Cada
vez que la realidad me agobia, que me harto de las vilezas de mis congéneres y
me aburro de la política sin sentido de personas vacías que se quieren hacer el
centro del universo, me sumerjo en los refrescantes textos sobre arte y belleza
que han escrito los sabios, esa eterna búsqueda por la perfección y la verdad
que apacigua la voluntad en la contemplación de lo hermoso, en el placer
sublime del arte.
Soy
de los que creen que la vida no tiene ningún sentido si no estamos rodeados de
cosas bellas; es más, la vida sólo vale la pena vivirla en el placer estético
de ese mundo ideal que Platón nos describió en sus obras, la belleza es el
objeto del amor, no lo es la persona, ni la cosa, ni el paisaje, ni la situación,
ni el conocimiento, es la idea equilibrada y armoniosa que nos llega a lo más
profundo del alma, que nos remueve el eros y que nos pone en contacto con lo
sublime, al decir de Carlyle, lo que nos hace realmente humanos. Jorge Luis
Borges decía en su obra Los Conjurados,
lo siguiente: “He observado que la
belleza, como la felicidad, es frecuente.
No pasa un día en que no estemos, por un instante, en el paraíso.”
Vivir
es un asunto serio, da mucho trabajo, la vida está sembrada de retos, de trampas,
de sufrimientos, de temores, de frustraciones… vivir requiere de cierta
resistencia, de resiliencia, de ese joy
de vivre, que tanto claman los europeos; al final del día, cuando uno cae
derrotado por el cansancio, por la rutina, antes de entregarnos al sueño
reparador, la pregunta que nos hacemos es ¿Valió la pena el día? Y sólo puede ser respondida cabalmente si
hemos tenido aunque sea por un segundo, la oportunidad de rozarnos con la
belleza.
Invariablemente,
la vida de cada uno de nosotros consiste en rodearnos de personas y cosas que
nos agradan, que nos hacen completos, por ello hacemos una familia, nos casamos
con mujeres bellas, por dentro y por fuera, por eso tenemos hijos para vernos
niños y jóvenes, llenos de vida y esperanzas, por eso trabajamos como burros
para tener un hogar y llenarlo de cosas que reflejan nuestro gusto, que nos
hacen felices.
¿Por
qué creen ustedes que hacemos dieta, vamos al gimnasio, gastamos en ropas y
perfumes, nos compramos el mejor carro? Porque nos mueve una necesidad natural
de vernos y sentirnos bien; buscamos la felicidad, por instinto nos alejamos de
los feo y repugnante y nos atrae lo que está bien hecho, lo que tiende a la
perfección, lo equilibrado.
Nuestro
impulso vital es alejarnos de la violencia, de lo áspero del mundo, de la
naturaleza cruda y salvaje (hay que desarrollar un gusto muy particular por
gozar de la belleza en un mundo primario, hay que poseer un conocimiento especial
como el de los naturistas, que ven en la decadencia y muerte de los sistemas vivos,
un orden perfecto y hasta belleza en la brutal lucha por la sobrevivencia), es
por ello que el hombre construye su entorno a su imagen y semejanza… las
grandes ciudades, los palacios, las mansiones, nuestras humildes casas, son
reflejo de lo que consideramos bello, de lo que nos hace feliz, rodearnos por
capas y capas de cultura para mantener alejado al mundo natural que, afuera, le
importa un comino si vivimos o morimos.
Por
ello es importante el arte, las obras de
los grandes maestros, rodearnos de buena música, de objetos de arte que nos
hagan vibrar el alma, de aromas, sabores y texturas que nos den placer… por
supuesto, todo esto tiene un precio, la buena vida cuesta un montón de dinero y
el dinero hay que trabajarlo, de modo que se hace un vínculo muy estrecho entre
nuestro esfuerzo personal y las cosas que poseemos; si los objetos que nos
rodean son una extensión de nuestra personalidad y gustos, el estilo de vida
que nos damos se conforma sobre una idea de valor que es muy importante.
Por
ello es que, en comunismo, la vida es gris y triste para la mayoría de la gente
- por supuesto, excepto para la camarilla del poder, para los amos del partido
y los jefes del gobierno, quienes ostentan lo que los demás desean y no tienen,
ni pueden tener en aras de una igualdad que mata el espíritu humano – es la
negación de ese espíritu en la búsqueda de la satisfacción estética, que es
algo muy personal.
