sábado, 15 de abril de 2017

La gran equivocación



Una gran parte de nuestros políticos de oposición tiende a darle o a pretenden darle al chavismo, que es básicamente una fuerza fascista y fuertemente asociado al crimen organizado, un carácter político, como si se tratare de un jugador “normal” y con atributos propios de un actor político con el que se puede negociar y llegar a términos.
Lo político, es básicamente una relación civilizada entre factores de poder donde existe un intercambio, una sinergia de ideas, acciones y responsabilidades sobre lo que es público y concierne a la nación como un ente organizado de la sociedad, ese ente organizado se compone de instituciones, personas, instancias y factores que están constantemente interactuando, intercambiando información, modificando sus comportamientos, ajustándose a las circunstancias y problemas con la intención principal de solucionar las diferencias y evitar los conflictos.
En mi opinión, el chavismo no es una fuerza política, su estructura de poder, organizativa e ideológica, lo incapacitan para tener relaciones con otros factores de poder, niega la posibilidad de intercambios de información, considera a lo público de su propiedad y se cree el dueño y único operador de las relaciones sociales, su configuración y diseño es demasiado tóxico y autoritario como para poder funcionar en democracia, por lo tanto no es una organización política, creo que de hecho, reconocer al chavismo como contendor político es un grave error, posibilitarle una existencia y participación que ni se merece, ni le es posible asumir como contraparte política, lo que hace es potenciar su respuesta violenta y confundir a las fuerzas opositoras, debilitándolas y creando una peligrosa ilusión de poder dar solución a un problema equivocado, esto amerita una explicación.
Cuando digo que el chavismo es una fuerza fascista, lo hago porque desde su aparición como movimiento político electoral, lo hizo para valerse de los votos para llegar al poder, y desde allí destruir la democracia, las instituciones, oprimir a la población, explotar las riquezas naturales y destruir el aparato productivo del país. 
Esto lo logra por medio del autoritarismo, del militarismo y finalmente por el trabajo de dos hombres, Chávez y Maduro, el primero un ignorante y ególatra, militar, traidor a la patria, el segundo que no solo se jacta de su pobreza mental y bajeza moral, sino que ni siquiera es venezolano.
El cómo llegaron a detentar el poder lo he explicado en diversos artículos, pero parte fundamental de la responsabilidad la tuvo el pueblo, sin experiencia política y sin defensas culturales ante la avalancha de populismo que arropó al país, y en segundo término por una clase política irresponsable que prefirió acostarse con el enemigo que plantear una lucha contra la opresión.
Se trató de un movimiento principalmente comunicacional, que a fuerza de discursos y promesas por justicia social, supo posicionarse como el redentor del igualitarismo, ha sido una organización que tiene nexos de dependencia y sumisión del régimen cubano de los hermanos Castro, hoy, de Raúl Castro, por lo tanto, nunca hay que perder de vista que estamos tratando, al referirnos al actual gobierno, como un factor que no decide, simplemente ejecuta un plan y que sigue órdenes de un país extranjero.
Esta forma de actuación no es nueva, es parte de un tipo de imperialismo colonial que nació con las revoluciones Rusa y China de principios del pasado siglo, y lo hace por la única manera que tienen los regímenes comunistas de imponerse sobre las sociedades a las que secuestran, a la fuerza, con violencia, opresión y mentiras.
El chavismo es una fuerza claramente antidemocrática, su propósito, declarado mil veces, es la de preservarse en el poder para siempre, por cualquier medio que estime necesario ya que se consideran una necesidad histórica, por lo tanto inevitable, por lo que se adapta a las circunstancias para lograr este objetivo.
Se hace pasar por democrático, utiliza las instituciones democráticas incluyendo a la oposición, miente descaradamente, se acomoda a las expectativas de sus oponentes, engaña al pueblo de manera abierta y continua, utiliza la esperanza y las necesidades de la gente para hacerse “necesario” controlando a la población por medio de un clientelismo biopolítico que significa: administrar el hambre, la salud y la economía para generar dependencia y obediencia entre sus seguidores; a sus más conspicuos líderes, principalmente militares y altos jerarcas del partido de gobierno (el PSUV), les permite asociarse en negocios ilícitos y en actos de corrupción de manera impune.
No se dan cuenta sus cómplices nacionales, que unos extranjeros los están controlando de tal manera que les permiten, le dan permiso, para saquear a su propio país mientras le paguen el tributo a Cuba, los militares son ideologizados creyendo que son protagonistas de una revolución liberadora y humanista del nuevo hombre, cuando en realidad están alienados en su papel de capataces y mandaderos del verdadero dueño del país, que vive en La Habana.
Personas que se comportan de esta manera dejaron de ser venezolanos desde hace mucho tiempo, son agentes de un gobierno extranjero, esclavista, hematófago y brutal, actúan como empleados de los verdaderos explotadores, perdieron el alma y el afecto hacia el país que gobiernan, lo cual explica los excesos en la violencia que utilizan para controlar el descontento en la población, sobre todo los militares, que ya no ven a un pueblo al que deben servir como sus connacionales, sino a una masa de rebeldes y mal agradecidos a los que hay que disciplinar.
Pero además, como dije al principio, por estar asociados a mafias del crimen internacional, al narcotráfico, al terrorismo, a la subversión armada, a la manipulación electoral en otros países, a la descalificación y desconocimiento del orden internacional y sus instituciones, a la burla hacia la justicia internacional, a la práctica desvergonzada y consuetudinaria de la violación de derechos humanos, son sujetos e instituciones que están fuera del estado de derecho, aunque exigen se les trate con respeto y reconocimiento por la investidura lograda a través de la política, les importa un comino las normas civilizadas de convivencia entre naciones y despliegan una serie de actividades y negocios de carácter ilegal que contravienen el orden internacional.
Dice el investigador venezolano Moisés Naín en su libro Ilícito (2006):
Sin control alguno, el comercio ilícito no puede hacer más que continuar su mutación, ya bien avanzada. Hay pruebas suficientes de que ofrece a los terroristas y a otros truhanes medios de supervivencia y métodos de transferencia e intercambio financiero. Su efecto en la geopolítica llegará más lejos. En los países en vías de desarrollo, y en los que están en fase de transición del comunismo, las redes delictivas a menudo constituyen los más poderosos grupos de intereses creados a los que se enfrenta el gobierno. En algunos países, sus recursos y medios superan incluso a los de los gobiernos. Y tales medios con frecuencia se traducen en influencia política. Los traficantes y sus cómplices controlan partidos políticos, poseen importantes empresas mediáticas, o son los principales filántropos que se ocultan tras las organizaciones no gubernamentales. Este es el resultado natural en los países donde no hay otra actividad económica que pueda compararse al comercio ilícito, ni en volumen ni en beneficios, y donde, por tanto, los traficantes se convierten en los «grandes empresarios- de la nación. Y cuando sus negocios llegan a ser grandes y estables, las redes de tráfico hacen lo que tienden a hacer las grandes
empresas en todas partes: diversificarse en otras empresas e invertir en política. Al fin y al cabo, obtener acceso al poder e influencia, y buscar la protección del gobierno, ha sido siempre algo consustancial a las grandes empresas.

