El país está actualmente
dividido en 23 estados, el Distrito Capital y unas Dependencias Federales que
incluyen todo el territorio insular; también contamos con una zona en
reclamación llamada Esequibo. Todas estas dependencias administrativas, más o
menos controladas políticamente por el gobierno central y que vienen de un
pasado donde lo único que importaba era una supuesta cultura local, prescindiendo
de la ciencia y, principalmente, de las realidades geográficas.
Muchos de nuestros
estados han subsistido por una tradición que no se sostiene ni con saliva de
loro, contando únicamente con algunos hechos históricos encarnados por algunos
caudillos o batallas famosas, algunos acentos lingüísticos y, cuando mucho, por
unas particularidades climáticas, o alguna puntada de culo de algún mandatario afiebrado
de nacionalismo.
He sostenido en varios
artículos y foros la necesidad de enseriar esta división del país,
principalmente tomando en cuenta nuestras principales cuencas hidrográficas,
siendo el agua uno de los recursos indispensables para la vida y un elemento de
particular relevancia geopolítica en el futuro inmediato. Pienso que una
división territorial que tome en cuenta este factor sería mucho más útil,
manejable y seria que el actual, reduciríamos la cantidad de estados a más de
la mitad y le daríamos una coherencia que antes no teníamos al desarrollo local
y, por ende, a la integridad de nuestro territorio.
Pero aparte de la
división por cuencas hidrográficas debeos tener en cuenta aún otra división,
pero esta vez serán tres (3) grandes bloques transversales: a- La línea norte
costera, donde están nuestras principales ciudades con sus grandes
infraestructuras y comunicaciones, b- El bloque agrícola e industrial, donde
están nuestras tierra productivas y zonas industriales, c- Las áreas
protegidas, parques nacionales, minas, nuestras grandes selvas que están el sur
del país. Son estas 3 grandes franjas nuestras áreas de desarrollo.
Esta división en
bloques transversales es mucho más coherente que hablar de “regiones”, que es
apuntar a una división territorial por grandes hábitats naturales, ésa que se
ha venido utilizando conceptualmente desde hace tiempo: caribeña, andina, de
los llanos y amazónica, una distribución territorial que se ha usado con
intenciones políticas, para insertarnos en los varios foros y organizaciones de
desarrollo regional que no han reportado mayores beneficios para el país.
Existen también los
argumentos históricos que atestiguan que devenimos de diez provincias de los
tiempos de las guerras de independencia: Barcelona, Barinas, Caracas, Coro,
Cumaná, Guayana, Maracaibo, Margarita, Mérida y Trujillo. Nuestra bandera ha sido
un lienzo donde quedaron asentadas las siete provincias coloniales que
suscribieron el Acta de la Independencia, y hay una octava, la de Guayana,
agregada por Chávez, en un acto de voluntad como ilusa reencarnación de Simón
Bolívar.
El asunto ha sido asumido
sin consideraciones firmes sobre los territorios, sus recursos, sus habitantes
y sus posibilidades de desarrollo. Las decisiones fueron tomadas por burócratas,
desde los distintos ministerios en Caracas, en los distintos gobiernos de
turno, y ésa es la razón por la cual nos encontramos con partes del país con
mayor desarrollo que otras, algunas tan alejadas y precarias que parecen
pertenecer a otra nación.
En la actualidad, se
ha privilegiado el elemento electorero y éste ha tenido mayor relevancia que la
misma economía de los estados, la planificación se elabora prestando más
atención a los centros productivos que a la misma geografía, sobre todo en las
actividades extractivas, como la del petróleo y otros recursos mineros. Monagas,
Anzoátegui y Sucre son ejemplos claves para entender como los estados se
reparten los beneficios de una actividad donde los recursos no hacen caso a los
límites políticos-territoriales; igual sucede con las minas de oro y otros
minerales estratégicos en el estado Bolívar y Amazonas, el desorden y las
competencias se confunden en un caos sin control.
Quienes salimos
perdiendo de este estado de anomia somos los venezolanos de a pie, la gran
mayoría que no comparte los beneficios y los recursos que explota la camarilla
política de partidos y empresas asociadas al poder. Excepcionalmente, se nos
otorga la oportunidad de compartir la información y los beneficios de lo que
acontece en la explotación de nuestras riquezas naturales; en este sentido, la
visión del mundo del socialismo nos ha causado un daño incalculable, la
división político-territorial actual está hecha para ver al país como un botín qué
expoliar y no como un escenario para el desarrollo; más del 90% de los
venezolanos hemos sido excluidos de esta rapacería generalizada en que han
convertido a Venezuela.
Estoy seguro de que la
confección y la distribución del presupuesto nacional se elabora con base en
este país de mentira, que no toma en cuenta la realidad de los venezolanos y
que es causante de una de las injusticias más perdurables y perversas de
nuestra política; de esta manera, las obras públicas, la educación, la salud, las
oportunidades de trabajo, el costo de la vida, se ve rigurosamente afectado por
esta pésima distribución territorial, que desconoce nuestro lugar real en el
país.
En vez de estar
discutiendo los méritos e imperfecciones de los que pretenden el poder, los
venezolanos deberíamos estar reordenando nuestro territorio, para una
administración más realista y justa, para la reconstrucción de Venezuela, el
futuro del país depende de ello.

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