La
necesidad de lo bello nace con nosotros y nos hace actuar en el mundo; educar
el gusto y elevar los cánones de la belleza requiere de estudio, de roce, de
compartir con el arte sus múltiples expresiones y decidir qué nos gusta, de
afinar nuestra sensibilidad exponiéndonos ante lo bello… y requiere todavía
mucho más esfuerzo hacer un artista; la sociedad entera debe considerarse
afortunada cuando entre los suyos se levanta un creador en su sentido más lato,
porque incluyo a los científicos, a los empresarios, a los intelectuales.
Todo
aquel profesional que se siente a gusto con el trabajo bien hecho, el técnico y
el artesano, que deparan placer en sus proyectos, desde que son concebidos,
llevados a cabo y terminados, sintiéndose realizados, colmados de un orgullo
muy personal de ver que sus mentes y manos pudieron crear una obra perfecta,
están sintiendo la belleza en sus almas, y aquí hablo de negocios bien
estructurados, de proyectos de ingeniería terminados al detalle, de la
confección de un traje hecho a la perfección, de la ejecución de una partitura
llevada al máximo de su expresión.
El
artista no se encuentra solamente entre los cultores de las bellas artes. La
belleza no es exclusiva de la pintura, la música, las letras o el cine, todas
las personas comunes tenemos nuestros encuentros con la belleza en nuestras
circunstancias.
Le he
seguido la pista al matemático Yitang Zhang, profesor de cálculo
en la Universidad de New Hampshire, que ha ganado una serie de premios, entre
ellos el premio MacArthur, por haber resuelto un problema que tenía más de 150
años sin resolverse en el campo de la teoría de números, una rama de las
matemáticas puras, un hombre sencillo, natural de la China, con una excepcional
mente para las matemáticas, que hasta el momento nunca había ocupado un cargo
académico, que se mantuvo por varios años, mientras resolvía el problema sobre
los números primos, llevando los libros a un local de Subway de comida rápida.
Zhang es reconocido por los mejores matemáticos del mundo por su trabajo
en los vacios de unión entre números primos, como un verdadero artista,
presenta en su trabajo elegantes soluciones, construidas con herramientas
matemáticas que el mismo Zhang desarrolló; a partir de este trabajo se hizo
famoso, al punto que hicieron un documental sobre su vida y obra, y su trabajo
es absolutamente inútil para efectos prácticos, como muchos de los productos de
las matemáticas puras, no sirven de nada
para la industria ni para resolver problemas del mundo real, ya que se tratán
de obras del pensamiento, de construcciones ideales.
En el perfil que preparó Alec Wilkinson sobre Zhang, el año pasado,
refirió los siguientes testimonios: “El
matemático británico G.H. Hardy escribió en 1940 que las matemáticas son, de
todas las artes y ciencias, la más austera y remota. Bertrand Russell la llamaba un refugio del
mundo actual. Hardy cree enfáticamente en la precisa estética de las
matemáticas. Una prueba matemática como la que Zhang produjo, debe aparecer
como una constelación limpiamente recortada-escribió- no como un cúmulo
disperso en la Vía Láctea. Edward
Frenkel, un profesor de matemáticas de la Universidad de California, Berkeley,
dijo que la prueba de Zhang contenía una belleza renacentista, significando que,
a pesar de ser profundamente compleja, sus líneas principales son fácilmente discernidas. La búsqueda de la belleza en matemáticas puras
es una de sus metas.”
Zhang se prestó para que científicos en Inglaterra hicieran una
exploración neurológica de su cerebro mientras trabajaba, descubrieron que las
zonas que se activaban, eran las mismas que se estimulaban en creadores ante
composiciones musicales y trabajos de arte, en lo que conocen como el centro de
procesamiento de la belleza.
Este gusto por el orden y la estructura perfecta también lo encontramos
en otros ámbitos del trabajo humano, como en el árido campo del derecho; la
profesora de la Universidad de Harvard, la doctora Elaine Scarri escribió, en 1999, una
interesante obra titulada Sobre la
belleza y ser justo, donde relaciona de manera metódica las decisiones
judiciales con las estructuras de la belleza, con sus efectos sobre el restablecimiento
de lo que justo en sociedad.
