Caracas tiene una
formidable ventaja y es el Parque Nacional El Ávila, un verdadero muro de
contención que ha impedido la canibalización de la cadena montañosa que la
contiene y separa del Mar Caribe; aunque se ha permitido algunos desarrollos
que contradicen su naturaleza, la ciudad se ha visto obligada a crecer al sur,
al este y al oeste, conservando su pulmón vegetal y el elemento paisajístico
que le ha dado su carácter.
Como casi todas las
ciudades primarias de Latinoamérica y otras latitudes del mundo, nuestra ciudad
capital tiene grandes barriadas que han tomado una buena parte de la orografía
del valle, ocupando colinas y cerros con desarrollos irregulares de viviendas,
comercios, calles y avenidas, construidas con una muy pobre concepción del
urbanismo, por connacionales que perseguían una vida con mejores servicios y
mayores expectativas económicas.
El socialismo
Latinoamericano por medio de sus teorías del subdesarrollo, patrocinados por
organismos como el CELA, explicaba que los habitantes de un país querían superar
su posición en el tiempo, desde un interior desfasado con el progreso, a una
metrópoli con todos los servicios a mano, esto, de acuerdo a aquella famosa
teoría ondulatoria del pensador Leopoldo Zea que describía un volver a la
prehistoria a medida que nos alejábamos de la ciudad - mientras los gobiernos
populistas promovían esos desarrollos centralizados, en urbes caóticas, en la
perenne búsqueda del voto masivo.
Esto es importante
entenderlo, estas barriadas crecieron en medio de invasiones y ocupaciones
ilegales de terrenos, haciendas, urbanizaciones, áreas naturales, por personas
que necesitaban resolver sus problemas de vivienda, por lo general producto de
migraciones del interior del país, que buscaban una mejor vida en la capital y que
les era negada en sus lugares de origen.
Muchos de estos
barrios fueron fomentados por invasores profesionales, que vendían los lotes de
terreno garantizando la complicidad de las autoridades; algunos tenían sus
cuadrillas de construcción y venta de materiales para levantar viviendas
precarias, sin servicios públicos, pero que garantizaban las conexiones irregulares
a los servicios, primero a la red eléctrica, luego a las tuberías de agua corriente.
Todo ese trabajo de conquista de terrenos tenía un fuerte contenido político, y
realizaban censos de sus participantes que ya llegaban comprometidos con los
partidos y políticos que les prometían legalizar sus viviendas y llevarles los
servicios.
De esta manera
aparecían barriadas completas en muy corto tiempo. Si la consolidación de estos
barrios iba de acuerdo a la agenda política de candidatos corruptos, pronto
recibían el asfaltado de las calles, algunas cloacas, alumbrado público, se les
designaba rutas de transporte para jeeps y busetas, rutas de vigilancia
policial costeadas por los presupuestos municipales que crecían de acuerdo al
número de habitantes por asignaciones de los gobiernos estatales, todo esto
hecho con la ausencia de un buen catastro que les hubiera dado algo de control
sobre el desarrollo urbano.
Estos barrios pronto
se convirtieron en enormes incubadoras de votos para candidatos populistas, que
ganaban las elecciones una y otra vez, pero eran la causa de serios problemas
de hacinamiento, delincuencia, epidemias y malestar social. Estas prácticas
continúan hoy en día, sobre todo hacia el este y hacia el oeste de la Capital.
El urbanismo
tradicional proponía dos maneras de hacerle frente a esos desarrollos
informales: el primero era la desocupación de esos espacios por medio del
cambalache, viviendas dignas por los ranchos, ubicados en otros terrenos ya
acondicionados para la vida extraurbana; la segunda opción era remodelar esos
barrios y llevarlos a un nivel superior de vida, lo que implicaba fuertes
inversiones en infraestructura y acondicionamiento de las viviendas existentes.
La desocupación era
necesaria en casos de riesgos geológicos y naturales de las comunidades, cuando
estaban ubicadas sobre terrenos no aptos, cauces de quebradas, barrancos, , zonas
inestables, o los lotes se necesitaban para obras públicas; la segunda
consistía en elevar la calidad de vida de barrios consolidados y hacerles una
restauración, en que por lo general se privilegiaba aquellos sitios que tuvieran
algún atractivo turístico o histórico, esto se hacía con la participación de la
comunidad organizada y algunos casos exitosos tuvieron lugar en Petare y Catia.
Pero el problema se
reducía a una palabra: espacio; Caracas estaba sobre un estrecho valle, se
necesitaban nuevos terrenos para desarrollar esos nuevos barrios populares y
ese espacio solo se encontraba hacia el sur, hacia los Valles del Tuy o hacia
el eje La Victoria-Maracay, en terrenos mucho más estables, es por esta razón
que pensar en el diseño de una megalópolis ya no es una quimera sino un desafío
urbanístico y para lograrlo se necesita optimizar no solo las redes viales con
autopistas inteligentes, sino crear sistemas de transporte rápido interurbanos
y servicios de tren y metros, y por supuesto, todo la red de servicios
integrados para servir a esa nueva población.
Soy de los que piensan
que el verdadero desarrollo urbanístico debería trasladarse a Valencia y dejar
a Caracas como capital (centro de los poderes públicos) y mover el comercio, la
industria y los grandes desarrollos habitacionales a Valencia-Puerto Cabello, para
congelar el crecimiento de Caracas y limpiar la cordillera interna de ranchos y
desarrollos informales, recordando que la actual capital y sus alrededores
están afectados por una red de fallas geológicas que favorecen la incidencia de
actividades sísmicas periódicas.
Otro factor que se
aliviaría contando con una expansión del área metropolitana,, por ejemplo,
sería la necesidad de traer agua desde tan lejos para satisfacer los
requerimientos actuales en Caracas, porque es mucho más factible arreglar los
problemas que sufre la cuenca del lago de Valencia con programas de
reforestación de los bosques productores de agua, que traer el agua a Caracas
de lugares tan alejados como el estado Guárico, tal como sucede hoy en día.
Algo similar tendríamos que hacer con la Cuenca del Río Tuy para elevar su
capacidad productiva de agua que hoy se encuentra en niveles críticos.
La limpieza del río
Guaire y un mejor manejo de la subcuenca del río Grande en Guarenas-Guatire,
más un mayor control sobre las nacientes del Tuy y del río San Carlos en el
Pico Codazzi, garantizarían agua para La Victoria y los Valles del Tuy; ese
dinero proveniente del petróleo, por lo menos una parte importante de esas
rentas, debería invertirse en recuperar estas nacientes de agua fundamentales
para la vida en la región norte-costera, la más poblada del país.
Estos son apenas unos
esbozos de los problemas que deberían ocuparnos, conjuntamente con la
reactivación de nuestra industria petrolera, son problemas que se deben ir
resolviendo por etapas y de acuerdo a un plan maestro de desarrollo urbano. Ya
hemos superado con creces los límites de sustentabilidad del área metropolitana
y sus áreas protectoras, tenemos que revisar a fondo y trabajar para evitar un
colapso urbano en Caracas y sus alrededores, a menos que
querramos seguir metiendo los problemas debajo de la alfombra.
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