Para explicarlo de manera gráfica, los chavistas son falsos positivos de la política, no son políticos, son mafias operando dentro de un sistema político que les ha otorgado un estatus equivocado, nuestros políticos opositores al no entender o no querer entender a que se enfrentan, los ubican y los categorizan como lo que no son, políticos, lo cual es una gravísimo error que pone en peligro toda posibilidad de manejar un salida a nuestro conflicto.
Nuestra oposición política ha sido lenta en asimilar la verdadera naturaleza de nuestros enemigos, no son venezolanos, no son compatriotas, no son siquiera ciudadanos y por su comportamiento, animal y salvaje, dudo mucho que se trate de personas.
Querer dialogar con ellos, sentarse a negociar, insistir en reconocerles en su condición como adversario político, es un error estratégico y táctico, al aceptarlos como gobierno legítimo y continuar obedeciendo sus directrices y seguir las reglas del juego que han montado, dentro de la ilusión de que juegan a democracia, pero que todos reconocemos que no lo es, es simplemente hacernos daño, hundirnos en el fracaso.
Muchos dentro de la oposición, se comportan como colaboracionistas porque tienen miedo, no saben cómo manejar la situación sino en términos de la política usual, tratan al chavismo como si fueran contendores, no enemigos, que es su verdadera naturaleza.  Es como si unos violadores se hubieran introducido en nuestro hogar con toda la intención de hacerle daño a nuestra familia, y mientras violan a nuestras hijas y esposa, esperamos pacientemente hasta que satisfagan sus bajos instintos, para poder sentarnos en la sala, a tratar de convencerlos de que se vayan, que se lleven lo que quieran, algunos incluso, los han invitado a quedarse y les preparan un cuarto al lado del de nosotros.
El chavismo no solo se ha infiltrado en nuestros partidos políticos, se han instalado cómodamente en nuestras mentes mientras nos excusamos detrás de fórmulas políticamente correctas como si estuviéramos jugando en democracia, nos escondemos detrás del pacifismo, del espejismo que el chavismo puede ser domesticado, de una inmensa cobardía disfrazada de un cristianismo sumiso, nos comportamos como rehenes con el síndrome de Copenhague, como su estuviéramos enamorados de nuestros captores.
Con el chavismo hay que ser inmisericorde, el daño que nos ha causado no tiene nombre ni perdón, debemos desalojarlos del poder, debemos derrotarlos con sus propias armas, no descartar ninguna oportunidad ni solución, recordemos que se trata de una fuerza multinacional de organizaciones criminales manejadas desde Cuba, los políticos que no tengan el estómago para hacerlo, deben dar un paso atrás y permitir que otros actúen para poder salvar lo que nos queda de país, lo que si no podemos permitir es darle beligerancia a estos criminales y tratarlos como políticos, como si pudiéramos llegar a términos con unos pranes, con unos mafiosos.  -   saulgodoy@gmail.com






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