Las decisiones judiciales que se destacan como justas tienen una
estructura interna de mucho equilibrio, ajustadas a experiencias pasadas, a una
jurisprudencia que sirve como un gran lienzo y donde resaltan situaciones de
preservación de la vida sobre los hechos que llegan a los tribunales; una
sentencia justa es una sentencia estéticamente armónica, tanto en su estructura
como en su contenido y efectos.
Pero no es necesario limitarnos solamente a los grandes vuelos y obras
de la mente; en la vida diaria, constantemente, vemos esta búsqueda de la
belleza si ponemos un poco de atención.
Les voy a referir una experiencia que me marcó, y sucedió durante mi
primer año de estudios de derecho en la UCAB; mi profesor de Introducción al
Derecho era el padre Jesús María Olaso, con quien tenía divergencias sobre ciertas ideas, pero reconocí en él, sin
duda alguna, a un profesor de valía y un luchador social de primera magnitud.
Fue en 1971; recuerdo claramente un grupo del curso que fuimos con él a
visitar la infame y legendaria cárcel Modelo en Caracas (que posteriormente fue
demolida), un lugar pavoroso y una de las cárceles más terribles del mundo, un
depósito de seres humanos fallidos que “pagaban su deuda con la sociedad”. Recuerdo
que circulamos por angostos pasillos, donde las celdas, aún a la luz del día,
parecían estrechos cubículos enrejados, desde los que emergían manos y brazos
que trataban de saludarnos; íbamos escoltados por varios guardias que golpeaban
las rejas con sus peinillas cuando los penados se ponían muy groseros con
nuestras compañeras. El ruido, los olores, el sentimiento de opresión que se
sentía nos sumergía en un mundo infernal.
Por fin llegamos al área en la que estaban los presos de baja peligrosidad,
que tenían las rejas abiertas y con quienes debíamos conversar sobre sus casos;
uno de ellos me hizo señales desde que entramos, como si me conociera, y cuando
estuve cerca de él me tomó de la mano y entramos en sus dominios, una celda
pequeña y congestionada con seis camas literas donde vivían 14 personas; me
hizo sentarme en su cama y me enseñó el pedazo de pared que le correspondía,
donde tenía un collage de imágenes de revistas, fotografías, pedazos de papel
escritos, recortes y notas; se sentó a mi lado y me explicó uno por uno los
detalles de aquel mosaico de imágenes.
Era su mundo, era su altar a la belleza, allí estaban expuestos sus
sueños e ilusiones, sus más caros recuerdos, sus seres amados, sus fantasías;
había una foto de una playa paradisiaca, un automóvil de carreras, su esposa e
hijas, una despampanante modelo en traje de baño, una foto de los Alpes suizos
sustraída de algún almanaque… me di cuenta de que estaba ante la ilusión del
hombre, no menos importante de la de aquél que poseía una fortuna y podía
comprarse un Picasso, o la del ejecutivo que podía invertir el dinero en
proveerse de bellas y jóvenes compañeras… aquel preso, en su mísera celda
hacinada, en su condición de privado de la libertad, necesitaba tener contacto
con lo que para él era bello y aquello
que le recordaba que bien valía la pena seguir viviendo.
No importa nuestra condición, siempre buscamos aquello que nos ata a ese
ideal platónico de lo perfecto, del orden, de lo bello.
Pero hay un detalle que no puedo dejar de mencionar, porque he vivido
estos últimos 18 años padeciéndolo, y es la falta de gusto y la pobreza de alma
de algunos hombres y mujeres que, víctimas de la ignorancia, de una ideología
perversa que les construye un muro mental alrededor de sus sentidos y
comprensión del mundo, se han quedado en lo vulgar y lo basto, que no lograron
superarse como personas, creyéndose que ellos son la medida del universo y se
quedaron en un grado muy primitivo de la evolución espiritual, me refiero al
chavismo y a los chavistas.
