la idea, y a los más avispados les motivó ser ellos, parte del gobierno.
Entre las reformas que proponían estaba el de abolir la propiedad privada, regular las ganancias, restringir los intereses privados, la idea era que todos los ciudadanos eran iguales y teníamos los mismos derechos, el Estado estaba obligado a mantener en igual medida a los que trabajaban como a los que no, y  no importaba si unos lo hacía mejor que los otros, todos, al final, recibían lo mismo, todos íbamos a ser muy pero muy felices.
Pero dentro de los parásitos, había un grupo de violentos, casi todos de la guardia del palacio, que se hacían llamar revolucionarios y que no tenían tiempo de esperar a que los socialistas concretaran sus ideales por la vía de las elecciones, lo de ellos era para ahora, ya, no importaba si para llegar al poder tenían que decir mentiras o si había derramamiento de sangre, las cosas había que hacerlas por la fuerza, confiscando las propiedades, decretando expropiaciones, nacionalizando las industrias. 
Para atraer adeptos, elaboraron unas ideas sobre conciencia de clases, que sería el motor para llevar el bienestar a todos, no se inmutaron cuando le añadieron el odio de clases, acusando a los propietarios de que estaban al servicio de un Imperio extranjero y cuyo interés era que las cosas no cambiaran.
Fue así como los revolucionarios con una gran parte de los parásitos y oportunistas extranjeros, ayudados por una parte de los propietarios confundidos o con miedo, tomaron el poder y empezaron a construir el Estado Socialista.
Lo primero que hicieron fue aumentar la burocracia y subir los sueldos, disminuyeron la edad del retiro y aumentaron las pensiones, la educación fue gratuita, aún la de más alto prestigio académico, el Estado socialista controlaba todo y privilegiaban a los parásitos sobre la gente trabajadora, le prohibieron a los empresarios que despidieran a los trabajadores que no producían y a las escuelas que aprobaran a los estudiantes que no estudiaban, persiguieron a los intelectuales y especialistas, colocaron en puestos de responsabilidad a los menos capaces pero obedientes al gobierno, a los militares los pusieron a vivir como reyes y a controlar a la población.
De esta manera el Estado comenzó a ser el gran propietario, y los revolucionarios se convirtieron en los grandes señores mientras arruinaban a la ciudad-estado, muy pronto las industrias, en manos del proletariado, dejaron de producir ya que ganaban su sueldo trabajaran o no, el comercio sin los incentivos de las ganancias se paralizó, el crimen volvió a las calles, en poco tiempo no había alimentos.
Nada de esto les importó, se endeudaron para que la fiesta socialista continuara, la medicina era gratuita, los alimentos que traían del exterior era subsidiados (nada se producía en el país), empezaron a vender las islas, luego las montañas y algunas de sus ciudades a sus acreedores para refinanciar la deuda, ganaban las elecciones haciendo trampa, encarcelando a los opositores, callando a quienes protestaban y advertían que aquel banquete de pordioseros debía parar, pero los pordioseros eran mas y como era una democracia, ganaba siempre la mayoría.
Pero empezaron los descontentos, sus líneas de crédito se secaron, ya no había interés de los prestamistas por ese país, cuando la situación se agravó inventaron que el Imperio, allá afuera, quería destruir la revolución socialista, que les querían quitar lo que ahora era del pueblo, e inventaron una guerra económica, pero aún así, los hospitales tuvieron que cerrar y en vez de doctores se trajeron a unos brujos de los bosques para que curaran a los enfermos.
Con la excusa que combatían a los enemigos del estado socialista, a oligarcas y burgueses, se dieron a la tarea de cerrar comercios e industrias, expropiar grandes haciendas, centros comerciales y desarrollos turísticos, era la guerra en contra del latifundista, era la justicia social devolviéndole al pueblo lo que le había robado, hicieron un “corralito” con los ahorros de la gente en los bancos y el estado se los administraba, pero los precios de las cosas empezaron a subir sin control, la gente tenía dinero pero no había que comprar y los precios se dispararon, llegó un momento en que la gente tenía que hacer una larga fila para recibir una sopa podrida y hedionda que el estado repartía, gratis.
Y fue así que los revolucionarios socialistas arruinaron a todas las ciudades-estados donde los dejaron actuar, fue así como aumentaron la pobreza y el sufrimiento de los pueblos, ofreciéndoles un paraíso que nunca llegaba pero que estaba a la vuelta de la esquina, jugando con la esperanza y la ambición de los hombres, corrompiendo y prostituyendo a sus conciudadanos, cambiando las constituciones para hacer del Estado objeto de culto y adoración.
Nada se podía hacer sin la participación del Estado,  se les dijo a los funcionarios que ellos eran cristianos, que hacían lo que hacían por amor, de esta manera empezaron a prohibir, a sancionar, a regular, a amenazar, que es la manera como ellos entienden la democracia.
Le vendieron la idea al pueblo de que ser pobre, era bueno, y que si sufrías, lo hacías por una gran causa, que te lo agradecerían tus nietos y tataranietos, que si pasabas hambre era hermoso, pues Cristo también pasó hambre.
Lo peor era, que si se atrevían a protestar o a alguien se le ocurría denunciar alguna injusticia, entonces era acusado de enemigo de la revolución, de imperialista y debía por ello morir, y adivinen… nadie protestaba; las policías y el ejército se encargaban de caerle a la gente a palos, asaltaban sus viviendas y ponían preso hasta el gato, en las cárceles torturaban a los reos, ejecutaban sumariamente a sus enemigos, secuestraban a sus oponentes políticos, los tribunales actuaban en nombre del socialismo creando con sus actuaciones terror  entre los ciudadanos.
Al final, los revolucionarios morían gordos y contentos en el poder, reinando en las ciudades-estado con toda su familia también gorda y contenta mientras el pueblo se comía un cable, contento de ser revolucionario y socialista.
Siempre fue así, siempre será así, el socialismo es un canto de sirenas, lo que viene después es el hambre, el terror y la muerte, esto no me lo contaron, lo vi y lo viví, pero nadie me cree.  – saulgodoy@gmail.com





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