martes, 3 de febrero de 2026

El rediseño de Caracas, por Saúl Godoy Gómez

 



Caracas tiene una formidable ventaja y es el Parque Nacional El Ávila, un verdadero muro de contención que ha impedido la canibalización de la cadena montañosa que la contiene y separa del Mar Caribe; aunque se ha permitido algunos desarrollos que contradicen su naturaleza, la ciudad se ha visto obligada a crecer al sur, al este y al oeste, conservando su pulmón vegetal y el elemento paisajístico que le ha dado su carácter.

Como casi todas las ciudades primarias de Latinoamérica y otras latitudes del mundo, nuestra ciudad capital tiene grandes barriadas que han tomado una buena parte de la orografía del valle, ocupando colinas y cerros con desarrollos irregulares de viviendas, comercios, calles y avenidas, construidas con una muy pobre concepción del urbanismo, por connacionales que perseguían una vida con mejores servicios y mayores expectativas económicas.

El socialismo Latinoamericano por medio de sus teorías del subdesarrollo, patrocinados por organismos como el CELA, explicaba que los habitantes de un país querían superar su posición en el tiempo, desde un interior desfasado con el progreso, a una metrópoli con todos los servicios a mano, esto, de acuerdo a aquella famosa teoría ondulatoria del pensador Leopoldo Zea que describía un volver a la prehistoria a medida que nos alejábamos de la ciudad - mientras los gobiernos populistas promovían esos desarrollos centralizados, en urbes caóticas, en la perenne búsqueda del voto masivo.

Esto es importante entenderlo, estas barriadas crecieron en medio de invasiones y ocupaciones ilegales de terrenos, haciendas, urbanizaciones, áreas naturales, por personas que necesitaban resolver sus problemas de vivienda, por lo general producto de migraciones del interior del país, que buscaban una mejor vida en la capital y que les era negada en sus lugares de origen.

Muchos de estos barrios fueron fomentados por invasores profesionales, que vendían los lotes de terreno garantizando la complicidad de las autoridades; algunos tenían sus cuadrillas de construcción y venta de materiales para levantar viviendas precarias, sin servicios públicos, pero que garantizaban las conexiones irregulares a los servicios, primero a la red eléctrica, luego a las tuberías de agua corriente. Todo ese trabajo de conquista de terrenos tenía un fuerte contenido político, y realizaban censos de sus participantes que ya llegaban comprometidos con los partidos y políticos que les prometían legalizar sus viviendas y llevarles los servicios.

De esta manera aparecían barriadas completas en muy corto tiempo. Si la consolidación de estos barrios iba de acuerdo a la agenda política de candidatos corruptos, pronto recibían el asfaltado de las calles, algunas cloacas, alumbrado público, se les designaba rutas de transporte para jeeps y busetas, rutas de vigilancia policial costeadas por los presupuestos municipales que crecían de acuerdo al número de habitantes por asignaciones de los gobiernos estatales, todo esto hecho con la ausencia de un buen catastro que les hubiera dado algo de control sobre el desarrollo urbano.

Estos barrios pronto se convirtieron en enormes incubadoras de votos para candidatos populistas, que ganaban las elecciones una y otra vez, pero eran la causa de serios problemas de hacinamiento, delincuencia, epidemias y malestar social. Estas prácticas continúan hoy en día, sobre todo hacia el este y hacia el oeste de la Capital.

El urbanismo tradicional proponía dos maneras de hacerle frente a esos desarrollos informales: el primero era la desocupación de esos espacios por medio del cambalache, viviendas dignas por los ranchos, ubicados en otros terrenos ya acondicionados para la vida extraurbana; la segunda opción era remodelar esos barrios y llevarlos a un nivel superior de vida, lo que implicaba fuertes inversiones en infraestructura y acondicionamiento de las viviendas existentes.

La desocupación era necesaria en casos de riesgos geológicos y naturales de las comunidades, cuando estaban ubicadas sobre terrenos no aptos, cauces de quebradas, barrancos, , zonas inestables, o los lotes se necesitaban para obras públicas; la segunda consistía en elevar la calidad de vida de barrios consolidados y hacerles una restauración, en que por lo general se privilegiaba aquellos sitios que tuvieran algún atractivo turístico o histórico, esto se hacía con la participación de la comunidad organizada y algunos casos exitosos tuvieron lugar en Petare y Catia.

Pero el problema se reducía a una palabra: espacio; Caracas estaba sobre un estrecho valle, se necesitaban nuevos terrenos para desarrollar esos nuevos barrios populares y ese espacio solo se encontraba hacia el sur, hacia los Valles del Tuy o hacia el eje La Victoria-Maracay, en terrenos mucho más estables, es por esta razón que pensar en el diseño de una megalópolis ya no es una quimera sino un desafío urbanístico y para lograrlo se necesita optimizar no solo las redes viales con autopistas inteligentes, sino crear sistemas de transporte rápido interurbanos y servicios de tren y metros, y por supuesto, todo la red de servicios integrados para servir a esa nueva población.

Soy de los que piensan que el verdadero desarrollo urbanístico debería trasladarse a Valencia y dejar a Caracas como capital (centro de los poderes públicos) y mover el comercio, la industria y los grandes desarrollos habitacionales a Valencia-Puerto Cabello, para congelar el crecimiento de Caracas y limpiar la cordillera interna de ranchos y desarrollos informales, recordando que la actual capital y sus alrededores están afectados por una red de fallas geológicas que favorecen la incidencia de actividades sísmicas periódicas.

Otro factor que se aliviaría contando con una expansión del área metropolitana,, por ejemplo, sería la necesidad de traer agua desde tan lejos para satisfacer los requerimientos actuales en Caracas, porque es mucho más factible arreglar los problemas que sufre la cuenca del lago de Valencia con programas de reforestación de los bosques productores de agua, que traer el agua a Caracas de lugares tan alejados como el estado Guárico, tal como sucede hoy en día. Algo similar tendríamos que hacer con la Cuenca del Río Tuy para elevar su capacidad productiva de agua que hoy se encuentra en niveles críticos.

La limpieza del río Guaire y un mejor manejo de la subcuenca del río Grande en Guarenas-Guatire, más un mayor control sobre las nacientes del Tuy y del río San Carlos en el Pico Codazzi, garantizarían agua para La Victoria y los Valles del Tuy; ese dinero proveniente del petróleo, por lo menos una parte importante de esas rentas, debería invertirse en recuperar estas nacientes de agua fundamentales para la vida en la región norte-costera, la más poblada del país.

Estos son apenas unos esbozos de los problemas que deberían ocuparnos, conjuntamente con la reactivación de nuestra industria petrolera, son problemas que se deben ir resolviendo por etapas y de acuerdo a un plan maestro de desarrollo urbano. Ya hemos superado con creces los límites de sustentabilidad del área metropolitana y sus áreas protectoras, tenemos que revisar a fondo y trabajar para evitar un colapso urbano en Caracas y sus alrededores, a menos que querramos seguir metiendo los problemas debajo de la alfombra.

 

 

 

 

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