El concepto de belleza que esta gente tiene, si es que lo tiene, está
tan deformado, su capacidad de juicio, su catadura moral, es tan insuficiente,
que se conforman con las cosas mal hechas y peor pensadas; su idea de país, de
persona humana, de felicidad y de belleza es tan precaria, que cualquier esperpento
los satisface; su comportamiento errático, inconstante, su gusto por la mentira
y la pose los domina de tal manera, que se aíslan de la realidad y se creen
todos esos cuentos de la ideología que veneran, el socialismo, esa vulgar
ideología de esclavos que los hace creer que por pobres e ignorantes son los
reyes del mundo, que por pertenecer al proletariado, que por venir de la clase
obrera el mundo les debe rendir pleitesía.
Hay una buena parte del chavismo que se cree con derecho a robar, a ser
deshonesto, a mentir, a ser rudos y groseros con quienes ostentan una mejor
educación y posición social, que tienen derecho a odiar y a temer a quienes
saben leer y escribir, desprecian a quienes trabajan duro y por su trabajo han
conseguido hacer fortuna y destacarse.
Hay otros, y son los peores, que aún siendo educados y profesionales,
con una cultura y un roce de cierto vuelo, se valen de la ignorancia y la mala
bilis de los chavistas para hacer fortuna y explotar a sus hermanos, son gente
que se creen “vivos”, más astutos que los demás, cuando en realidad son unos
pobres oportunistas que, dado no tienen la capacidad de hacer las cosas bien,
las hacen mal y tratan de hacerlas pasar como excelentes.
Toda esta fauna de venezolanos agrupados bajo el ala chavista en la
política son, sin excepción, unos pordioseros del alma; puede que tengan mucho
dinero mal habido, puede que traten de imitar a las personas de bien, que se
han esforzado y creado belleza a su entorno, estos mutantes son apenas malos
copistas de quienes buscan la perfección y la belleza, se rodean de objetos
caros y elegantes, no porque les produzca alguna satisfacción superior en el
orden espiritual, sino porque saben que hay gente que admira a quienes se
rodean de esos signos de poder, riqueza y cultura.
La mujeres chavistas son una clara vitrina de este exhibicionismo sin
sentido, sus más conspicuas y destacadas figuras son mujeres que contrario a lo
que predican, ese nacionalismo rancio, ese voto de pobreza casi obligado, ese
odio aparente hacia las señales externas del capitalismo y del materialismo
occidental, se la pasan luciendo las marcas más exclusivas de ropas y
accesorios, las más caras prendas y símbolos del alto consumo, se les ve en las
joyas, en los lentes, en sus carteras y zapatos, para no decir nada de donde
prefieren pasar vacaciones o como celebran un aniversario.
Pero basta ver la idea que tienen de orden, progreso, democracia y
prosperidad para darse cuenta de que son unos impostores, que llegan a los
cargos no para hacer un buen trabajo, sino para medrar de la oportunidad y
explotar su posición, para robarse lo que no es de ellos… el resultado está a
la vista, han convertido a Venezuela en un país empobrecido, violento y muerto
de hambre, ¿Qué tipo de persona trabaja para hacerle mal al prójimo, para
engañar a la gente ofreciendo lo que no puede ni tiene intenciones de cumplir?
¿Qué tipo de belleza es aquella que se complace en enfermar a sus hermanos, en
no asistirlos y dejar que mueran? ¿Puede llamarse gobierno a unas instituciones
que se utilizan para perseguir a gente inocente, para encarcelarla, torturarla
y asesinarla?
El chavismo es una gigantesca mentira, es la hipocresía convertida en un
hecho material y social, unos pocos disfrutando, a costas del sufrimiento de
los demás, de lo que ellos prohíben y prescriben como un pecado, el resumen
perfecto de “haz lo que digo sin mirar lo que hago”.
Sin libertad y sin dignidad no puede existir la belleza; en el desorden
y el abuso de poder no puede haber equilibrio. Si la belleza puede discernirse
de los resultados y efectos de un trabajo bien hecho, tal como lo he sostenido
en esta nota, el chavismo y sus asociados son la antítesis de la búsqueda de la
belleza, es la fealdad encarnada, son los representantes de la mentira y la
corrupción.
Tengo la impresión de que para esta gente, los chavistas, y con ello me
extiendo a la del partido político Podemos en España, tiene una manera de ver
el mundo donde jamás podrán conocer la felicidad, quizás sea la razón por la
que este régimen madurista, que tanto nos atormenta, sea el único gobierno del
mundo que exprese sus carencias exhibiendo un Ministerio para la Felicidad
Suprema. - saulgodoy@gmail.com
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